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A las urnas para evitar al peor

Una mirada a los ballottages en la región ilumina ciertas particularidades argentinas
Gabriel L. Negretto
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15 de noviembre de 2015  

Cuando la competencia presidencial se fragmenta entre más de dos opciones, como ocurrió el 25 de octubre y es hoy común en toda la región, es deseable exigir una segunda vuelta o ballottage si ningún candidato supera un umbral mínimo de votos. En esta situación, el sentido del ballottage no es elegir al mejor candidato, sino descartar a aquel que para más del 50% de los votantes es la peor opción. Esta característica ha sido frecuentemente atacada bajo la idea de que crea presidentes sobre la base de un "consenso negativo". También se ha argumentado que podría tener un efecto adverso sobre la gobernabilidad, especialmente cuando el ganador en primera vuelta es derrotado en segunda instancia. Esto es así pues si la distribución de bancas en el Congreso se definió en la primera ronda (como suele ocurrir), entonces la reversión del resultado puede consagrar como presidente al candidato cuyo partido probablemente quedó en minoría en el Congreso. Estas críticas tienen dudoso respaldo lógico y empírico.

Es verdad que el ballottage funciona como un referéndum negativo. Sin embargo, esto es deseable para evitar que pueda llegar a ganar la presidencia quien los teóricos de la elección social denominan como "perdedor Condorcet", es decir, el candidato que sería derrotado por cualquiera de los principales contendientes en una votación por pares. Además, si bien es cierto que la segunda vuelta puede dar como ganador a quien tiene menor apoyo en el Congreso, esto podría tener un efecto positivo, al generar mayores incentivos para formar coaliciones y gobernar por consenso.

Se han celebrado 43 ballottages en América Latina desde 1978. El ganador en esta competencia suele triunfar por un amplio margen, de 15% de votos en promedio. Esto es así pues normalmente los candidatos presentan programas claramente diferenciables y uno de ellos suele sumar mayor número de rechazos en una o varias dimensiones de conflicto. Por otra parte, los ballottages tienden a confirmar los resultados de la primera ronda de elección. En tan sólo 10 de las 43 segundas vueltas se invirtió el resultado de la primera. Esto ocurre cuando el candidato puntero en la primera vuelta es el preferido por una mayoría relativa de votantes, pero al mismo tiempo se encuentra último en las preferencias de aquellos que votaron por otros candidatos.

En algunos casos en que se invirtieron las posiciones obtenidas en primera vuelta, la elección fue seguida de intensos conflictos entre el presidente y el Congreso, e incluso de la interrupción del mandato presidencial o de una ruptura democrática. Fue la situación de los gobiernos de Fujimori, Serrano, Febres Cordero y Bucaram luego de las elecciones de 1990 en Perú y Guatemala, y de 1984 y 1996 en Ecuador. Éstos son los episodios que han dado mala fama a la reversión del resultado en un ballottage. Sin embargo, el problema de gobernabilidad en estos países no se dio porque ganó la elección quien perdió en primera vuelta, sino por el bajo nivel de institucionalización que tenían los partidos en esos países y por la postura extrema y conflictiva que adoptaron los presidentes luego de ser electos.

La excepción argentina

Es posible que el resultado de la segunda vuelta entre Scioli y Macri sea excepcional respecto de las tendencias regionales señaladas. En primer lugar, el ganador podría triunfar por un escaso margen. Si bien c ontinuidad vs cambio parece ser la dimensión predominante en la elección, tanto Scioli como Macri apuntan a capturar a un votante moderado que no quiere mantener algunas políticas del actual gobierno pero tampoco desea un cambio radical. Además (aunque esto puede cambiar rápidamente conforme se acerca la elección) los datos existentes revelan proporciones relativamente cercanas de imagen negativa para ambos. La bondad de un triunfo ajustado sería evitar que el ganador se considere ungido por un "mandato" popular, que por supuesto sería en gran medida artificial.

También podría ocurrir que se invirtiera el resultado de la primera vuelta. Esto es factible si, como revelan algunas encuestas recientes, 6 de cada 10 votantes de Massa apoyarían a Macri. Macri y su coalición deberán tejer una compleja red de alianzas con gobernadores, senadores y diputados para superar la condición minoritaria que tendrán en ambas cámaras del Congreso.

Sin embargo, también Scioli sufriría dificultades para gobernar. No tendría mayoría en Diputados, enfrentaría la oposición de gobernadores de algunas de las provincias más importantes y contaría con un contingente de apoyo dividido y fragmentado dentro de su propio partido. A su vez, ambos deberán tomar decisiones económicas conflictivas. Estos escenarios subrayan la importancia que tendrá otorgar a los votantes la opción de decidir quién es el menos apto para gobernar en un futuro plagado de obstáculos.

El autor es politólogo y profesor del CIDE, en México

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