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Formas perdurables de Raquel Fliess

La escultora, que expone en la galería VYP, trabaja sobre los conceptos de finitud, fuerza y trascendencia. En Zurbarán, una nueva muestra de Ceferino Carnacini

Domingo 12 de marzo de 2000

En el catálogo de su muestra Muros, mares y miras , Raquel Fliess nos recibe con una frase de Federico von Schlegel (1772-1829), que dice: "El arte tiene por mira despertar la vocación sobrenatural del alma humana". Algo equivalente podríamos encontrar en las palabras del pensador judío Ernst Bloch (1885-1977), grabadas en la lápida de su sepulcro en Tubingen: "Pensar es ir más allá". En el tema del arte, lo que interesa es que se cumpla un resultado que en la contemplación nos eleve a otro plano de la realidad, un plano que con justicia podemos admitir que sea calificado de espiritual. Lo esencial del arte no son los materiales con los que está hecho, sus soportes, etcétera; éstos pueden ser más o menos nobles. Lo que interesa es el resultado.

Podríamos ser acusados de prejuiciosos si pensásemos que es más factible realizar una obra perdurable con mármoles de Carrara, como los que utiliza Raquel, que con excrementos de elefante, como hacen otros que la emulan. Por ello preferimos no caer en ese tipo de discusión, sin restarle total importancia al material, ya que algo de noble hay de por sí en la piedra, sea ésta de mármol, aluminio macizo o lo que fuere. Tratándose de la piedra, ya Miguel Angel señaló que allí se encerraba como un secreto la forma que él habría de rescatar.

Para que podamos hablar de arte, esa forma rescatada debe elevar nuestra visión al plano del espíritu, y si ello se logra es porque el artista ha volcado un sentimiento con la suficiente intensidad como para rescatar la cruda materia, otorgándole el vuelo de su propia alma. ""Los muros" _nos dice Raquel_ me sugieren los límites. Muros interiores y exteriores. Algunos despojados, otros con recodos, oquedades o recovecos. Siempre me indican la dimensión de la finitud. "Los mares" recuerdan que nací junto a ellos. Me suscitan imágenes de fuerza. Es energía que fluye hacia un final incierto. "Las miras" me llevan más allá (Bloch) de los muros, más allá de los mares, más allá de los límites. Conforman la esencia del artista, el impulso hacia lo trascendente." En todas y cada una de las instancias en que Raquel ataca sus materiales, vemos cumplirse esa meta que su espíritu creador se ha propuesto.

Recorrer los dos pisos de las salas donde expone sus obras Raquel Fliess supone participar de una fiesta para los ojos del cuerpo y los del alma. Cada una de las piezas (mármoles o aluminio macizo) está trabajada con la sabiduría de un oficio impecable, que impone al conjunto el sello de un estilo propio que entronca con el de los grandes maestros vascos al estilo de Oteiza, Chillida o Basterrechea.

Líneas puras, rectas u ondulantes hacen confesar sus secretos a los materiales, deslumbrándonos por su elevado tono poético. Aquí brilla el talento de una maestra de la escultura. Por ello sería una verdadera pena perderse esta oportunidad de alegrar y levantar el espíritu.

(Hasta el 18 de marzo, en la galería VYP, Arroyo 959.)

El clasicismo de Carnacini

Es para mí una fiesta que se repite en el transcurso de los años ocuparme de una muestra del maestro argentino Ceferino Carnacini (1888-1964). Iniciado en la Academia de Bellas Artes con los mejores maestros al estilo de Giudici, Ernesto de la Cárcova y Ripamonte, completó su formación en Roma junto a Sartorio.

Su vida transcurrió en Villa Ballester, lo que no le impidió recorrer el país. Fue así como, para dar vida a sus magníficas telas, se inspiró en las bellezas naturales de nuestro sur y de la región norteña, sin olvidar la zona cordillerana de Mendoza, donde logró algunos de sus mejores triunfos.

En épocas en que hasta se hace alarde de no intervenir en la propia obra, la probidad de Carnacini se nos brinda como un bálsamo de la mejor ley, ése que responde a la sensibilidad de los clásicos. Porque Carnacini es nada más y nada menos que eso: un clásico. Esto es, alguien que sujeta un temperamento ardiente a los dictados de una inteligencia lúcida. Por ello, nada más lejos de lo académico que lo clásico, ya que en el primer caso se pretende sustituir con fórmulas inertes la falta de inspiración.

Es esa misma condición de clásico la que aparta a los menos entendidos del arte de Carnacini, que del saber no hace alarde. Su sobriedad es confundida con falta de arrojo; su mesura, con timidez; sus formas precisas, con tedio.

Es que para apreciar lo clásico, algo de esa dimensión hay que tener. Se trata de un gusto más maduro que juvenil, como lo demuestra el romanticismo del Werther frente al clasicismo del Fausto, del mismo Goethe.

Y la madurez no es algo espontáneo, sino adquirido. Por eso cada ranchito de Carnacini, cada montaña, cada árbol, cada marina, nos piden el mismo acto de humildad que llevó al pintor a plasmarlos. La humildad necesaria para ver las cosas tal como son. Esa humildad que está presente en el hombre de ciencia cuando nos hace partícipes del resultado de lo que ve en su microscopio. No es menos veraz el ojo macroscópico de Carnacini.

(Hasta el 19 de marzo, en la galería Zurbarán, Cerrito 1522).

© La Nación

Por Rafael Squirru Para La Nación

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