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El pajarito de Maduro

Tras una etapa de desmesuras propia del realismo mágico, a medida que se acerca el último capítulo de la pugna presidencial se agiganta en el país el sentimiento de que podemos estar a las puertas de un nuevo ciclo

Viernes 20 de noviembre de 2015

Palabras pronunciadas por el autor en la comida anual de los Premios a la Excelencia Agropecuaria, que acaba de realizarse en el predio de La Rural, en Palermo

He sido invitado otras noches a hablar en este mismo escenario en la comida de la entrega anual de los Premios a la Excelencia Agropecuaria. Lo que no recuerdo es otra noche como ésta.

El salón bulle con la expectativa rumorosa que es ya música grabada en mis oídos. ¿Ganará éste, ganará aquél? Pero al bochinche acostumbrado se superpone esta vez la ansiosa vocinglería que había percibido desde los primeros saludos de esta noche. Presiento que a esas mesas pobladas ante mi vista las animan los mismos comentarios que atenazan al país a horas de darse un gobierno nuevo.

Advierto incertidumbres, pero también una confianza sobre el porvenir que no observaba desde hacía largo tiempo. Cuando la esperanza resplandece de tal modo es porque sucede a desalientos manifiestos. Aquí, entre nosotros, entre los que obtengan galardones de excepción o deban esperar nuevos turnos, está la Argentina que nunca detuvo la marcha; la Argentina cuyo fuego de progreso, atizado en el trabajo y la investigación fecunda, nada ni nadie ha conseguido apagar. Está encarnada en los grandes protagonistas de esta noche: los hombres y mujeres que han competido por las más honrosas palmas que puedan conferirse al esfuerzo y al talento en el arte y la ciencia agropecuarios. Las palmas a la excelencia.

Estas distinciones simbolizan el triunfo por sobre los obstáculos previsibles de la naturaleza y los obstáculos más sorprendentes de burocracias obstinadas en que fracase lo que otros hagan. Si enumerara las cuestiones lesivas en estos años últimos para el campo y las industrias que lo acompañan, no haría más que remover tristezas padecidas. Miremos hacia adelante. Cada uno de ustedes sabe cómo están sus cosas tranqueras adentro y todos saben, por común experiencia, que los albures del trabajo individual y de familia, la prosperidad o fracaso de las empresas terminan por ser tributarios del grado de cordura de los gobiernos.

A medida que se aproxima el último capítulo de la pugna presidencial, se agiganta el sentimiento de que más que ante un cambio de administración, podamos estar a las puertas de un cierre de época. Si así fuera, esta vigilia tendrá calidades históricas.

El gran jurado ciudadano dispondrá el domingo, por la regla democrática de la mayoría, quién administrará los recursos de la Nación hasta el 10 de diciembre de 2019. Quién lo representará con prestancia y honor en los estrados internacionales, y lo investirá con la relevancia que hoy le desconocen. Quién hablará por el país, con qué seriedad y gravitación cuando el mundo se debata frente a fenómenos de la magnitud del que lo estremeció el viernes último. Qué política exterior expresará con más propiedad los intereses permanentes de la Argentina según su cultura y tradiciones, según su historia y su geografía.

Ese jurado dictaminará a quién, entre los dos postulantes que tercian, se confiará que la seguridad física de las personas vuelva a constituir la razón esencial de ser del Estado. Quién velará porque la educación pública rija como un instrumento para el progreso social y la efectiva igualdad de oportunidades para todos.

El gran jurado ciudadano resolverá quién, entre dos candidatos presidenciales, denota por carácter y compromisos mayor voluntad por preservar la división constitucional de poderes de gobierno. Quién asegurará mejor el ejercicio de la libertad de expresión. Quién se abstendrá de usar y abusar de los medios de difusión del Estado para escamotear a la opinión pública el conocimiento de sus errores, cuando no de sus dolos, y subsidiar el vilipendio de quienes disientan y lo denuncien. Quién trae la más confiable promesa de luchar contra el narcotráfico y de limpiar de complicidades las instituciones federales y de provincias, y entiéndase bien, corrupción cero desde el primer día. Quién evitará que la droga idiotice a la juventud y calmará a madres que salen de sus hogares con un ay en la boca. Quién estimulará con más denuedo a una muchachada desorientada para encontrarse con la cultura del estudio y del trabajo, que es cultura de derechos y deberes y no sólo ley de lo más fácil.

Ese gran jurado ciudadano decidirá hasta qué punto el mundo sabrá el domingo que la Argentina ha resuelto cambiar e inaugurar así una etapa de crecimiento moral y material, sostenible y previsible, y de que si en algo no puede fallarnos el nuevo presidente es en el adecentamiento de los negocios públicos y en el tesón puesto en que el país entero vuelva a los carriles de la ley. Hasta qué punto se instaurará, en semanas más, una política económica y financiera razonable, prudente, de equilibrio y sobriedad en las cuentas públicas, consciente de la urgencia de restañar el entramado social que degrada la dimensión pavorosa de la exclusión y la pobreza, en la que medran y agravian los caciques de la cultura populista. Hasta qué punto florecerá el diálogo y se promoverá la concordia y la Casa Rosada se vaciará como industria de acrimonias y fomento del desencuentro político y social.

Todas éstas son reflexiones fundidas en fragua de esperanzas. Reflejan el sueño de lograr no más que normalidad constitucional en nuestra vida colectiva. El sueño de que prevalezca un orden manso, natural y verosímil entre argentinos. Soñamos el sueño de un presidente argentino que al fin escuche. No más que eso, no menos que eso. El sueño de un presidente refractario a la endogamia, mal de males, como sabe el hombre de campo.

En nuestras historias recientes y pasadas ha habido un desmadre de desmesuras de espanto. Se ha desdeñado el sano juicio, se han confundido los límites entre el arte de gobernar y el profuso arte de narrar quimeras. Cuando Gabriel García Márquez agradeció a la Academia Sueca el Premio Nobel de Literatura que ésta le confirió en 1982 se indagó sobre las razones de la distinción. Barruntó en voz alta, sabiendo que acertaba, si no habría sido matriz del premio haber recreado en sus libros lo que hay de alucinante y supersticioso en la región que habitamos.

El gran maestro de la literatura en nuestra lengua circunstanció el realismo mágico al momento mismo en que los navegantes europeos pisaron tierra en la América meridional. Era la hora de Antonio Pigafetta. Este florentino del siglo XVI refirió en anotaciones de viaje que había visto "cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho".

Refirió Pigafetta que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron frente a un espejo y que "aquel gigante enardecido había perdido el uso de la razón por el pavor de su propia imagen". García Márquez dejó en claro que la independencia de los poderes coloniales no nos había puesto a salvo de alucinaciones congénitas. Que el general Antonio López de Santa Ana, tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna perdida en combate. El pajarito que a oídos del presidente Maduro notifica providencias en nombre del finado presidente Chávez podría haber piado en el discurso de agradecimiento de Estocolmo de no haberse éste adelantado a su tiempo.

¿Cuántos de ustedes no estuvieron alguna vez tentados con pellizcarse la piel por la pesadilla de que lo inaudito cobrara la fuerza misma de lo que es corriente? ¿Cuántos de ustedes no cerraron más de una vez los ojos, para volver a abrirlos con la ilusión de que las decisiones oficiales más excéntricas, esas que tuercen de un soplo el curso de vidas y haciendas, no eran parte de lo que debía esperarse de un país normal?

Nunca han visto ustedes, quiero creerlo, cerdos con el ombligo en el lomo ni espectáculos funerarios extravagantes como el que ordenó el general Santa Ana. Pero sí que han presenciado otras exuberancias notables. Han visto cómo puede enterrarse sin sonrojo el crédito del Estado argentino con estadísticas oficiales que se sabían falsas, y que siguen siendo falsas. Se han demudado con la estigmatización de eras políticas por los mismos que fueron usufructuarios y padrinos de ellas. Las fiebres altas tienen una larga historia clínica en estas tierras de desasosiegos, pero de tiempo en tiempo esas fiebres suben más de la cuenta.

Quienquiera venza en las elecciones del domingo, habrá cambios en el país. Por lo menos, los habrá en los modales y en los estilos, lo que no es poco. Podremos entonces preguntarnos por qué hemos tolerado tanto, y tal vez nos contestemos que así nos fue en el pasado, cuando no entendíamos que nada alecciona más que cada ciclo agote por sí mismo el recorrido de sus fracasos y que el cumplimiento de la Constitución a rajatabla demuestra más sabiduría que la impaciencia, madraza de malos resultados.

Celebremos en esta vigilia la curiosa circunstancia de que en los tramos últimos de la competencia haya habido dos candidatos verdaderos, pero tres o cuatro campañas desplegadas. Ahí está la Presidenta, cabalgando como puede, en la propia. Allí está Massa, que no ha salido precisamente de la escena. Tomemos esta curiosidad como útil recordatorio de que el ojo ha de estar debidamente afinado en ámbito propicio a las realidades superpuestas, y de que aun en las más complejas encrucijadas descuellan trabajos como los que hemos venido a aplaudir esta noche.

Pigafetta y Santa Ana, Carlos Fuentes y García Márquez nos han preparado para un mundo de no pocas sinrazones y utopías, y para que habiendo experimentado los zafarranchos de ese delirio, aun así hayamos tonificado esperanzas de vida y luz hasta en lo más oscuro y sucio del camino.

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