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Aferrada hasta el final a un poder que se desgaja

Joaquín Morales Solá

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LA NACION
Miércoles 25 de noviembre de 2015

Alguna vez Cristina Kirchner le dijo a Mauricio Macri que jamás hablaría de transición con él: "Yo seré Presidenta hasta el 10 de diciembre". Y se dio el gusto. Ayer no habló de transición con Macri. Ni siquiera la derrota la cambió. Ninguna incertidumbre ocupó el lugar de sus certezas. Cristina sólo actuó la gestualidad de la corrección. Macri prefirió no ir más allá de la prudencia. La reunión de ayer no significó nada. Cristina parecía sólo preocupada por la escenografía del 10 de diciembre. Aferrada al poder que se desgaja, va a descubrir dentro de poco, por primera vez en 28 años, un mundo sin poder. No parece importarle.

Si Macri tenía alguna esperanza de que sus ministros compartieran información con los ministros salientes, la actitud y las palabras de Cristina lo desalentaron.

Ni siquiera lo recibió en las puertas de la residencia. Hizo sólo lo elemental para no parecer grosera. Los nuevos ministros sólo tendrán a disposición sus ministerios a partir del 10 de diciembre. Ni un minuto antes. El kirchnerismo será su genio y figura hasta el final. Tal fue la nadería de esa reunión que Marcos Peña, el futuro jefe de Gabinete de Macri, decidió cancelar una reunión prevista para hoy con Aníbal Fernández. La reunión fue correcta, no buena.

Es cierto que Macri no se privó, antes de la reunión, de notificar a Cristina de que su política exterior ha muerto. La designación como próxima ministra de Relaciones Exteriores de Susana Malcorra, una diplomática argentina con una larga carrera en las Naciones Unidas, significa el fin de una política exterior encerrada entre conceptos paranoicos del mundo. El presidente electo decidió, en cambio, promover la continuidad en el cargo del ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, a quien Macri siempre rescató como el único funcionario eficiente de Cristina. Es un mensaje también a la comunidad científica, que mayoritariamente apoya a Barañao. Alfonso Prat-Gay quería la Cancillería, pero será designado como ministro de Hacienda, una de las siete carteras que integrarán el equipo económico.

La aparente cordialidad de la presidenta que dice adiós no permitió, ni siquiera, que Macri le pidiera las renuncias del presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, y del titular de la Afsca, Martín Sabbatella. Las razones de Macri son sencillas. Desde ya, será imposible implementar una política económica absolutamente distinta, como se propone Macri, con Vanoli sentado en el Banco Central. Si bien el Banco Central debería recuperar en algún momento la autonomía que sólo tuvo espasmódicamente, es necesario por lo menos que su presidente no tenga un compromiso tan marcado con la política que se va. Vanoli podría significar un serio obstáculo para cualquier política que no sea la que impulsa Cristina Kirchner. El desplazamiento de Sabbatella no requiere de muchas explicaciones: él es por sí mismo un anomalía en el lugar en que está.

De todos modos, la gran prioridad del presidente electo es el conocimiento del Estado que recibirá, sobre todo de los números de la economía. No encontró el momento ni el clima para reclamarle esa información a Cristina. Macri cuenta sólo con 15 días para hacerse cargo del gobierno. La noción del tiempo que corre apresurado parece haber aterrizado ayer en su conciencia. Son muy pocos días para preparar su primeras medidas. Y ninguna medida será posible sin el discernimiento cabal del estado de las cosas. En rigor, sus economistas tienen sólo la información parcial que un gobierno hermético dejó trascender. ¿Cuántos dólares de libre disponibilidad tiene en realidad el Banco Central? ¿A qué nivel llega el déficit del Estado? ¿Cuántos pesos deberán emitirse para pagar los salarios y el aguinaldo de diciembre? ¿A qué monto asciende la deuda del Estado con sus proveedores? ¿Cuáles y cuántos son los compromisos del gobierno federal con las provincias? Sobre todas esas cosas sustanciales hay sólo información muy parcial.

La renuencia de Cristina a entregar el estado de las cuentas tiene su razón. ¿No hubiera significado, acaso, la aceptación de la crisis por parte de la presidenta saliente? ¿Cómo respaldaría, entonces, su discurso del domingo, delante de las urnas, cuando dijo que el país vive en la normalidad, el trabajo y el consumo, casi en la abundancia? Cristina mantendrá su obstinación hasta el último día. La utopía del sinceramiento, por parte de los que llegan, fue sólo una utopía. El presidente electo deberá resignarse a proyectar medidas como quien tantea en la oscuridad, con la esperanza de no llevarse nada por delante.

Decidió, en cambio, llevarse por delante la particular política exterior de Cristina Kirchner. Una política que oscilaba entre el insulto y la confrontación con los principales países del mundo, que callaba las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y se enternecía ante los autoritarismos de Ecuador y Cuba. La designación de la diplomática Malcorra como futura canciller significa el regreso de la Argentina a su tradicional política exterior, que privilegió siempre el multilateralismo. Malcorra es jefa de gabinete de las Naciones Unidas, la principal colaboradora del secretario general del organismo, Ban Ki-moon. De hecho, Malcorra era una de los precandidatas para suceder a Ban Ki-moon al frente de las Naciones Unidas. Una larga y paciente gestión de Marcos Peña y de Fulvio Pompeo, el asesor del presidente electo en temas internacionales, logró que Malcorra desistiera de un eventual lugar, aunque no seguro, en la cumbre de la diplomacia internacional para hacerse cargo de la diplomacia argentina.

Santafecina de origen radical, recomendada por Ernesto Sanz, conocida de Elisa Carrió y con varios amigos entre los diplomáticos de carrera argentinos, Malcorra cultiva ideas que la colocan en el centro político, más en su lado izquierdo que en su margen derecho. "Conoce a 120 presidentes del mundo", dijeron ayer cerca de Macri. El propio Ban Ki-moon confirmó esa afirmación en un documento oficial: "Sé por mis conversaciones con líderes mundiales -escribió en el sitio oficial de las Naciones Unidas- que la señora Malcorra es respetada en todo el mundo".

Dicho de otro modo, Macri eligió una canciller que lo presentará a él ante el mundo y no que fuera, como suele ser, al revés. Malcorra nunca tuvo cargos en la diplomacia argentina; será acompañada en el Palacio San Martín por un equipo de diplomáticos profesionales. Macri quiere devolverle el reconocimiento y el prestigio a la carrera diplomática, vapuleada por el kirchnerismo durante más de una década. Los Kirchner empezaron en 2003 con un profundo desprecio por los diplomáticos de carrera, que representan al sector del Estado mejor preparado, y se van sin haber cambiado de opinión. Destrozaron carreras y subestimaron calidades intelectuales, convencidos de que sólo los jóvenes kirchneristas eran capaces de ejercer la diplomacia. Resultado: la Argentina cosechó sólo indiferencia en el mundo.

Malcorra es conocida por su compromiso con el desarrollo sustentable. Significa en los hechos el progreso económico y la conservación del medio ambiente. La definición de desarrollo sustentable incluye a la democracia como sistema de gobierno y el respeto a los derechos humanos. Pero el mayor aporte de Malcorra al gobierno de Macri será su pormenorizado conocimiento del peso específico de cada país en el escenario internacional. Peso que deriva del tamaño de la economía de cada país, de su poder militar o de su prestigio moral. No es poco para suceder a un gobierno que colocó al país más allá de cualquier frontera razonable en el escenario internacional.

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