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Repugnantes olores del pasado

Julián Gallo

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PARA LA NACION@gallo1
Domingo 29 de noviembre de 2015
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Si pudiéramos viajar en el tiempo y conocer a Leonardo da Vinci, a Bach, al general San Martín o a cualquier gran personaje de la historia anterior al siglo XX que nombremos, lo primero que nos llamaría la atención sería su olor asqueroso, al menos para los parámetros de higiene que tenemos hoy. Y si el personaje del pasado hubiese vivido en el Medioevo, la cosa sería peor.

Como cuenta el escritor británico Bill Bryson en su último libro, En casa, en esa época el cristianismo vinculó la santidad con la suciedad. Durante 600 años la gente simplemente dejó de bañarse, siguiendo la creencia de que era de buen cristiano no hacerlo y que la suciedad mantenía cerrados los poros a las enfermedades. Pero aún cuando después de 1600 se empezaron a lavar ("Lávate las manos a menudo, los pies de vez en cuando y la cabeza jamás"), el diarista inglés Samuel Pepys, famoso por la precisión de sus notas, consignó sin espanto que durante nueve años y medio su esposa se había bañado una sola vez. Hacia la misma época se hizo popular el "lavado en seco", que consistía en cepillarse la piel o frotarse con un paño de lino. También, el uso de perfumes para ocultar los olores corporales.

Siglos y siglos sin cañerías para llevar aguas a las casas hacían de la higiene y el baño costumbres exóticas. Aun cuando alrededor de 1800 las familias más ricas empezaron a bañarse, la tarea resultaba un verdadero castigo para sus criados, que llenaban bañeras con capacidad de doscientos litros con agua que calentaban en calderos y transportaban en recipientes de madera.

Cuando Casanova visitó Londres, le llamó la atención lo común que era ver a la gente "aliviar sus esclusas" al borde de los caminos o junto a cualquier edificio. Y Pepys (sí, el mismo de la esposa que no se bañaba) escribió que su mujer se ponía de cuclillas en la calle "para hacer sus cosas". Las casas hedían con sus orinales y retretes. En 1801 la Casa Blanca tuvo los tres primeros inodoros con cisterna de agua del mundo, pero fue como poner Internet en los años 80, porque entonces recién estaban poniéndose de moda los inodoros de tierra, que liberaban una pequeña cantidad de tierra sobre las heces para evitar los olores.

A mediados del siglo XIX había alrededor de 200.000 inodoros de cisterna instalados en Londres, pero las cloacas no daban abasto y desbordaban sus líquidos. Miles de animales en camino al mercado llenaban las calles de excrementos y la basura se tiraba al río Támesis.

Este breve viaje al olor del pasado, este rápido paseo por los repugnantes baños, esta mirada a esa gente sucia como la señora Pepys, nos hace volver al presente y darnos cuenta de que somos ricos, inmensamente ricos en confort (una palabra que no existió hasta el siglo XVIII). Ya no podemos ver nuestra riqueza, nuestros baños nos resultan transparentes; nuestra higiene, espontánea. Como dijo McLuhan, "el uso constante (de una tecnología) crea un nuevo entorno oculto".

Respiro profundo y agradezco vivir en el presente. Agradezco la existencia del agua corriente que llega a las canillas de mi casa, a la ducha, al inodoro, al Cif, a Axe y al encantador olor de Skip en mi ropa, mucho más que al 4G, al iPhone o a Netflix.

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