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Cartas perdidas, cartas secretas

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Lunes 30 de noviembre de 2015
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Hipnotizado todavía por la audición de algunos pasajes de Tannhäuser y Lohengrin, Charles Baudelaire decidió escribirle a Richard Wagner para confiarle que le debía "el mayor placer musical" que había sentido en toda su vida. Lo hizo el viernes 17 de febrero de 1860. "La primera vez que fui al teatro estaba mal predispuesto, lleno de prejuicios. Tendrá que disculparme: me embaucaron tanta veces, escuché tanta música de charlatanes pretenciosos. Pero usted me venció enseguida." El detalle que más gusta de esta carta es, sin embargo, el final. Baudelaire opta por escatimar las señas del remitente, es decir, las suyas propias. "No añado mi dirección para que no crea que quiero pedirle algo." Algo me hipnotiza a mí también en ese modo de despedirse.

En la medida en que Baudelaire escribió más adelante un ensayo extenso sobre Wagner, debemos concluir que la carta era en realidad una manera que el poeta encontró de dirigirse a sí mismo con la intercesión del músico. No hablo de las novelas epistolares, que son un género en sí mismo, sino de los devaneos de la correspondencia que sirven como puesta en escena de una teoría. Claro que también en esto existe posiblemente una tradición (en la era "post" ya no queda nada que no tenga su tradición), pero dos libros recientes volvieron evidente una manera singular de desplegar algunas ideas dispersas acerca del arte. Me refiero a Cartas berlinesas I, de José Emilio Burucúa, y a Marienbad eléctrico, de Enrique Vila-Matas. Son libros sin género definido que hablan de aquello que no tiene género definido: la contemporaneidad.

Burucúa pasó desde fines de 2012 una temporada en Berlín, invitado por el Wissenschaftkolleg, y va ofreciendo un informe detallado a su interlocutora distante, Laura Malosetti Costa, que es justamente lo que el volumen recupera. Entre líneas despunta toda una teoría del arte. Sí, la única manera de hablar de lo contemporáneo tal vez sea con un único interlocutor, como si fuera una conversación privada que no estuviera, por lo menos en principio, destinada a terceros, pero que sólo por ese artificio formal pudiera llegar a ellos.

Confieso que si me interesa esa posición de Burucúa y de Vila-Matas es porque cada uno de mis escritos, y acaso también esta misma columna, se guían por un principio semejante. El libro, todo libro, es un libro en colaboración con los corresponsales e interlocutores. Aunque nada se sepa de ellos, nos prestan oídos.

Como a Baudelaire, a Burucúa lo solivianta la música, pero escribe sobre ella como quien pisa una terra incognita. Un día cae de visita en la residencia del Wissenschaftkolleg el compositor Helmut Lachenmann. Escuchan juntos su cuarteto de cuerdas llamado Grido y a Burucúa se le pone la piel de gallina. En el final de Cartas berlinesas se anudan signos dispersos de los tiempos nuevos: la elección de Bergoglio como papa y, de nuevo, la música del querido Lachenmann: Salut für Caudwell, para dos guitarristas. Para el compositor alemán, hay en esa pieza la demanda dirigida a un arte que deba conocer sus propias condiciones de existencia. Burucúa completa entonces la formación con el aprendizaje de una forma diferente, "tal vez reprimida", de atender los sonidos y el silencio.

Vila-Matas no habla de música ni tampoco Marienbad eléctrico está hecho estrictamente de cartas, pero su organización, como de diario personal, responde a las conversaciones personales y por correo electrónico con la artista Dominique Gonzalez-Foerster, su corresponsal. La obra de Dominique Gonzalez-Foerster es experimental exactamente en el sentido que lo experimental tenía para John Cage: un proceso cuyo resultado no puede preverse. Lo mismo vale para el libro de Vila-Matas. La meta: una escritura que sepa "exponerse". Igual que en su instalación Blue Carpet, Gonzalez-Foerster "expone" pequeños montículos de libros en una alfombra rectangular.

Nunca hablé con Vila-Matas del exilio de los géneros ni de Lachenmann -eso habría sido de veras interesante- ni de Burucúa ni de nada en particular. La única charla (¿o fueron dos?) se disolvió en el aire. Le pasé, eso sí, la dirección de Linardi y Risso, una librería anticuaria de Montevideo. ¡Qué ocasión perdida! ¡Qué falta de reflejos! Pero no perdamos la esperanza: sin que nadie lo sepa, algún libro traído de Uruguay podría ser parte ahora del "tapiz de lectura" de Gonzalez-Foerster.

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