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Símbolos y personas

Arte

Alberto Delmonte es heredero consecuente de Torres García; Kokocinski, un expresionista especial

Como señalan con orgullo sus catálogos, Alberto Delmonte se inició en la pintura con Marcos Tiglio y en escultura con Carlos de la Cárcova, pero sus estímulos más evidentes provienen de la escuela del uruguayo Joaquín Torres García. Del primero, conserva el nivel comunicativo e intimista; del segundo, el sentido constructivo y simbólico de la imagen. Más allá de esas influencias, que lo ubican al Sur del continente y de otras menos cercanas y constantes como, por ejemplo, la de Tàpies, elaboró una imagen que distingue su propia manera de trabajar como un quehacer auténtico. Su eclecticismo trasunta respeto por los maestros que más lo impresionaron y franqueza frente a las urgencias expresivas que aún lo impulsan. Sabe que la continuidad es desarrollo y mantiene coherentemente los principios que signaron su actividad casi desde los primeros momentos. Las obras son de conformación abstracta, aunque eventualmente representen signos figurativos. El significado de casi todas está fuertemente centrado en el valor simbólico de sus metáforas, que no terminan de desprenderse de la cultura precolombina, pero su interpretación fluctuante es medida y rítmica en la actualización de las formas. No es sencillo alcanzar la relación con lo simbolizado. Su contenido refleja tanto el universo atávico que duerme en la memoria como los presentimientos e intuiciones que se convierten en una acción corporal. La práctica continua, bien dirigida, ayuda a determinar la cohesión en la estructura de la imagen y a transformar la idea en emoción.

Los títulos de ciertas obras no dejan duda sobre las preferencias geográficas que las dominan: Las dos orillas del Río de la Plata, América, Pampa I... Su cuño sudamericano sigue la tradición que también se impuso en la otra costa de nuestro río mayor, donde hace cuarenta años el autor se relacionó con los discípulos y la orientación del taller de Torres García.

Las pinturas, esculturas, grabados y dibujos a la carbonilla sobre tela que exhibe en estos días muestran también una vocación de trabajo excepcional; hizo la treintena de piezas en el último par de años. Lo que más importa, sin embargo, no reside en el caudal de su labor, sino en la afinada correspondencia entre las ideas y los sentimientos que da la veteranía. Pintar, grabar, esculpir, dibujar, es aprender a conciliarlos.

Delmonte suele crear oposiciones que juegan una especie de contrapunto. Frecuentemente complementa los planos y las líneas, como se ve en Ave mítica (que recuerda a Seoane), o más claramente, en Ollantaytambo, una escultura en la que el contraste lo dan además de los elementos nombrados, los materiales. Dos cuerpos laterales de madera maciza se unen entre sí por medio de una estructura de hierro; la definen varillas de mínimo perfil que dibujan una imagen esquemática. El metal sirve de puente entre las masas que lo sostienen para crear una construcción formalmente perfecta. Dirige el Taller Sur desde su fundación, hace treinta años.

(En Palatina, Arroyo 821. Hasta el 28.)

Del cine a la pintura

El pintor italo-brasileño-argentino Alessandro Kokocinski expone en los altos del complejo que funciona en lo que fue el cine Gran Splendid, donde recientemente instaló una filial la galería Rubbers. Lo hace con un extenso conjunto de figuras humanas que constituyen una galería de premuras expresionistas. Son ficciones dramáticas que se desplazan por la imaginación de quien las ve por la subjetividad de los enfoques.

Si analizamos caso por caso, la correspondencia de las partes con la configuración general de cada cuadro resulta algo arbitraria. Hay zonas cuyo estado naciente impide que se consoliden.

La ligereza del gesto trasluce expresividad y dinamismo, pero no convence como acompañante de la causa mayor; la fluidez debilita su consistencia cuando no sigue una realidad anatómica en consonancia con los focos de atención.

Ahora bien, esta nota corre el albur de sugerir que nos abruma la inconsecuencia de los detalles con la organización primordial de la imagen; no es así. La confección exaltada permite aparecer los rasgos del notable pintor que hay en Kokocinski aunque, casi siempre, fragmentariamente. Su atractivo es parcial. El impulso cromático está bien reflejado en la paleta, entonada aún en los contrastes del fragmento de La Notte sogna, que se ve en la tapa del catálogo. Impresiona también la expresión que refleja el estado interior de la figura.

Ardori y Corpi es otro de los óleos que mejor revela la impulsividad de un espíritu romántico en el fondo, como el del expresionismo realista que lo viste.

Hijo de un polaco y una rusa deportados por los alemanes, Kokocinski nació en Italia, en 1950. Pasó la infancia entre los guaraníes y pisó una escuela por primera vez en Buenos Aires, a los 10 años de edad.

Créase o no, fue acróbata a caballo en el Circo de Moscú y recorrió China y Tailandia como pintor. mUsa para pintar viejos procedimientos de la tradición italiana.

(En Rubbers, Santa Fe 1860, 2º piso. Hasta el 19 de junio.) .

Por Aldo Galli Para La Nación
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