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Sin medias tintas

Lascano se mantiene firme a los dictados de su propia sensibilidad

Domingo 07 de octubre de 2001

Lascano no es un pintor académico, antes bien es un pintor rebelde. Comprendo que esta última aseveración pueda sorprender a muchos ojos cándidos. Lascano es rebelde porque ha decidido eliminar el medio tono; ese medio tono que bordea el desnudo de espaldas, la Venus Rockeby de Velázquez. Lo hemos hablado con el artista, pero él se mantiene firme en los dictados de su propia sensibilidad que, en cotejo con movimientos como el Pop, se instalaron en el gusto del inconsciente colectivo. Un maestro que sabe ver como pocos la pintura me comentó: "Lascano es más Pop que los Pop." Es en ese transfondo que hemos de explicar la gran respuesta que le brinda esa sensibilidad predominante en el gusto contemporáneo.

Eliminar los medios tonos es licencia análoga al Finnegan´s Wake de Joyce, o a la música de John Cage que mezclaba sonidos con ruidos. Si bien no en todos los cuadros, al eliminar los pasajes, la pintura de Lascano golpea al nervio óptico sin atenuantes.

Podría pensarse que esta actitud tiene bastante de vasco; de allí quizá la simbiosis con su crítico y promotor Ignacio Gutiérrez Zaldívar. Cuando en la década del 70 incluí a Lascano entre los artistas jóvenes descollantes de aquel momento, debo recordar que Lascano pintaba con témpera al huevo, lo que planteaba una estética distinta. Nadie está obligado a compartir una estética para restarle admiración y respeto a quien posee una estética diversa. Me reconozco más amigo de Velázquez que de Warhol, de Mozart que de Cage, de Shakespeare que de Joyce. Ello no me impide apreciar la obra de quienes están más cerca de mí en el tiempo histórico. Si aplaudo al artista por ser fiel a sí mismo, mal podría ponderar a un crítico que no lo fuese.

Bellas estas pinturas de Juan Lascano, rotundas como su nombre. Magistral en el manejo de los blancos, domina como pocos el tema de frutas y bodegones; sus panes lo aproximan a Salvador Dalí. Sin renegar de mis medios tonos, no me queda sino aplaudir el gran talento de Juan Lascano.

(En Galería Zurbarán, Cerrito 1522, hasta el 13 de noviembre.)

De caminos y pinceles

Acabo de ver una muestra estupenda del pintor argentino Jorge Abot; mi calificativo no pretende ser ditirámbico ni exagerado. Desde que Abot retornó de España hacen ya unos cuantos años he seguido con atención su trayectoria, que como ocurre con los auténticos creadores es cada vez de creciente calidad plástica y de una afirmación rotunda de su personalidad.

Abot pertenece a la categoría de los artistas que todavía pintan. No teme a las implicancias de la creatividad; cada vez mayor esfuerzo, cada vez mayores las dificultades que tendrá que superar. Esfuerzo y dificultades es lo que esquivan los que prefieren seguir caminos cortos, aunque sospechen que no conducen a ningun lado. Abot no teme a los grandes tamaños; en sus trípticos que ocupan ambas paredes extremas de la sala, logra sostener la misma fuerza y el mismo lirismo que en sus composiciones de tamaños menos ambiciosos. Lo que siempre está presente es el vuelo poético de sus trabajos. Abot trabaja sobre telas preparadas con aserrín a los efectos de lograr mayores texturas, pero lo que me interesa destacar es que nunca queda en la superficie del soporte. Cada color, cada signo, penetra en la hondura de la tela, lo que le permite a Abot hablarnos de su interioridad desde la interioridad de sus pinturas. Así lo demuestra su homenaje a Torroja. Este es el logro de los verdaderos pintores, el que con razón temen quienes carecen de esta pasta.

Los espacios mayores y menores están surcados a menudo por bandas negras que nunca escapan a la bidimensionalidad del cuadro. En oportunidades no faltan los collages y las escrituras, siempre cumpliendo funciones plásticas. Esto se hace más notorio en sus dibujos en los que Abot nos revela los más íntimos secretos de su estilo. Muestra para satisfacer los nervios ópticos más exigentes y para nutrir a quienes busquen en el arte alimento espiritual.

(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 14 de octubre.)

Temas camperos

Francisco Madero Marenco, con buen criterio firma sus óleos F. Madero Marenco; ésta, su primer muestra individual, la dedica a su abuelo, el notable pintor de temas camperos, Eleodoro Marenco. Como para subrayar esta intención hay un cuadro festoneado por una bandera argentina, donde el ya maduro abuelo comparte su cabalgata con su joven nieto. Es un tema que me llega hondo, más allá de su excelencia plástica, porque en su tiempo siendo niño he compartido cabalgatas con mi padre.

Lo cierto es que F. Madero Marenco es un talento precoz. Las más de sus obras nos muestran jinetes, como la ya descripta, o como evocaciones históricas, cuyas implicancias no se nos escapan. Como para revalidar títulos hay paisajes de pasto y cielo, o a veces con algunos ñandúes, que nos hablan de una capacidad para captar lo pampeano, más allá de cualquier referencia anecdótica. Uno de los mayores logros de este joven artista de veintiún años es su capacidad de observar y captar las bellezas de nuestros cielos, que en sus pinceles como en los de su abuelo tienen algo de propio e inconfundible; pienso en la diafanidad del aire. Mientras algunos se entretienen reflotando "novedades" del peor gusto que después de casi un siglo ya dejaron de serlo, reconforta una muestra como la de F. Madero Marenco que sin vacilaciones recomiendo a los que todavía sienten emoción frente a la belleza.

( En Sara García Uriburu, Uruguay 1223,hasta el 13 del actual.)

Por Rafael Squirru Para LA NACION

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