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De tragedias, historia y árbol nocturno

Martes 01 de diciembre de 2015
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Sábado por la noche. Varias personas avanzan por uno de los senderos que, tras la inauguración del Metrobus, permiten caminar a lo largo de algunos tramos de la 9 de Julio. Vértigo de colectivos a derecha e izquierda, vendedores callejeros entre los autos, vozarrón de linyera que habla solo en una de las plazoletas. Monumental, familiar y solemne, el edificio de los ministerios de Salud y Desarrollo Social captura las miradas. A sus pies, apenas visible entre las ráfagas de tránsito, una mujer nos observa. Lleva un ceñido vestido celeste y blanco. Levanta apenas el brazo derecho, extiende el dedo índice y señala, en un movimiento suavemente circular, las pintadas que la última manifestación dejó sobre el asfalto.

La ciudad y sus marcas. Pasado y presente. El urbanismo traducido en arquitectura racionalista de los años 30, sistema de transportes del siglo XXI. Y la intersección de violencias, deseos y vivencias colectivas que nos van haciendo ser lo que somos. De eso se trata Relato situado, una particular experiencia performática que presencié hace unos días y cuyos ecos aún me rondan. Organizada por las artistas del Proyecto Manifestar Historia, los actores de la Compañía de Funciones Patrióticas, y con vestuario de la artista Nora Iniesta, la propuesta se denomina a sí misma "Acción de memoria urbana": propone una caminata nocturna por el centro de la ciudad, enmarcada por dos de sus grandes íconos: el Obelisco y el antiguo Ministerio de Obras Públicas, hoy de Salud. Ambos monumentos, nos recuerdan la artista y el actor que asumen el papel de guías, son emblema de la modernidad arquitectónica de principios del siglo XX; ambos estuvieron a punto de ser demolidos, instalados en medio de una avenida que, desde el vamos, se soñó la "más ancha del mundo". Ambos, por sobre todo, constituyen dos puntos de concentración densa, abigarrada, de sucesos históricos, políticos y sociales.

La figura de Eva Perón -mito, historia, murales gigantes en las fachadas Norte y Sur del edificio- impregna buena parte del recorrido. Una actriz recrea el texto del famoso Renunciamiento. Varias cuadras después, la misma actriz irrumpe vociferando el enloquecido, visceral, desgarrador, Eva Perón de Copi.

Un actor asoma como testigo de los bombardeos de 1955; la metralla sobre las antenas radiales y televisivas que estaban en la terraza del Ministerio de Obras Públicas, el continuo fluir de heridos, avenida Belgrano arriba, hasta el Hospital Español.

Los organizadores nos animan a sacar fotos, tomar notas o grabar imágenes de video para, al cierre, exhibir esos registros y contar qué recuerdos personales asomaron durante la caminata. "¿Qué es la historia? -parecen preguntar- ¿Dónde se encuentra con nuestras pequeñas vidas?"

No sé qué responderles. Quizá sea cuestión generacional; tal vez, ausencia de tradición peronista en la familia: lo cierto es que mis recuerdos giran más en torno del Obelisco que del ex Ministerio de Obras Públicas. Aunque nací en el Hospital Español que, ahora me entero, estuvo marcado por la tragedia del 55. Al igual que otro de los participantes, tuve una adolescencia sin teléfono celular, donde el Obelisco era infalible punto de encuentro (y vigía de manifestaciones, recitales sobre la avenida 9 de julio, escapadas a la calle Lavalle cuando esa calle era sinónimo de salas de cine).

Debo ser un neto producto local si, como dice el sociólogo Luis García Fanlo, la melancolía es una de las características de ese raro combo llamado "argentinidad". Melancólica y porteña: amo a esta ciudad. Aun en lo más doloroso de sus heridas, en lo más exasperante de sus contradicciones.

Y sobre todo amo a mi hijo. Estoico, nos acompañó en el recorrido y quiso participar haciendo un dibujo que después no se animó a mostrar en público. Lo tengo ahora sobre mi escritorio. De entre la trama vibrante de carteles, pintadas, afiches políticos y huellas urbanas que fueron registrando los adultos, él dibujó lo que más le llamó la atención. Un árbol. La copa frondosa y las raíces gruesas, imponentes, de un árbol añoso al que yo ni siquiera había prestado atención. Miro el dibujo y me digo que, probablemente, la historia también sea eso: un árbol de raíces entreveradas y profundas; siempre el mismo, pero siempre distinto. Imprevisible en cada nuevo brote.

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