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La atracción de un género inagotable

Con espíritu renovado, los libros de relatos vuelven a poblar las librerías

Domingo 20 de diciembre de 2015
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PARA LA NACION
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Quizá no resulte casual el hecho de que en 2014 se creara tardíamente en Latinoamérica un premio dedicado en exclusiva a los cuentistas, y que estuviese a la altura de los que hace tiempo figuran en el calendario fijo de la novela (Alfaguara, Herralde, Biblioteca Breve de Seix Barral, por citar tres casos emblemáticos). Aunque existía ya el de Casa de las Américas y también el Juan Rulfo -este último ahora en suspenso, y de todas formas dedicado a un único relato-, el premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez, obtenido por el argentino Guillermo Martínez y la boliviana Magela Baudoin en sus dos primeras ediciones, reubicó el género -por su notable dotación y la exposición que implica- en un lugar de privilegio, un modo de homenajear a sus grandes maestros a través de esa convocatoria anual. Lo cierto es que el García Márquez llegó, como un reflejo natural, en un momento en que el cuento parece florecer en todo el continente. También en la Argentina que, como todo el mundo sabe, posee una enorme tradición en ese género que en los últimos tiempos parece querer pelearle a la novela una jerarquía y un espacio en el que ésta se situaba como instancia de maduración o realización definitiva.

El cuento es, muchas veces, un campo de pruebas, el territorio en que el escritor experimenta durante un tiempo hasta que se siente "preparado" para desembarcar en ese otro formato más extenso y, quizá por ello, más complejo. Esta última presunción es, desde luego, equivocada (ahí tenemos a Faulkner confesando que había elegido la novela porque carecía de la disciplina y la justeza para concentrarse en un desarrollo breve), pero no son tantos los autores que se han dedicado con igual esmero y éxito a ambos géneros durante toda su vida, algo que sí podría decirse, por ejemplo, de Juan Carlos Onetti o Héctor Tizón. Ambos figuran, con absoluta lógica, en el corpus de ediciones consagratorias que la editorial Alfaguara ha dedicado en el último lustro, bajo el rótulo de "Cuentos Completos", a algunos de los escritores fundamentales de esta época como Hebe Uhart, Rodolfo Fogwill, Marcelo Cohen, Luisa Valenzuela o Abelardo Castillo (entre los extranjeros: Clarice Lispector, Scott Fitzgerald, Rubem Fonseca, Alfredo Bryce Echenique, Vladimir Nabokov -este sí un ejemplo claro del cuento como campo de entrenamiento- o el mismo Faulkner). Dichas ediciones han hecho lo suyo para que el cuento recuperara un prestigio que hace no mucho parecía perdido.

Se ha aseverado siempre que la Argentina es un país de cuentistas. El hecho de que Borges se haya volcado exclusivamente, dentro de la narrativa, a ese género parece, por sí solo, probarlo. Sin embargo, también se ha cuestionado esa afirmación desde el escenario de decenas de autores que, durante años y años, chocaban con la respuesta negativa de las editoriales que "por el momento" no publicaban cuentos, o que no lo hacían si se trataba de un debut. Esta situación, con todo, se ha revertido notablemente en el último tiempo, sin duda en parte gracias al campo que han abierto las editoriales medianas y pequeñas, en muchos casos prestándoles oído a autores -para bien y, en alguna medida, acaso también para mal- cuya escritura se halla en clara etapa de formación.

En cualquier caso, los libros de cuentos han regresado al centro de la escena con espíritu renovado. Cada mes nos encontramos, en las librerías, con una variedad de autores (otra vez: las editoriales chicas se llevan buena parte del crédito) que tiempo atrás no nos hubiésemos siquiera animado a desear. Por estos días, la aparición del portorriqueño Luis Negrón con su libro Mundo cruel (Páprika) no sólo resultó una revelación sino que volvió a evidenciar lo poco que conocemos de la literatura caribeña, y acaso de su universo más allá de los tópicos. El campo (Mardulce), del uruguayo Juan José Morosoli -nacido en el mítico 1899, como Borges, Nabokov y Hemingway-, es una de las joyas literarias de 2015: un autor que podría situarse en la familia de Robert Walser y Bruno Schulz, es decir, en la gran familia kafkiana, y que entre nosotros era hasta hoy un auténtico desconocido. Aunque proviene de una literatura mucho más presente como la norteamericana, el nombre de Kenneth Bernard (Unas pocas palabras, un pequeño refugio, El Fiordo) resultó una revelación para muchos lectores y renovó la sensación de que allá en el norte puede hallarse un gran cuentista debajo de cada alfombra. Por supuesto, las antologías juegan un papel fundamental en cuanto a la divulgación de literaturas menos conocidas; en este sentido, Después de Mao, el excelente volumen dedicado al cuento chino contemporáneo que Miguel Ángel Petrecca ideó y tradujo para el sello Adriana Hidalgo, nos acercó a ese país siempre mítico cuyo interés se ha potenciado últimamente a partir de esa mixtura entre comunismo y capitalismo que ni siquiera los economistas logran explicar.

Entre los argentinos, nombres como el de Juan José Burzi (Los deseantes, Zona Borde) o el santafesino Francisco Bitar (Acá hubo un río, Nudista) se vuelven cada vez más insoslayables. Sin duda, una de las apariciones del año es la de Tomás Downey, cuyo libro Acá el tiempo es otra cosa (Interzona) lo revela como una voz personalísima, contundente y poética al mismo tiempo. Imposible hablar del cuento argentino actual y sortear el nombre de Samanta Schweblin (Siete casas vacías), ganadora serial de concursos pero, también, sólida continuadora de una vertiente clásica en la que el cuento es siempre un arco tenso (en la que podría inscribirse, también, el nombre de Guillermo Martínez). Imposible, asimismo, abandonar este 2015 sin mencionar Las esferas invisibles (Entropía), de Diego Muzzio, esas tres largas piezas que responden a otro modo del clasicismo, el del terror fantástico, y que en el fondo resultan aterradoras porque dialogan con los fantasmas que habitan, siempre expectantes, en cada uno de nosotros.

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