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La política impulsa lo que el fútbol frenó

Mauricio Macri y Tabaré Vázquez se reunieron en Colonia para organizar el Mundial 2030

Viernes 08 de enero de 2016 • 16:15
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Los presidentes reunidos, ayer, en Colonia
Los presidentes reunidos, ayer, en Colonia. Foto: AFP

Sencillo, muy sencillo, pero no por ello menos inteligente: si se trataba de cerrar las heridas generadas durante años de distanciamiento entre dos países que se parecen como quizá ninguna otra pareja de Estados en el mundo, qué mejor que apelar al fútbol.

Lo curioso es que, del lado argentino, no fue el fútbol el que asumió a fondo la iniciativa, sino la política. Hace ya casi ocho años que Uruguay lanzó la propuesta de coorganizar el Mundial con el vecino del Plata, pero la Argentina nunca terminó de tomarse la idea en serio. La Asociación del Fútbol Argentino (AFA) dio un sí oficial en 2007 con Julio Grondona al frente, aunque sin entusiasmo real.

Tan poco entusiasmo que en 2014, meses después de la muerte de Grondona, el "sí" viró a "no". Y en el medio Chile, que fantaseaba con llevar por segunda vez el Mundial a su tierra aliándose con Uruguay y dejando a la Argentina como insípido jamón de un envidiable sándwich de fútbol. Tras la visita de Mauricio Macri a Tabaré Vázquez, todo indica que ya no será así.

Pensar que los argentinos se entusiasmen con un Mundial que podría celebrarse dentro de 14 años es quizás excesivo, aunque no inusual: el de Argentina 78 se adjudicó doce años antes, en 1966.

Más allá de la insólita decisión de Joseph Blatter de decidir los Mundiales de 2018 y 2022 en una misma reunión ocho y 12 años antes de los respectivos eventos, lo habitual en la FIFA es que los Mundiales se decidan entre seis y siete años antes de su celebración. Hay que darles tiempo a los países sede de adaptar su infraestructura, y también a la FIFA de asegurarse que el negocio sea tal.

No sería un problema en el caso de la Argentina y el Uruguay, dos países en los que el fútbol es religión y en los que sobra experiencia para organizar grandes eventos en torno de la pelota. Tampoco debería inquietar en Buenos Aires y Montevideo lo debatido en 2013 en el congreso de la FIFA en Islas Mauricio, esa idea de no volver a celebrar mundiales en dos países, tal como sucedió con Corea del Sur y Japón en 2002.

Todo eso está en el olvido, porque todo será revisado. La FIFA vivió en los últimos ocho meses una implosión sin precedente que no se sabe si se detendrá con la elección, el mes próximo, de un nuevo presidente. Es más: tras dos sedes ultrapolémicas como Rusia 2018 y Qatar 2022 y un balsámico regreso a alguna potencia europea o a Estados Unidos en 2026, recalar en Argentina y Uruguay es garantía de tranquilidad para una FIFA sin margen ya para los experimentos.

Nadie sabe aún cuándo se celebrará esa elección, pero algo es seguro: ya no decidirá el exclusivo círculo del comité ejecutivo, sino las 209 asociaciones miembros de la FIFA. Si no quieren encontrarse con sorpresas, la AFA y la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) necesitarán recuperar la influencia política perdida en los últimos años.

Uruguay ambiciona la final, y no tiene sentido negársela al país sede del primer Mundial, a la nación que propone celebrar el centenario de aquel torneo inaugural en un estadio que se llama... Centenario.

Aquella vez fue Uruguay 4, Argentina 2, pero hasta la posible revancha -sería un centenario digno de Hollywood- hay un largo recorrido. Macri tendría 71 años en 2030. ¿Habrá resuelto los problemas estructurales del fútbol argentino, empezando por el de la violencia? Futurología extrema.

Mejor celebrar mirando al pasado. La Argentina ganó la sede del Mundial 78 el 6 de julio de 1966, ocho días después del golpe de Estado contra Arturo Illia. Lo ganó, podría decirse, Juan Carlos Onganía. Y alzó el trofeo Jorge Rafael Videla. La de 2030, si llega, promete ser una historia bien diferente.

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