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Lo que dice nuestro rostro

Facundo Manes

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PARA LA NACION@ManesF
Miércoles 20 de enero de 2016 • 01:29
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Los rostros humanos son estructuras biológicas únicas que transmiten una compleja variedad de mensajes sociales claves y proporcionan la distinción más fuerte entre una persona y otra. La importancia de la percepción facial se refleja en nuestra extraordinaria habilidad para recordar caras. En cuanto miramos a alguien, identificamos (incluso sin proponérnoslo) quién es, además de poder calcular su edad aproximada, determinar su sexo, su grupo étnico e, incluso, su estado emocional o foco de atención. Más aun, cuando vemos un rostro, automáticamente le atribuimos múltiples características psicológicas (por ejemplo, competencia, habilidades, actitudes). Esta capacidad ha sido vital para nuestra supervivencia y para que se produzcan interacciones sociales efectivas. En pocas palabras, para que el mundo sea mundo.

Según neurocientíficos expertos en el reconocimiento facial, los bebés nacen con una representación bastante detallada del rostro humano promedio que les ayuda a reconocer caras conocidas y también les ayuda a aprender sobre el mundo social. A los cuatro meses el cerebro de un bebé ya procesaría las caras casi como un adulto, incluso mientras otras imágenes son analizadas en niveles inferiores del sistema visual.

Diversas investigaciones han sugerido que las primeras impresiones que formamos de los otros individuos pueden clasificarse en diferentes dimensiones. Una de ellas es la "accesibilidad". Consiste en deducir cuáles son posiblemente las intenciones de la persona que tenemos frente a nosotros: captamos si nos ayudará o si representa un peligro y nos hará algún daño. Por ejemplo, los rostros sonrientes o que aparentan felicidad son considerados más accesibles que los que expresan enojo. La "dominancia" es otro de los parámetros que evaluamos. En este caso, interpretamos si la persona tiene la determinación de llevar a cabo sus intenciones sobre nosotros. Percibimos, entonces, si puede ayudarnos o, por el contrario, dañarnos. Por último, atendemos también una dimensión de "atracción" que implica suponer si se trata de un rival o de una potencial pareja romántica.

Tanta importancia tiene esta capacidad que nuestro cerebro cuenta con una red especializada en el reconocimiento facial que permite detectar un rostro determinado y todo su arsenal de atribuciones de manera automática en menos de lo que tarda un parpadeo.

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