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La leona teje los hilos del melodrama

La telenovela de Telefé es se apoya en los pilares del gran melodrama latinoamericano y sale a buscar otro anclaje paralelo, el de una realidad social reconocible, para contar el romance de una pareja protagónica con carisma y química

Viernes 22 de enero de 2016
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LA NACION
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Dupláa, una impecable protagonista
Dupláa, una impecable protagonista. Foto: LA NACION / Telefé

La leona / Autores: Pablo Lago y Susana Cardozo / Escenografía: Silvana Giustozzi y Roberto Domínguez / Iluminación: Alberto Echenique, Juan Lira y Gerardo Soldatos / Sonido: Carlos Serrano, Luis Quiroga y Juan Manuel Mora / Elenco: Nancy Dupláa, Pablo Echarri, Miguel Ángel Solá, Juan Gil Navarro, Esther Goris, Mónica Antonopoulos, Ludovico Di Santo, Dolores Fonzi, Alejo Ortiz, Julia Calvo, Andrea Pietra, Martín Seefeld, Peter Lanzani / Productores artísticos: Echarri y Gustavo Marra / Productora ejecutiva: Andrea Tuozzo / Productor general: Seefeld / Dirección: Carlos Luna, Pablo Ambrosini y Omar Aiello / Canal: Telefé.

Nuestra opinión: buena

En un notable primer episodio, que merecía ser calificado de muy bueno, La Leona mostró todas sus cartas, incluso aquellas que van más allá de su propia trama y tienen más que ver con una búsqueda estratégica en la actualidad televisiva de la Argentina. Pocas veces hemos visto con tanta claridad cómo la acción conjunta entre un canal de aire y una productora independiente (El Árbol, propiedad de Pablo Echarri y Martín Seefeld) busca instalar un modelo de ficción televisiva que funcione en nuestro país como equivalente de la gran industria que en esta materia exhibe una potencia regional tan cercana como Brasil.

Con ese espejo como referencia bien visible, La Leona acierta en el rumbo y en los elementos elegidos para transitarlo. Estamos ante un relato bien sustentado en algunos de los pilares del gran melodrama latinoamericano (conflictos familiares y de clase entrecruzados todo el tiempo a través de amores prohibidos y lazos de sangre no reconocidos), que al mismo tiempo sale a buscar otro anclaje paralelo, el de una realidad social que el espectador pueda reconocer con facilidad en su existencia de todos los días.

La vida en la fábrica textil Liberman, todo un mundo en sí mismo, símbolo de la utopía industrial que en el siglo XX representó sobre todo el primer peronismo, sirve para hacer más creíble el otro verosímil, el de la telenovela, con sus personajes y conflictos tan recargados. Para que una historia así tenga éxito, el público debe asimilar ese universo vestido de artificios que, en el caso de La Leona, trata de hacerse más cercano a través del relato de costumbres y el lenguaje explícito del suburbio, ámbito en el que se mueven los personajes que trabajan en la hilandería. El riesgo siempre latente, en el que también se cayó a veces en este caso, es confundir lo explícito con la vulgaridad.

Este dato tiende a convertirse en una de las marcas genuinas que identifican a La Leona, pero aparece como anecdótico y complementario frente al eje del conflicto, que por lo visto hasta aquí (está por completarse la primera semana) funciona bastante bien. Cada uno de los mundos gira alrededor de la mitad de la pareja protagónica, que a fuerza de carisma, presencia y contrastes bien subrayados resulta el muy eficaz eje de una trama que, como siempre en estos casos, se dispara hacia varias direcciones al mismo tiempo.

Lo mejor del primer tramo de La Leona es la forma en que María (Dupláa) y Franco (Echarri) juegan a atraerse y rechazarse mientras el destino los acerca de modo irreversible. Los dos, impecables en papeles que parecen escritos para ellos, agitan entre sospechas, desconfianzas y recelos, todos los fantasmas de una historia (la de Textil Liberman) que los tiene atrapados al igual que al resto de los personajes del amplísimo coro, cada uno con tiempo y espacio para lucirse.

Entre ellos, los villanos protagonizan los mejores momentos de todo lo visto hasta ahora. Solá y Goris (brillantes en la construcción de sus respectivos personajes) pulsan todo el tiempo desde el gesto, la voz y el cuerpo la cuerda del exceso y la perversión. Cada aparición de Goris acerca el relato hacia un punto cercano al terror.

En cambio, cuando la acción transcurre en la hilandería (un magnífico y genuino espacio fabril, ambientado de óptima forma) se confía demasiado en el talento de los actores para resolver situaciones apenas delineadas. En este punto todavía queda mucho por aprender del modelo brasileño que se procura asimilar.

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