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La decisión de volver al mundo

LA NACION
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Joaquín Morales Solá
Domingo 24 de enero de 2016

El péndulo se corrió bruscamente hacia el otro lado. La opción argentina se vio muy nítida en estos días: el nacionalismo político y la consecuente autarquía económica (que fue el programa del kirchnerismo) frente a la decisión de volver al mundo. Esta última alternativa elegida por Mauricio Macri significa también el regreso del país a la globalización. Si se reduce aún más el haz de luz, la opción es entre globalización y antiglobalización.

De alguna manera, Cristina Kirchner fue líder de un proyecto que pregonaba la antiglobalización, lo que colocó a su gobierno dentro de una corriente que tiene seguidores y líderes en todo el mundo (Donald Trump, por ejemplo). La novedad es que Macri retomó las políticas de los ex presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem, que, cada uno a su manera y con políticas distintas, impulsaron un gran protagonismo del país en el escenario internacional.

Después de convertirse en la figura más atractiva del foro económico de Davos (un evento influyente en la economía mundial), Macri resolvió algunos problemas concretos. Más vale que no se distraiga con los problemas económicos. La crisis de la economía de China, el derrumbe del precio del petróleo y la grave encrucijada de la economía brasileña anticipan tiempos turbulentos. Analistas económicos internacionales creen que China podría llevar al mundo a una crisis parecida (o peor, dicen) a la de 2008. La Argentina tiene una ventaja: viene tan mal que cualquier progreso sería una mejoría muy importante. Ninguna crisis internacional (que no había) condenó al país a no crecer durante cuatro años, entre 2012 y 2015. Y no creció. No obstante, el gobierno de Macri debería preparar la economía para un mundo mucho más difícil.

En ese contexto, fue significativo que el Presidente impulsara el deshielo de la relación con Washington. Tuvo dos consecuencias concretas. La primera fue la decisión del gobierno de Obama de levantar su voto negativo sobre los créditos que pide el país ante los organismos internacionales, sobre todo en el BID y el Banco Mundial. El no de Washington fue acompañado en los últimos años, en el caso del Banco Mundial, por importantes países europeos y asiáticos, que podrían cambiar ahora su posición. En el BID, la negativa de Washington fue seguida por algunos países latinoamericanos.

El rechazo del gobierno de Obama a los créditos a la Argentina se respaldó en tres argumentos: el país destruyó la agencia de estadísticas (el Indec); estaba en default con el Club de París, y demoraba sus obligaciones de pago por las causas perdidas en los tribunales del Ciadi. Las razones son comprobables, pero también existió una decisión política de alejar a Washington del imprevisible gobierno de los Kirchner. De hecho, Macri no resolvió todavía ninguno de los problemas pendientes, aunque su gobierno prometió hacerlo. El solo hecho de permitirle al Fondo Monetario difundir sus conclusiones sobre la economía argentina no sólo significa el regreso del país a ese organismo, del que es miembro pleno, sino también el compromiso de resolver aquellos problemas.

El otro logro que tuvo fue la promesa de la delegación norteamericana de ayudar al país a reincorporarse al mercado financiero internacional. Ese compromiso tiene un subtexto: también lo ayudará, dentro de las limitadas posibilidades de la Casa Blanca, a resolver la deuda en default con los fondos buitre. Sería imposible el retorno al mercado financiero sin antes haber acordado con los holdouts. Los funcionarios de Washington pueden hacer gestos a favor de ese acuerdo, pero no mucho más.

El gobierno de Macri advirtió una realidad que existe, guste o no. Es prácticamente imposible una buena relación con los Estados Unidos y con Europa si el trato con Gran Bretaña se encierra en insultos mutuos. Los británicos son los principales aliados que en el mundo tienen los norteamericanos, y son también miembros muy importantes, aunque un tanto decepcionados, de la Unión Europea.

Otra constatación es fácilmente perceptible: condicionar a Londres a empezar hablando de la soberanía argentina en las Malvinas es como ladrarle a la luna. Los británicos rechazan esa condición una y otra vez mientras el tiempo pasa. La única solución es, entonces, entablar una negociación racional con los británicos sobre muchos temas que preocupan a los dos países, sin resignar ningún derecho sobre la soberanía de las islas.

Luego, en algún momento, surgirá en las conversaciones el conflicto por las Malvinas. La estrategia de anteponer la soberanía de las islas a cualquier otra negociación ya fracasó con el gobierno de los Kirchner. Mientras tanto, los británicos no han hecho más que avanzar en su control del territorio y el mar de las Malvinas.

La política de Macri de reinsertar a su país en el mundo tendrá próximas etapas. En un solo mes, febrero, dos importantes jefes de gobierno europeos visitarán la Argentina. El contraste es evidente con el anterior gobierno, que había dejado de recibir visitas de dignatarios importantes desde hacía muchos años. Uno de ellos será el presidente de Francia, François Hollande, el jefe político de una nación que siempre tuvo gestos de solidaridad con la Argentina, sobre todo en el conflicto con los fondos buitre.

El gobierno francés se presentó como amigo del país ante los tribunales norteamericanos que decidían sobre la deuda con los holdouts. Hollande fue el único líder europeo que mantuvo las formas de una buena relación con Cristina Kirchner.

El otro será el primer ministro de Italia, Matteo Renzi, un miembro destacado de la nueva generación de políticos europeos. Renzi logró estabilizar la siempre volátil política italiana y está llevando a la práctica importantes reformas institucionales y económicas. Italia forma parte del corazón argentino y, sin embargo, pasó mucho tiempo sin que un líder de ese país viajara a la Argentina. Nunca antes había sucedido.

Vale la pena detenerse en un aspecto del viaje de Macri a Davos. Una versión indicó que el presidente argentino le había pedido al Papa una audiencia, antes o después de su estadía en Suiza, y que el Pontífice rechazó la solicitud con palabras amables. Si la versión fuera cierta, habría que concluir que existe entre Bergoglio y Macri un problema de considerable envergadura. El Papa es una persona que jamás rechaza la posibilidad de un diálogo, mucho menos con un jefe de Estado y, menos aún, con el jefe del Estado de su país. Basta recordar los esfuerzos personales y protocolares que debió hacer para no desairar a Cristina.

Pero esa versión no es cierta. Una fuente eclesiástica argentina, que mantiene estrecho vínculo personal con el Papa, señaló que desconocía qué había pasado, pero evaluó como "imposible" que la versión fuera cierta. En un reportaje a LA NACION, el arzobispo Marcelo Sánchez Sorondo, uno de los prelados argentinos con mayor influencia en el Vaticano, fue explícito e inconfundible: "Tampoco el Presidente ha pedido que [el Papa] lo reciba", dijo.

Con todo, fue el propio presidente argentino el que desmintió que le haya pedido una audiencia al Papa aprovechando su viaje a Suiza. "No era correcto mezclar las dos cosas, el viaje a Davos y una visita al Papa", aseguró.

Es decir, no quiere repetir la experiencia de Cristina que hacía del Vaticano una escala de todos sus viajes internacionales. "Viajaré a Roma sólo para verlo al Papa, cuando tenga algo para decirle, cuando necesite algún consejo o cuando sepa que él quiere decirme algo. No necesito sobreactuar mi relación con el Papa. Nos conocemos y nos respetamos desde hace mucho tiempo", contó Macri. Una relación de respeto y seriedad con el Vaticano es otra forma de volver al mundo.

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