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"Trudeaumanía": Canadá está de moda y deja de ser el vecino aburrido de EE.UU.

El estilo relajado y moderno del primer ministro renovó la imagen del país

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PARA LA NACION
Martes 26 de enero de 2016
Trudeau, durante una sesión de control en el Parlamento de Canadá, ayer en Ottawa
Trudeau, durante una sesión de control en el Parlamento de Canadá, ayer en Ottawa. Foto: Reuters / Chris Wattie
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NUEVA YORK.- No es un fenómeno nacido de la atmósfera bohemia de Montreal o de un giro en la carrera de estrellas de la música como Justin Bieber, que tiene más seguidores en Twitter que cualquier otra figura del mundo -ya sea Lady Gaga, el papa Francisco o Barack Obama-, o de actores como Rachel McAdams o Ryan Gosling en Hollywood. La renovada fascinación por el gigante del Norte se debe a una sola persona: su joven y carismático primer ministro, Justin Trudeau.

Después de una década de gobierno conservador, Trudeau llevó el año anterior al Partido Liberal de regreso al poder, cumpliendo con un presagio de Richard Nixon en una cena de Estado en Ottawa, en 1972, cuando brindó por el "futuro primer ministro de Canadá". Justin Trudeau tenía apenas unos meses de vida y el anfitrión de esa cena, su padre, Pierre Trudeau, había logrado ya acuñar un fanatismo con nombre propio: la "Trudeaumanía".

A los 44 años, Justin Trudeau no sólo ha puesto a los progresistas otra vez al mando de una de las naciones del G-8. También ha reavivado la "Trudeaumanía", y, en el ínterin, ha renovado la imagen de Canadá ante el mundo.

Trudeau ha cambiado el discurso político canadiense con un puñado de golpes de efecto. El primero fue su gabinete, un gabinete que "se parece a Canadá", tal como dijo cuando lo presentó. Es el primer gabinete de la historia en el que la mitad de sus integrantes son mujeres; dos miembros son aborígenes, dos son discapacitados y tres son sikhs. Trudeau reconoció violaciones de derechos humanos a pueblos indígenas y prometió trabajar hacia una reconciliación plena. Sacó a Canadá de la coalición militar contra Estado Islámico y puso la lucha contra el cambio climático entre las prioridades de su agenda (durante el gobierno conservador de su predecesor, Stephen Harper, Canadá se convirtió en sinónimo de "arenas de petróleo").

Unos días antes de la última Navidad, sin corbata y con su camisa arremangada, fue al aeropuerto a darle la bienvenida a un grupo de refugiados sirios, a quienes recibió como "residentes de Canadá".

"Están en casa", les dijo Trudeau ante los micrófonos. "Animo a todos los canadienses a darles una cálida bienvenida acorde con nuestros valores de compasión, bondad y generosidad", agregó.

En Davos, donde fue una de las estrellas del Foro Económico Mundial, Trudeau dejó su marca con su mensaje optimista y su estilo relajado. Insistió en que no ha habido mejor momento para mirar a Canadá, y vendió su propuesta económica: una economía arraigada en el conocimiento, más alejada de la explotación de los recursos naturales.

Jeff Roberts, periodista canadiense y becario de la Universidad de Columbia, describió el ascenso del joven líder progresista como una "muy esperada restauración", sobre todo por la elite canadiense, luego de una década de conservadurismo que es vista, por una parte del país, como un "secuestro" de la cultura política canadiense.

"La Trudeaumanía actual simboliza el retorno a una visión de izquierda de Canadá en la cual la tolerancia y el pacifismo son valores primordiales. Éste es el mito canadiense atesorado por muchos en el país, y por los progresistas en Estados Unidos y Europa", resumió a LA NACION Roberts.

El pasado errante de Trudeau -trabajó como instructor de snowboard, camarero, portero, orador y profesor de francés antes de seguir los pasos de su padre- ha alimentado el mito. También les ha dado letra a sus críticos, que además han puesto en duda su madurez para liderar Canadá y han advertido sobre el riesgo del retorno al desbarajuste fiscal que creó su padre en los 70.

Roberts se hizo eco de algunas de las críticas al joven líder, pero, a la vez, destacó la capacidad de su equipo. Si bien sus primeras medidas han sido, en sus palabras, "largamente simbólicas", han servido para restaurar la popularidad de Canadá y sumar "una voz de izquierda poderosa en los debates globales de política". "Canadá es cool de nuevo y eso es gracias a él", resumió.

Cherry Marshall, una residente de Montreal de 37 años, dijo a LA NACION en una conversación por correo electrónico que preferiría que el estrellato que vive Canadá en la escena global fuera por algo más que "un primer ministro cool", pero, con todo, dijo que prefiere esa atención a ser ignorados "como una nación del Norte aburrida". Trudeau, dijo, es la antítesis de Harper, un líder al que describió como frío e indiferente que quería empujar a Canadá a la derecha.

"Trudeau, en la imagen al menos, es lo contrario. Él se vende a sí mismo como alguien que es muy inclusivo, que se preocupa por todos los canadienses y quiere que Canadá sea reconocido como un país progresista de nuevo -dijo Marshall-. Creo que hace que los canadienses se sientan optimistas, y sí, también cool."

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