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La persistencia del policial

Domingo 31 de enero de 2016
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PARA LA NACION
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Entre las variadas y a veces pintorescas razones por las que un escritor decide utilizar un seudónimo, el desprestigio que en su momento implicaba volcarse a los géneros llamados "populares", por no decir a los géneros a secas, fue uno de los más frecuentes. Algo de ese espíritu peyorativo ha sobrevivido siempre en el modo en que se los sigue juzgando, y el caso más visible es el del género policial -por algo le gustaba tanto a Borges, el provocador-, más allá del absurdo de alteridad que han elegido en los últimos tiempos autores como John Banville o J. K. Rowling -con sus seudónimos Benjamin Black y Robert Galbraith-, prescindiendo de todo secreto y toda mística para construir a ese otro que se inclina por un género que supuestamente les resulta ajeno y acaso menor.

En el extremo opuesto, un escritor como Luis Gusmán edifica una obra contundente, siendo siempre el mismo, y sin embargo, convirtiéndose a cada rato en alguien distinto. Lo policial persiste, sólo que a veces se manifiesta y otras se esconde. El secreto de Gusmán está en el estilo, es decir, en el lenguaje y en el sonido; veinte años después de la publicación de Villa, para muchos el núcleo conceptual de su producción y sin duda uno de sus puntos más altos, la escritura de Gusmán posee la misma rugosidad, un ascetismo casi idéntico. Sin embargo, el paisaje es otro y a partir de ello el tono hasta cierto punto se modifica. Invirtiendo parcialmente los términos borgeanos, podría decirse que la historia no es la que determina el estilo, pero sí altera el modo en que la escritura resuena y produce sentido. Lo policial es, para Gusmán, apenas una modulación de la realidad. Y su escritura no hace otra cosa, una vez más, que tratar de traducirla.

Luis Gusmán
Luis Gusmán. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Uno de los aspectos más logrados de Hasta que te conocí es la incomodidad que provoca la eliminación de todo espacio de confort. Aunque los hechos lleguen al lector con claridad, la conexión entre ellos con frecuencia se torna difusa; lo mismo ocurre con las motivaciones de los personajes, que siempre deslizan -como mínimo- algún atisbo de contradicción. La perspectiva que Gusmán elige es la de un narrador distante, seco, de una omnisciencia contenida, como si nos estuviese advirtiendo que no confiáramos en nada ni en nadie. Aunque una de las características de la novela radica en su enorme cantidad de personajes fuertes, casi protagónicos, dos de ellos ocupan el centro de la historia: el inspector Bersani, por un lado, y por otro, un tal Walenski, un grandote que ha desempeñado diversos oficios y que desde hace años es encargado de un gimnasio. Un forzudo, al que todos conocen como "Pato", deja embarazada a una mujer y poco después es asesinado. Bersani y Walenski investigan su muerte, movidos por circunstancias sólo aparentes: Bersani, obligado por su oficio; Walenski, por una suerte de deuda moral. Pero ambos, en realidad, van detrás de algo más, algo que durante toda la novela tratan de desentrañar.

La elección del gimnasio como espacio neural de la trama -poco visitado en la literatura más allá de Aira, Fonseca y algún otro- es una decisión singular, que permite escenificar no sólo el culto de la fuerza y de la imagen, sino también una naturalización silenciosa de la violencia como código, como intercambio, y en función de ello crear un universo en el que todo se manifiesta demasiado frágil.

Dicha naturalización, sumada al oficio del autor de Tennessee y En el corazón de junio para cortar cada escena en el momento justo, impone al texto un fervor que nunca decae y que en cambio sí ramifica sus intereses. Al margen de la extrañeza que provocan los extensos bloques de diálogo sin interrupciones -cuyo timing resulta en ocasiones forzado, inverosímil-, Gusmán revisita con éxito ciertos tópicos del género, entre ellos el de las mujeres aún más duras que los hombres duros, pero encuentra resquicios para iluminar su propia mirada, posiblemente esta vez más melancólica o incluso escéptica que nunca. Una mirada que obliga a leer la realidad en clave policial, o mejor: una realidad que sólo se muestra inobjetable, sin ambigüedades, en el crimen o en la violencia.

HASTA QUE TE CONOCÍ

Luis Gusmán (Edhasa, 280 páginas, $ 285)

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