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Gay Talese: "Escribí lo que tenía que escribir; no me arrepiento de nada"

A punto de cumplir 84 años, el maestro indiscutido del Nuevo Periodismo y autor de perfiles clásicos cree que sus crónicas serían ahora imposibles y que vivimos en una era de narcisismo

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LA NACION
Domingo 31 de enero de 2016
Foto: LA NACION
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Puede parecer una ironía hablar por teléfono con el hombre que cree que sólo se puede escribir sobre aquello que se ve, que se conoce de primera mano. Pero para él, que consiguió siempre organizar con palabras una especie de cuadro viviente ante los ojos de sus lectores, la conversación es otro acto de ilusionismo. Hablar por teléfono con Gay Talese es casi lo mismo que hacerlo sentado frente a él, con chaleco y corbata, y un gin tonic en la mano.

Dentro de una semana, el 7 de febrero, cumplirá 84 años. Talese, que fijó para siempre las reglas del Nuevo Periodismo con sus perfiles y crónicas fulminantes, ya canónicas, sobre Frank Sinatra, Joe DiMaggio, su padre sastre o las diferentes tipologías de los gatos callejeros de Nueva York, el mismo que en el libro sobre la mafia Honrarás a tu padre dio la excusa para la serie Los Soprano, ese hombre mira ahora hacia atrás y habla de sí mismo.

Habla rapidísimo, sin parar, y tiene la virtud de verse a sí mismo como otro. Conversar con él es como si un aficionado de fin de semana jugara al tenis con un profesional ya rankeado. La comparación no es para nada casual. "Me gusta que diga eso -afirma sin vueltas-. Pero tengo que decirle que lamentablemente dejé de jugar al tenis. Tuve problemas de salud y decidí que lo mejor era ahorrar esa energía para escribir."

El tenis es una variedad del duelo acaso más civilizada que el box. Uno contra uno. Como el duelo sin palabras que Talese mantuvo con Sinatra y que registró en "Frank Sinatra está resfriado", esa crónica canónica que apareció primero en Retratos y encuentros (Alfaguara) y que ahora Taschen reeditó en inglés en un libro objeto con fotos del cantante.

¿Pero por qué, si Talese jugaba al tenis, y según parece jugaba bien, no escribió más frecuentemente sobre tenistas? "Escribía sobre tenis cuando era periodista en el Times, pero hace 20 años que no encuentro un jugador de tenis que me interese lo suficiente. Federer, por ejemplo, es una gran persona, pero no lo veo como el individuo apropiado para el tipo de trabajo que yo querría hacer. Juega todo el tiempo, tiene su mujer, sus hijos y un montón de gente alrededor. Me atraen los personajes más solitarios. Me encanta mirar partidos de tenis y tuve algunos amigos tenistas que eran de veras interesantes, pero últimamente el juego se volvió muy robótico."

-Muchos de sus textos, el más emblemático es el que le dedicó al boxeador Floyd Patterson, se ocupan de perdedores. ¿Qué conexión encuentra entre la condición del perdedor y la tragedia?

-Esa conexión existe, no hay duda. Porque lo más trágico para un perdedor es perder su trabajo. Cuando se es director técnico de fútbol, o boxeador o entrenador de béisbol y se pierde, se pierde el trabajo y se pierde todo lo que uno intentaba conquistar. Incluso el dinero. Lo raro es que uno pierde el trabajo porque pierde el juego, aun cuando no haya hecho las cosas mal. Ganar y perder están más cerca de lo que parece, caer de un lado o del otro depende de cosas minúsculas. Como en el tenis, uno puede perder un montón de partidos en tres sets cerrados. O en el fútbol: uno pierde 2 a 1, 3 a 1, 2 a 0, ¡Se pierde! La diferencia es un gol o un punto, pero se pierde. Usted mencionó a Floyd Patterson. La verdad es que a él yo lo veía más bien como un ganador. Lo llamaban perdedor, pero creo que dadas las circunstancias y el lugar de donde salió era más bien un ganador. No estaba ni siquiera preparado para combatir en la categoría de los pesos pesados. Lo hizo y fue campeón.

-¿Y usted cómo se siente? ¿Ganador o perdedor?

-Me siento ganador. No me hago reproches. Si pienso en mi vida, desde que empecé en el periodismo a los 21 años hasta ahora, que tengo 83, casi 84, si pienso en esos 60 años, no me arrepiento de nada. Escribí lo que tenía que escribir. No podría haber escrito mejor ninguna de las historias y crónicas que escribí, traté a cada personaje con el respeto que se merecía. No quiero decir con esto que llegara a la perfección o al colmo de la virtud sino que, aun siendo crítico conmigo mismo, si pudiera volver atrás no cambiaría nada, no haría nada diferente de como lo hice.

-Su crónica "Frank Sinatra está resfriado" fue convirtiéndose en una especie de clásico del Nuevo Periodismo. Me preguntaba hasta qué punto se reconoce todavía en esa escritura.

-La releí hace poco... Piense que la escribí hace mucho tiempo, en 1966, y ya estamos en 2016. Le diré solamente una cosa: ¿la escribiría ahora de otro modo? No, en absoluto. Hice lo que pude en las condiciones que me tocaron. Sinatra estaba resfriado, no le interesaba la entrevista y casi todo lo exasperaba. En 1996, fui a La Habana con Mohamed Ali a ver a Fidel Castro. Pasaron treinta años entre el texto sobre Sinatra y el texto sobre Ali y yo diría que los dos son básicamente el mismo texto. En un caso y en el otro no pude hablar con el protagonista. Ali estaba enfermo, no quería decirme una palabra y además yo no habría entendido nada de lo que me dijera. Si quiere que sea honesto, me parece que una crónica como la de Sinatra sería impublicable actualmente...

-¿Por qué está tan seguro?

-Por varias razones. Para empezar, no creo que ninguna revista estuviera dispuesta hoy a pagarme un viaje de 33 días, ¡33 días! Los Angeles, Las Vegas, aviones, hoteles, comidas, invitaciones a almorzar, a cenar, tragos. En esa época, en los años 60, era normal. Ya no. Todo para un texto de 16.000 palabras. Entonces cuando pienso ahora en el texto sobre Sinatra me doy cuenta de que es bueno, pero no necesariamente mejor que otros. Lo que pasa es que Sinatra no murió. Bueno, murió en cierto sentido, pero no en el artístico. Su música suena en las radios, los ascensores, los aeropuertos. El hombre vive en la atmósfera, en los oídos y esa es la razón por la que también mi texto sigue vivo. Mohamed Ali ya no pelea, ya no es una superstrella, pero todavía está ahí... Los dos textos son sobre grandes hombres aun cuando esos grandes hombres nunca me hablaron y yo pude sin embargo hablarle sobre ellos al lector. Tuve una conexión mental con los dos. Y los dos eran ganadores.

-Esos textos, igual que otros de los suyos, fueron escritos siguiendo un cierto método que usted mismo definió como the fine art of hanging out, el arte de dejar pasar el tiempo, de estar disponible. ¿En qué consiste esa disponibilidad?

-Es antes que nada la decisión de ver aquello sobre lo que se escribe. No se puede escribir sobre lo que no se ve. Por supuesto, uno puede entender cuando lee libros; puede, por ejemplo, conocer y entender la historia argentina. Pero hay que ir a la Argentina. No se puede escribir sobre la Argentina a menos que se viaje. Yo estuve ahí y fui al Teatro Colón y vi ese hermosísima sala, las butacas, los tapizados rojos, estuve detrás del escenario. Escuché a los cantantes y vi dirigir al enorme Daniel Barenboim. Yo podría describir todo eso. ¡No se puede googlear eso! ¡No se conocen las cosas así por Google! Por eso mismo pude escribir sobre Sinatra sin hablar con él, porque dediqué tiempo a observarlo. Estuve delante de él, detrás de él, lo vi en un casino de Las Vegas, desde distintos ángulos, entre otra gente, en el escenario con la banda. Es la percepción visual de un hombre en acción. El arte de pasar el tiempo consiste en la observación del movimiento, en los cambios de ánimo del hombre reflejados en el cuerpo.

-La ficción, y específicamente la novela, parecehaberle enseñado bastante. O, para decirlo de otra manera, usted parace haber ganado para el periodismo la fuerza de la ficción novelesca.

-Sí, aprendí muchísimo de la novela. Leí grandes novelas. Conocí también a García Márquez. Nos conocimos en La Habana en 1982 y volví a verlo en Roma, en 1989, donde tomamos café varias veces y charlamos. Él era periodista como yo y se pasó a la ficción e hizo su realismo mágico... Leí a García Márquez, leí a Hemingway, a Scott Fitzgerald, a Thomas Mann. Leí todo eso, pero nunca quise escribir ficción. Quiero usar las herramientas de la ficción para una forma no ficcional. No me interesa mentir, inventar, imaginar algo que no existe. Quiero ver a Frank Sinatra cuando le enciende un cigarrillo a una rubia en un bar en las primeras horas del amanecer. Es un golpe visual.

-Debe ser por eso que alguna vez dijo de sí mismo que era un retratista. ¿Cuál es la técnica para pintar retratos con palabras?

-Uso las palabras como el pintor usa la pintura. Las palabras son mi material. Picasso usaba pinturas, Ferrari, combustible, yo uso palabras. Y las palabras son poderosas. Pinto cuadros en la imaginación de los lectores y ellos se identifican con esas pinturas. Tienen las sensación física de una presencia, de haber estado ahí

-Pero para ver hay que aprender a ver. ¿Cuánto influye la curiosidad? ¿Uno puede entrenarse para ser curioso?

-La curiosidad reside en salir de sí mismo. Fíjese en lo que pasa actualmente en Argentina, Estados Unidos, Alemania o Japón: la gente se mira a sí misma. Es la era del absurdo. Todos miran las fotos que se sacaron a sí mismos. ¡Selfies, selfies, selfies! Hablan con sus smartphones, caminan mandando mensajes en los celulares. Nunca ven la imagen completa. Ven una imagen minúscula de ellos mismos. La curiosidad ocurre cuando uno mira alrededor, cuando despega los ojos dos minutos del celular. ¿Quién es esa gente? ¿Qué son esos edificios? ¡Basta de mirar para abajo! Es una época de narcisismo. Nadie quiere descubrir nada nuevo. Y a veces, cuando uno pierde el tiempo, descubre cosas que no sabía que quería conocer. Pero para eso hay que ser un explorador, un aventurero. Colón no quería conocer nada. Descubrió algo que pensó que era la India. ¡Dios mío! Pero Colón se movió y dejó pasar el tiempo, estuvo disponible... Descubrió un mundo nuevo y no sabía ni dónde estaba.

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