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El tiempo no para: fotos en red

Domingo 07 de febrero de 2016
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PARA LA NACION
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Instagram es a la fotografía lo que las flores artificiales son a la vegetación: una agradable falsedad óptica. Fotos y flores sin vida verdadera, pero bonitas. Ésa es una manera de ver a una de las mayores plataformas de fotografía de la historia de la humanidad (según estadísticas oficiales de la empresa, en Instagram hay más de 40.000 millones de fotos, cada día se suben en promedio 80 millones de imágenes y se ejecutan 3500 millones de "me gusta"). Otra es pensar que la fotografía evolucionó en Instagram hacia un uso completamente distinto, una especie de paseo visual o un tipo de conversación pública muda con personas que tratan de expresar algo impreciso de sí mismas mediante imágenes.

Mirar Instagram con las mismas categorías que Roland Barthes miró las fotos en el siglo XX es completamente inútil. Instagram es un flujo de fotos descontextualizadas que se observan como se hace con las hojas de los árboles, todas a las vez, no una por una. La tira infinita de imágenes de Instagram funciona de la misma manera que un ferrocarril que pasa frente a nosotros: la mirada puede seguir una ventanilla por unos segundos, pero el movimiento nos obliga a pasar a la fuerza a la siguiente ventanilla, hasta que los ojos rebotan en los bordes. En Instagram no hay ninguna foto significativa (aunque la haya), porque no son las fotos lo interesante, lo interesantes es Instagram.

Varias veces al día, en un momento de espera o de aburrimiento, abro Instagram y hago que mi pulgar izquierdo pase las fotografías. La aplicación es genial. Emula la física de los objetos. Si golpeo con fuerza con mi dedo en la pantalla, las fotos pasan a gran velocidad, hasta que poco a poco se van deteniendo por la matemática de la fricción digital. A las fotos que me interesan les dedico diez segundos. Pero la mayoría no me interesa, son manchas de colores pasando hacia arriba, "Momentos Instagram", nubes, atardeceres, cosas con reflejos, agua, objetos lindos, soles, comida.

Últimamente tengo cada vez más interés en las fotos efímeras de Snapchat, la aplicación de envío de fotos y videos que borra su contenido luego de que el destinatario lo ve. Para una mentalidad del siglo XX la destrucción es la mayor transgresión posible para la fotografía. Pero en Snapchat una foto es sólo un mensaje que se expone como máximo de uno a diez segundos y después desaparece para siempre. En un mundo donde la privacidad es fácilmente violada, Snapchat redefine el rol de las imágenes pero también el de las relaciones entre personas, donde la confianza en la discreción y la lealtad del silencio son indispensables. Con su mecánica, Snapchat refuerza la idea de que es de chusmas e indiscretos difundir lo que fue expresado en privado. Por eso, cuando un destinatario trata de guardar en su teléfono una fotografía que recibió haciendo una captura de pantalla, Snapchat dispara un mensaje automático de alerta al emisor, todo en mayúsculas, haciéndole saber que el destinatario realizó una captura. Dice: "SCREENSHOT!" (foto de pantalla). "Screenshot" es el nuevo nombre para los chusmas, los bocones y los desleales.

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