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Viaje al Champaquí con Gustavo Reyes en un camp de entrenamiento

Natacha Diz, una corredora amateur de Germania en la provincia de Buenos Aires, viajó a Córdoba para realizar dos jornadas de entrenamiento junto a uno de los mejores exponente del trail argentino

Miércoles 17 de febrero de 2016 • 01:09
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Respirar como pez fuera del agua, la cabeza estallando, las piernas pesadas y sensación de borrachera. Así empezó mi ascenso al Champaquí. Nada más lejos de lo planificado para ese fin de semana.

En el mes de octubre vi en la página de Mountain Race que se organizaba un camp+carrera a cargo de Gustavo Reyes en el cerro Champaquí y Negro. No dudé ni un segundo y me inscribí. Me encanta correr trail, pero tengo un problema: vivo en el llano y, claro, no es fácil adaptar un entrenamiento a lo que va a ser la experiencia de correr en la montaña. Por eso, sumar conocimiento es muy importante y si viene de la mano de Gustavo Reyes, Tania Díaz Slater y Rodrigo Peiretti no debía dejar pasar la oportunidad.

Todo el grupo integrado para sumar los conocimientos de Gustavo Reyes
Todo el grupo integrado para sumar los conocimientos de Gustavo Reyes.

Llego el día y ahí estaba con mi ansiedad y nervios típicos antes de correr, aunque esta vez sabía que iba a aprender, a disfrutar y, sobre todo, a compartir un fin de semana con un grupo de 40 personas que aman lo mismo que yo: correr en la montaña.

El ascenso empezó en el puesto Tres Arboles, donde nos conocimos todos y emprendimos la caminata de unos 11km hasta el puesto San Expedito, en la misma base del cerro Champaquí. Paisajes que por más que los conozcas o digas que los recordás, siempre te movilizan, nos recibieron y acompañaron durante esas 3 horas en las que cruzamos ríos, saltamos piedras mientras conversábamos y nos conocíamos un poco. Porque la montaña tiene ese espacio único e irrepetible de permitir mostrarte tal cual sos, casi sin coraza ni prejuicios. Sos vos y la naturaleza, sos vos y tu esencia. Sos vos y quien está a tu lado. Mucho más porque no se trataba de un carrera. Entonces, a nadie, ¡eso espero!, le importaba ir adelante o atrás. A todos nos unía lo mismo: disfrutar de una experiencia transformadora y duradera en la vida. Ya en el puesto, nos esperaba una merienda de mate cocido y pan casero con digno sabor a gloria. Después de reponer un poco de enero, después al río a escuchar a Gustavo dar tips y responder nuestras dudas. La cena fue temprano y las charlas entretenidas, al otro día nos esperaba correr y estaba un poco ansiosa. Quizá ahí empecé a fallar con lo planeado, comí poco y tenia dolor de cabeza.

A las 8 desayunamos, a las 10:30 Rodrigo nos dio una charla técnica muy precisa y entretenida, nos advertía sobre la altura y la dureza de la carrera, así también como la falta de mucho marcado para que aprendamos a orientarnos, todo indicaba que esta no era una carrera mas .

Largué como acostumbro, fuerte, sin acordarme de las palabras de Gustavo y Rodrigo. No habían pasado 3km cuando me di cuenta que algo no iba bien, no podía respirar, las piernas no respondían, no podía manejar mi cuerpo. Empecé a vomitar y cuando llegué al puesto de control, al borde del llanto dije que abandonaba, había vomitado 3 veces y me sentía muy mareada. El chico del control avisa por radio lo que pasa y escucho a Rodrigo decir que me tire un rato, tome algo y arranque otra vez. Llegué a la cima y a los dos minutos llegó Gustavo, me motivó a seguir bajando con el y completar los 15 km, y así lo hice, acompañada de Celina, otra corredora, que me dio frutos secos. Fue el descenso mas lindo que hice, aunque el motor era el orgullo, el combustible era la bronca por no poder dar lo mejor. La llegada fue una mezcla de resignación por no poder seguir mezclada con la culpa por no hacer las cosas bien. Esa sensación se fue diluyendo a medida que hablaba con Tania, Gustavo y los demás corredores.

Natacha Diz, en un pasaje del Camp
Natacha Diz, en un pasaje del Camp.

La cena fue un espectacular cordero serrano y las mas divertidas anécdotas de la carrera, un grupo de gente hermosa y un poco loca como yo. Me sentí mejor cuando Gustavo anunció que a las 6 había entrenamiento por la montaña. "A indiar", como dice Tania. ¡Quería sacarme las ganas de correr por la montaña!

Temprano, con las primeras luces del día salimos corriendo sin marcas, sin camino, por sensaciones, divirtiéndonos, porque, al fin y al cabo, eso es lo que tiene correr por la montaña, la posibilidad de volver a sentirnos como chicos.

Fue un fin de semana rodeada de gente maravillosa, con una naturaleza totalmente generosa que nos dejó disfrutar por un rato de sus paisajes. Porque ella, la naturaleza, es la verdadera dueña y nosotros somos huéspedes ocasionales. Queda la enseñanza, de subir despacio pero con paso firme y bajar fuerte con la vista en el objetivo, escuchando al cuerpo y respetando la naturaleza. Una metófora de la vida misma. Nos vemos en la próxima. ¡Seguro!

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