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La dimensión moral de un prisionero

Lunes 29 de mayo de 2000

Los diarios se equivocan, y es así, simplemente, por la sencilla razón de que están escritos por hombres. Publican con mayor o menor frecuencia errores informativos y de apreciación, que enmiendan según la importancia acordada a cada traspié y al sentido de responsabilidad profesional con el cual actúan en su relación con los lectores. Es un capítulo definido por normas, estilos y tradiciones de conducción editorial.

Otras veces -afortunadamente, las más- la relectura de viejas piezas periodísticas no suscita en el alma de un diario sino la convicción de que debería volver a ser escrito exactamente como lo había sido en su momento. Eso no obsta para que gentes con diferentes criterios o compromisos ante la vida puedan pretender que un diario se rectifique de opiniones sobre las cuales él siente que nada debe corregir respecto de lo que en el pasado afirmó sobre instituciones o personas.

Ilustra, sobre tal tipo de observaciones, la reproducción de un fragmento de la desaparecida columna de opinión de La Nación "La semana política", publicada en la edición del domingo 20 de octubre de 1974. Ese fragmento está referido al robo del féretro de Aramburu, que la banda terrorista Montoneros, que lo había asesinado en 1970, acababa de perpetrar en el cementerio de la Recoleta.

En el periódico "La causa peronista", los Montoneros habían hecho poco antes, por añadidura, un relato pormenorizado del secuestro, "juzgamiento" y "ejecución" del ex presidente provisional de la Nación. El artículo con la reconstrucción por los propios actores del crimen con el cual se abrió formalmente un largo período de violencia en la Argentina corresponde a la edición de "La causa peronista", del 3 de septiembre de 1974.

Con prescindencia de la jerga utilizada por los asesinos para intentar teñir de legalidad ese hecho horrendo, La Nación opinó de la manera siguiente: "... el grupo que secuestró a Aramburu actuó con la certeza de que tenía en su poder a un hombre capaz de influir en el curso de los acontecimientos más profundos de la vida del país. Al parecer, al tenerlo cautivo y oír sus serenas razones para avanzar hacia la conciliación entre todos los argentinos, los secuestradores resolvieron quitarle la vida como un modo de aceptar que la dimensión moral del prisionero hacía insostenible y ridícula la tarea de sus captores. Los que narraron el asesinato pretendieron ser cínicos al describir los detalles, pero, como envueltos en una fuerza admirativa más rigurosa que el deseo de mostrarse desdeñosos, no pudieron ocultar su impresión ante las actitudes de una víctima que los juzgaba desde la altura de su entereza. Tenían ante ellos a un hombre sobradamente maduro que, con las manos atadas, antes de dar él mismo la orden para que el matador apretase el gatillo, le indicó al asesino que le atara los cordones de los zapatos. Era una manera de poner las cosas en su lugar y a los protagonistas en su respectivo nivel. Todo esto lo han contado los mismos que, arrastrados por un impulso irresistible, acaban de apoderarse del ataúd en un acto que concluye por aproximarse a la necrofilia y a la devoción patológica más que a una venganza saturada por el vaho de los sepulcros".

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Esa escena con el condenado pidiendo a quienes van a disparar mortalmente contra su cuerpo que se ocupen del aliño de zapatos que no tendrán más uso que en el acto de morir en apenas unos instantes, era por sí misma suficientemente abarcadora del perfil moral del teniente general Aramburu. Pero, en verdad, el ex presidente había requerido algo más: la visita de un sacerdote, que hubiera clemencia con su familia y que le alcanzaran elementos para afeitarse.

Eugenio Aramburu, su único hijo varón, recuerda haber escuchado más de una vez de su padre la voluntad de presentarse lo más decorosamente posible ante el Creador cuando le llegara la hora de la muerte.

La confesión hecha públicamente por los Montoneros confirmó que Aramburu había logrado ese propósito en la trágica hora final. Menos conocido por todos es que El Vasco nunca consiguió visitar España a pesar de la intensidad de su anhelo por hacerlo.

Se negó a pisar tierra española mientras rigiera la dictadura, que detestaba, del generalísimo Francisco Franco. Quienes sí cultivaban, desde sus orígenes hasta el fin de la Guerra Civil Española, la amistad con tamaña dictadura eran algunos de los fascistas vernáculos que habían inspirado al grupo originario de Montoneros, precisamente el que operó en el secuestro y asesinato del teniente general Aramburu.

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En un viaje que realizó a Europa, después de haber sido presidente, todo lo que Aramburu pudo lograr fue reunirse con sus parientes del país vasco en San Juan de Luz, en territorio francés, próximo a la frontera franco-española.

La Francia de la libertad, la fraternidad y la igualdad era tan apropiada para la figura democrática de Aramburu como la España de Franco lo fue para acoger al dictador que en 1955 recorrió sucesivos capítulos del exilio y desde allí estimuló a esas "formaciones especiales" que, después de haber contribuido a su retorno y acceso al poder, recibieron de su parte, el 1º de mayo de 1974, en la Plaza de Mayo de los grandes actos del peronismo, el puntapié histórico en el lugar innombrable por ensoberbecidas e "imberbes".

Así trató a las "formaciones especiales" como Montoneros, desde el balcón que sería de Madonna en los noventa, el general-presidente que ya veía asomarse la muerte entre los arrumacos de su mujer, Isabelita, y del poderoso ministro-mayordomo José López Rega. La Argentina, entretanto, se hundía aceleradamente en uno de sus períodos más siniestros.

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