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Guillermo Folguera: "Decir que la ciencia tiene que resolver todos los problemas es pernicioso"

Discurso. Biólogo y licenciado en Filosofía, alerta sobre el lugar asignado socialmente a la ciencia y señala a la propia comunidad científica, que "ha evitado las críticas internas" y mantiene su saber ajeno a la sociedad

Domingo 14 de febrero de 2016
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LA NACION
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Guillermo Folguera es lo que se considera un caso híbrido en el ámbito académico. Licenciado en Biología, licenciado en Filosofía y también doctor en Ciencias biológicas (en todos los casos en la UBA), su mirada amplia, dotada de recursos provenientes de las ciencias exactas y las humanidades, lo convierten en un analista doblemente valioso para examinar con otra perspectiva temas de agenda urgente: la autoridad del discurso científico para dar forma a nuestra percepción de problemas, soluciones y temores, como hoy sucede con enfermedades como el dengue y el zika.

Guillermo Folguera
Guillermo Folguera. Foto: LA NACION / Daniel Jayo

Profesor de Historia de la ciencia, integrante del Grupo de Reflexión Rural y director en la UBA del grupo de investigación de Filosofía de la Biología -una disciplina bastante reciente-, que depende tanto de la Facultad de Filosofía como de la de Ciencias Exactas, Folguera alerta sobre "la emergencia o el ocultamiento" como los extremos en que percibimos algunas enfermedades y es crítico del lugar social de la ciencia como "solucionadora de problemas", en lo que responsabiliza, en parte, a la propia comunidad científica: "Nuestras instituciones han sido muy pobres en mirar críticamente el tipo de discurso que enhebramos", dice.

¿Cómo es nuestro vínculo social con las enfermedades, ahora que han entrado en escena el dengue y el zika?

Parece que sólo conociéramos dos estados de situación: la emergencia o el ocultamiento. El dengue o el zika no son problemas epidemiológicos recientes pero sólo cobran visibilidad a partir de un estado de emergencia. Además uno empieza a no discutir las cuestiones estructurales involucradas que les subyacen, como los problemas sociales o ambientales, y pasa a discutir formas de generar parches que no van a la resolución del problema. Por ejemplo, en Rondonia, una zona empobrecida de Brasil, los casos de dengue han aumentado a partir de la generación de energía hidroeléctrica. Fijate cómo algo que tiene que ver con la calidad de vida de determinadas comunidades y con las condiciones ambientales, no sólo no es puesto en relieve, sino que cae abatido por determinados intereses gubernamentales y/o empresariales. Cuando se quiere discutir seriamente cómo erradicar el problema del dengue, ya ese escenario no tiene vuelta atrás, en tanto que los posibles resolutores que van surgiendo para resolver el conflicto son meramente negocios empresariales, como la generación de mosquitos transgénicos y un montón de cuestiones que no van al meollo de la cuestión.

Hay quienes creen que la entrada en escena de estas enfermedades parece contradecir cierta idea que se tiene de que, gracias a los avances científicos, nunca se estuvo mejor. ¿Le pedimos demasiado a la ciencia?

Primero, por una deformación personal y profesional, me preguntaría en qué sentido estamos mejor. Esto no significa añorar o hacer sobreactuaciones sobre épocas pasadas, pero ¿en qué sentido vivimos mejor?

Algunos colegas tuyos podrían responderte, por ejemplo, que tenemos más chances de vivir más tiempo.

Pero ¿será eso vivir mejor? Puede ser. yo creo que es una cosa que tendríamos que discutir. Creo que así como se puede poner al aumento de la expectativa de vida como un elemento positivo podemos encontrar indicadores igualmente negativos. Repito, con esto no estoy glorificando épocas pasadas, tampoco me parece la idea. Pero sí me parece un tema a discutir. Pero volviendo a tu pregunta, yo creo que hay algo de eso. Se le da a la ciencia características que no tiene. Se plantea la idea de una ciencia que debe resolver todos nuestros problemas. Esto es un problema muy serio porque hay veces en que la resolución de los problemas no necesariamente se tiene que dar a partir de saberes científicos o tecnológicos. Un ejemplo muy claro, vinculado con el tema del dengue: ¿el mosquito se cría en superficies acuáticas de baja extensión? Bueno, hay que evitar los tachitos en las casas, la basura metálica abandonada, hay que evitar los cementerios de autos, etc. Y para hacer esto no necesito del saber científico. Y esa prepotencia del saber científico también la vemos con el tema tecnológico. Cuando en los noventa y hasta el día de hoy se habla del problema de la superpoblación y de cómo resolver el hambre, la salida que se le dio en muchos países fue de tipo tecnológica con la generación de los transgénicos. ¿El transgénico es la mejor forma de resolver ese tipo de conflicto? Hoy vemos que no. Que la estrategia fracasó o está fracasando. Hay cultivos por fuera del cultivo tecnologizado, hay control epidemiológico por fuera de lo que diga algún especialista. Hay otros tipos de saberes que tenemos que aprender a incorporar dentro de nuestro propio mundo.

¿Cómo responde la comunidad científica a esta exigencia aparentemente social de tener que resolver todos los problemas?

Las ciencias, tal como las conocemos, son disciplinas muy nuevas. Estamos hablando de que son construcciones de la Modernidad, o sea que no tienen cuatro siglos. En el siglo 20 se dan una serie de movimientos muy importantes pos revoluciones industriales, donde ese saber científico acumulado hasta entonces se empieza a acoplar con el saber técnico o tecnológico. Entonces aparece en la mitad del siglo 20 la llamada tecnociencia. Y eso le da una nueva vuelta de tuerca. A ese saber científico preponderante se le acopla una idea de solución tecnocrática de los problemas. Una lógica prágmática en donde lo que se busca es el éxito en la acción y en la resolución de problemas. Y donde surge un doble movimiento que es muy pernicioso que es que todos los problemas los puede resolver la ciencia o la tecnociencia. Se habla del calentamiento global y parece que la resolución tiene que ser el propio saber científico; se habla del hambre y la resolución tiene que ser el saber científico; se habla del control de determinados problemas como el caso de los mosquitos y la resolución tiene que ser tecnocientífica. Lo otro que surge, que acá tengo una crítica muy fuerte a mis colegas, es una cuestión corporativa muy marcada que me ha impresionado mucho en las últimas décadas. Se han cerrado filas y se han evitado las críticas internas. Nuestras instituciones han sido muy pobres en mirar críticamente el tipo de discurso que enhebrábamos y enhebramos. Y se ha privilegiado el silencio y la complicidad por sobre la discusión interna en lugar de aprovechar y de hacer de la discusión interna una práctica habitual. Y en este sentido es en donde quizás tenemos que discutir la frase de una pensadora española, Prado Diezma, cuando dice que las universidades se han convertido más bien en centros de adoctrinamiento y no en centros de pensamiento crítico. Y lo digo pese a que soy profesor de una universidad pública, me he formado siempre en instituciones públicas y creo que hay que discutir y hay que defender a las instituciones públicas. Pero tenemos que dar una vuelta de tuerca para que esas instituciones públicas no defiendan a grupos corporativos sino que defiendan realmente el bienestar social y ambiental.

¿En qué lugar queda la ética dentro de este panorama que describís?

Es un punto clave y me da la sensación de que no lo suficientemente discutido. Etica es una palabra muy polisémica. La que uso en mi vida cotidiana, como investigador y como docente es una visión bastante aceptada de la ética como una reflexión crítica de mis prácticas y mis valores. De mi moral. Un mirarse a si mismo críticamente. En este sentido la ética aparece como algo propio de cualquier práctica humana. ¿Qué relación ha tenido la ética con la ciencia? Dentro del proceso de la Modernidad lo que uno ve es que hay una escisión de los dos campos. Se empieza a separar qué significa hablar de verdades y qué significa hablar de bondades. Esa escisión, cuando uno entra a la historia más reciente, no solo se profundiza a partir de ideas como objetividad. Se equipara al científico o a la función del científico con un espejo que tiene que reflejar la realidad de manera ascéptica, y donde entonces la reflexión ética aparece como invasiva porque la función del científico no es preguntarse si está bien o está mal lo que hace, la función del científico es reflejar la realidad. Hay una vuelta de tuerca que es muy reciente y es muy importante, que tampoco siento que se discute lo suficiente que es cuando surge un tipo de bioética.

¿A qué te referís?

Se le da la asignación de la reflexión ética de la que hablábamos antes a un conjunto de personas, de profesionales con lo cual al científico se lo exime. El científico sigue sin tener esa dimensión ética y ahora lo que hace es preguntarle a ese conjunto de especialistas si está bien o está mal lo que hace. Acá quiero ser claro también. Hay bioética de otro orden. Pero hay un tipo de bioética que sigue reproduciendo la idea de ciencia neutral y la idea de que la ética tiene que estar en manos de un conjunto de especialistas que le tiene que decir al científico qué está bien y qué está mal. Nuevamente seguimos reproduciendo la generación de parches. Como tengo que resolver temas de emergencia, genero esta comunidad de súper especialistas que mira los parches y no ha ido a lo que me parece que es el desafío actual que es cómo restituyo un tipo de saber que pueda dialogar con un tipo de pregunta acerca del bienestar social y ambiental en lugar de reproducir fragmentaciones. Esta idea de lo fragmentado en el doble sentido: fragmentado el saber hacia adentro -porque tengo fragmentado el saber biológico con el geológico con el epidemiológico con el antropológico, etc- y fragmentado también lo bueno con la idea de verdad.

Por un lado le exigimos mucho a la ciencia pero, a la vez, está presente en muchos de los miedos contemporáneos. ¿Por qué?

Sin lugar a dudas debe jugar un poco el hecho de que la ciencia sigue siendo lo otro. Sigue siendo algo ajeno a lo social. Algo ajeno a la sociedad misma. El sujeto social no tiene conocimiento de lo que la ciencia hace y no por ignorancia propia sino porque el especialista habla para que no se le entienda. El discurso del científico está preparado para que no se entienda.

¿Deliberadamente preparado?

Bueno, tiene que ver con la súper-especialización, con un proceso histórico, pero además tiene que ver con instituciones cerradas que no han hecho mayores esfuerzos para comunicar y ponerse en consideración respecto del resto de la sociedad. Es cierto que uno maneja una jerga y una terminología constantemente con pares, que uno pone esto en discusión en artículos científicos y no está mal la terminología, pero lo cierto es que no ensayamos otras formas de comunicación con otros sectores sociales. Si uno se pone en un lugar de superioridad con respecto al resto de la sociedad, no tiene que escuchar ni tampoco va a aceptar ser evaluado por otros.

Pero volviendo a tu pregunta original, la ciencia y la tecnociencia son algo demasiado importante como para dejárselas sólo a los científicos. Con esto no estoy diciendo que los científicos sean dañinos per se, para nada. Lo que estoy diciendo es que no se pueden generar estas instancias autorreguladas y dejarlas sólo en supuestos especialistas que además no han hecho esfuerzos -al igual que el resto de nosotros no lo ha hecho- para poner en discusión con el resto de la sociedad nuestro propio plan de acción. Vuelvo al ejemplo del dengue: ¿se pone en discusión el posible daño que puede ocasionar el control del dengue liberando mosquitos transgénicos frente a otras posibles soluciones? Esto de la ciencia como generadora de todas las soluciones o también como generadora de temores tiene que ser discutida seriamente. No sólo en la comunidad científica hacia adentro -tanto de naturales como de humanidades- sino también por el resto de la sociedad.

¿Qué relevancia se le da al saber científico desde el ámbito de las políticas públicas?

Mi sensación es que el modelo es una especie de copa derramada. Se construye en el imaginario que la comunidad científica y tecnocientífica habla y eso automáticamente va a caer en mano de los decisores -los decisores son tanto aquellos que generan nuestras leyes como aquellos que las ejecutan como aquellos que las aplican en pequeñas escalas- y que eso va a generar un tipo de bienestar. ¿Cuánto de eso se concreta de hecho? Es un punto interesante para discutir que, posiblemente, dependa del ámbito. Hay áreas que claramente no son incluidas como las humanidades, que han tenido poco lugar en el ámbito de las políticas públicas. Esto no tiene que ver únicamente con una exclusión que se dio desde el lugar de los decisores, a veces tiene que ver con autoexclusión. Autoexclusión de los propios académicos que han considerado que no era parte de su lugar. Pero en otros casos han tenido lugar muy relevante. El lugar por el cual Argentina se ha consolidado como un estado productor de transgénicos en los últimos 20 años demuestra que ha sido política de Estado. Gobiernos de signo político tan diferente como el de Menem, el de De la Rúa, el de Duhalde y los tres gobiernos del kirchnerismo y este de Macri todos han fomentado de manera creciente la política de los transgénicos. Con lo cual uno diría: "bueno, no es cierto que la ciencia y la tecnología son excluidas de las decisiones de política pública". A veces son incluidas y de manera muy vehemente.

¿Cómo sería deseable que sea?

Tiene que haber una inversión y no una idea de copa derramada sino que lo que tiene que ponerse en un lugar prioritario es qué problemáticas sociales y/o ambientales tenemos. Y, en todo caso, cómo la ciencia puede contribuir a esos problemas públicos. Tenemos por ejemplo, el problema de la contaminación ¿cómo resuelvo ese problema? ¿A qué campo del saber convoco? Posiblemente tenga que convocar a diferentes tipos de científicos y también a representantes de saberes que no son científicos, tipos de saberes que nos pueden ayudar a luchar contra la contaminación porque no es algo que ha inventado la ciencia. Esto significa poner en primer lugar y en un lugar prioritario la discusión de qué ambiente queremos.

Pese a todo esto, se afirma que muchos de los factores que hoy ponen en jaque al planeta son antropogénicos. ¿Qué relevancia social le damos a lo que dice la ciencia a la hora de cuidarnos y cuidar el ambiente que nos rodea?

Si bien muchos de los problemas que estamos viviendo son antropogénicos y aun aceptando que toda especie biológica genera una modificación del ambiente, también hay cuestiones históricas. El daño que le estamos ocasionando al medio ambiente no sólo tiene que ver con nosotros en tanto especie sino que también tiene que ver en tanto lógica social y lógica productiva. La lógica productiva que ha imperado es extractivista. Y tiene que ver con la idea de separarnos del ambiente por un lado, el ambiente no es algo nuestro, no somos el ambiente, lo cual es una lógica sorprendente. Pensar que lo que le pasa al ambiente no nos pasa a nosotros habla de una escisión muy nociva. Pero además está la idea de que el ambiente es algo que se usa. No se vive, se usa. Esta idea extractivista de que la naturaleza está para extraerle cosas que después se venden y no importan las consecuencias las podés ver en un montón de cosas que nos pasan. Megaminería, glifosato, hasta el tema de las forestaciones en Corrientes, o todo lo que se plantea con nuestra plataforma marina. Fijate que te mencioné cosas muy diferentes pero que todas muestran y reproducen las mismas cuestiones: nosotros separados del ambiente, nosotros usando el ambiente, y usándolo y no viviéndolo con un cortoplacismo muy difícil de sostener. Y de nuevo con esta lógica de la emergencia. Cuando uno lo discute en un montón de ámbitos lo que escucha, inclusive de sectores que uno puede llamar preocupados por el bienestar social, es "bueno, pero tenemos que paliar el hambre, es una forma de obtener hoy recursos". Y es algo sorprendente. Llevalo a tu vida privada: la idea de resolver un problema generando otro es algo muy difícil, muy doloroso, evidentemente conlleva una falta de empatía total con otros sectores. Es el vivir el daño como una especie de catástrofe natural, entonces se inunda parte de Argentina y lo vemos como si tuviéramos las siete plagas de Egipto cuando en el fondo hay causas, causas ambientales, simplemente que no las estamos viendo, las estamos disociando.

¿Qué rol le cabe a la comunidad científica dentro de esta lógica que estás describiendo?

Si uno evita poner la carreta por delante del caballo y empieza a preguntarse qué problema social o ambiental tenemos y entonces convocamos a los actores, el saber científico y los aportes tecnológicos no van a hacer en este escenario puntos de partida sino que van a ser puntos de llegada. Yo creo que parte del problema que estamos viendo en la actualidad es que además la ciencia y la tecnociencia se han vuelto un buen modo de hacer negocios. Si son un buen modo de hacer negocios uno las quiere poner como punto de partida y no como punto de llegada. Cuando uno ve el tema del mosquito transgénico, intuye que ahí no está la resolución del problema.

En los últimos años, la ciencia logró despegarse de cierta mala fama: se decía que era aburrida, difícil y poco atractiva. A caballo de diferentes mecanismos de comunicación eso cambió. ¿Qué desafíos encarna para la ciencia construir puentes con la sociedad?

Efectivamente en los últimos años se le ha dado un lugar más importante y creo que es algo positivo. Ahora bien: de nuevo siento que nos debemos algunas discusiones a nivel social. Por ejemplo, ¿para qué comunicamos los saberes científicos al resto de la sociedad? ¿Estamos buscando divertir? ¿Estamos buscando maravillar con lo que somos? -a veces siento con una parte de la comunicación de la ciencia que se lleva a ese plano- ¿o estamos buscando también darle a las comunidades herramientas para que puedan dialogar con esos saberes o con esas prácticas científicas? Yo creo que es todo eso a la vez. No me parece mal que la ciencia sea una herramienta lúdica, para mí lo ha sido todos estos años, me divierte lo que hago. Lo mismo en el caso de la educación, yo creo que tiene que estar lo lúdico pero me parece que es algo demasiado importante como para que se quede ahí la cosa. Yo creo que parte del desafío es que tienen que ser herramientas. Tanto la parte de comunicación social de la ciencia como la parte educativa para que las comunidades puedan lidiar con eso. Y entonces nos permite quitarle al especialista parte de ese hermetismo. Y poder darle un lugar de diálogo con otros sectores sociales. Sentimos que la elaboración del artículo científico es la cosa más difícil del mundo. Y te puedo decir que en mi caso personal el texto que más me ha costado hacer es un libro que escribí junto a Paula Bombara para Eudeba sobre teoría de la evolución para chicos. ¿Cómo le comunico a un chico la teoría evolutiva y para qué se la tengo que enseñar?

Justamente, hablando de Darwin, en una encuesta reciente en Gran Bretaña El origen de las especies fue elegido como el libro más influyente de la historia. ¿Qué tiene para decirnos ese libro en el siglo XXI?

Primero es interesante preguntarse por qué apareció ese libro. Yo no sé si fue tan leído como votado. Un libro difícil, áspero, árido. Es interesante ver qué pasa en el imaginario social que lo ubica como un libro prioritario. Sin lugar a dudas creo que en el momento en el que fue generado, en la segunda mitad del siglo 19, se ubica como un quiebre en la historia del pensamiento. Ensayando una respuesta, creo que primero tiene que ver con una restitución del hombre, de sacarlo de un lugar prioritario y embeberlo en el resto de las especies. Y eso es algo muy doloroso para nuestro ego. A veces se lo compara con el llamado giro copernicano, con el haber sacado a la tierra del centro y haber puesto al sol. Hay algo de análogo respecto a eso. Y es muy doloroso aceptar que nuestro lugar no es muy diferente al de un gorrión, al de un helecho o una bacteria. En el mismo sentido de lo anterior, una de las cosas que uno deriva de El origen de las especies es el lugar del fin del plan divino y aparición de la contingencia. La contingencia como algo que puede ser de otro modo y descubrir que no sólo estamos en el mismo lugar que un gorrión, un helecho o una bacteria sino que pudimos haber sido de otro modo, que podemos ser de otro modo. Después hay motivos históricos que lo ubican como un libro emblemático. El libro, una vez que es publicado, después de cierta fascinación inicial, cae en una época oscura. A comienzos del siglo 20 se lo restituye como un libro fundamental y en la década del 20 y del 30, junto con todos los aportes que dio Mendel, dan origen a la biología. Hoy la biología, en el imaginario colectivo, está ubicada como una ciencia fundamental y posiblemente mucho de eso esté ubicado con lo que hizo Darwin en ese momento. Creo igual que se parcializa mucho la historia y le otorgamos características. sin quitarle mérito a Darwin, del cual soy un ferviente admirador pese a muchas de las cosas que representó por ser un referente de la Inglaterra victoriana. Uno lee cosas en contra de la mujer, en contra de los pueblos originarios pero dentro de la historia del pensamiento es una cita obligada maravillosa. Quizás también el ubicar a Darwin en un lugar preponderante lo que nos está diciendo es que esa forma de pensarnos ha cambiado. No sólo estamos dentro del mundo, somos parte del mundo y, volviendo a la parte inicial, quizás parte del desafío sea ver cómo nos relacionamos con el mundo de otra manera pensando en nuestros hijos, en nuestros pares, y también pensando en nosotros mismos.

Biografía

Guillermo Folguera tiene 38 años. Casado y padre de dos hijas, se formó en la UBA tanto como licenciado en Filosofía como licenciado y doctor en Ciencias Biológicas. Es también investigador adjunto del Conicet, profesor adjunto en Historia de la Ciencia y dirige el grupo de investigación de Filosofía de la Biología.

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