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Placeres infinitos que trae la fiebre de la lectura

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Domingo 14 de febrero de 2016
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Camina con paso ligero, los ojos sobre el libro que lleva en la mano derecha, sin levantar siquiera la vista cuando debe sortear lo que se interpuso ante él, ajeno al mundo que lo rodea y abstraído en un silencio íntimo mientras lee, como si el universo entero hubiese desaparecido. Lee a toda hora, pero sobre todo lee en cualquier parte. Lee en movimiento. Desde hace años compartimos la redacción, y no recuerdo haberlo visto haciendo otra cosa que leer, salvo cuando escribe sobre libros.

Lo recordé esta mañana cuando evoqué mi breve estadía en el delicioso Viejo Hotel Ostende, donde pasé unos días de vacaciones junto a mi familia. Es un lugar de un encanto singular, territorio de artistas y escritores, pero sobre todo de lectores. Los hay por todas partes: en la pileta rodeada de una vegetación exuberante, en los sillones del lobby, en el pequeño bar o en dos saloncitos que permanecen en una semipenumbra y adonde los pasajeros suelen ir a leer. Leen los adultos y leen los niños, a veces los libros que traen con ellos y otras los que extraen de la pequeña biblioteca reservada para los huéspedes, que aunque incluye unos pocos best sellers abunda en autores muy atractivos, algunos de ellos argentinos y visitantes frecuentes del lugar. Los libros -y los escritores- tienen allí un hogar, tocado con el aura que le da un hecho histórico: allí se hospedó Antoine de Saint-Exupéry, y los más optimistas creen que acaso pudo haber escrito en el cuarto donde dormía algunos pasajes de El principito.

Con esos dos recuerdos fui esta mañana hasta mi biblioteca a buscar ese libro excepcional que es Una historia de la lectura, de Alberto Manguel. Creí recordar que había en ese volumen un apartado dedicado a los lugares donde leen quienes padecen la fiebre de la lectura.

Manguel no me decepcionó. Un capítulo dedicado a las lecturas privadas incluye una suerte de mapa con los territorios donde distintas personalidades de la historia y la literatura han elegido leer. Quizá el dato más curioso que recoge el autor sea la predilección que sentía Marcel Proust por leer allí donde leemos casi todos, con todos los contratiempos que ese placer algo vergonzante puede traer a la vida familiar: en el baño. De un modo algo inesperado, me entero de que el autor de En busca del tiempo perdido ha develado que el baño es su espacio preferido, porque en ese lugar reservado a la más estricta privacidad suceden en su vida "las ocupaciones que requieren una soledad sacrosanta: lectura, ensoñaciones, lágrimas y placer sensual".

Nunca tuve un lugar especial de lectura, aunque cuando tenía veinte años solía leer en bares casi todas las mañanas. Sentía, sí, un gusto particular por leer en el tren, y no fueron pocas las veces en que llevado por las alucinaciones de la historia en la que me había metido olvidé descender en la estación en que debía y llegué hasta el fin del recorrido. El error tenía su compensación: el largo viaje que me aguardaba hasta llegar a casa me permitía seguir leyendo en el vaivén siempre acogedor del vagón. Con su traqueteo uniforme -con su ritmo-, el tren nos envuelve y abriga hasta brindarnos una rara sensación de confort e intimidad.

Manguel reconoce que acostarse con un libro en la cama siempre le ha proporcionado una sensación de intimidad. "La frase «llevarse un libro a la cama» -escribe- siempre me ha parecido cargada de promesas sensuales." Lo dice aún con más precisión: "Por producirse entre las sábanas, en el reinado de la lascivia y de la pereza pecaminosa, participa de la emoción de las cosas prohibidas".

En Una historia de la lectura, el autor cuenta que el canónigo agustino Tomás de Kempis escribió esta idea en el siglo XV: "He buscado la felicidad en todas partes. Pero no la he encontrado en ningún sitio sino en un rincón y en compañía de un pequeño libro". Es el bienestar que produce la lectura en la intimidad -la soledad, tal vez-, un territorio liberado de las amenazas del mundo y donde podemos soñar otras vidas y ser partícipes de ellas, un poco como le sucede a la arrobada espectadora de cine en La rosa púrpura de El Cairo, el film de Woody Allen, que después de ver una y otra vez la misma historia y, enamorada del galán aventurero, decide traspasar la pantalla para vivir un apasionado romance. Así leemos, donde sea, enamorados de esa vaga ilusión.

Twitter: @VictorGhitta

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché:

A Winter's Night Live From Durham Cathedral, Sting; From the Cradle, Eric Clapton; Sinfonías Nº 2 y 3, Johannes Brahms, Chicago Symphony Orchestra, Georg Solti

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