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La escuela y sus logros indiscutibles

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PARA LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2016
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Si se trata de encontrar una educación innovadora, ¿tenemos que dejar de mandar a nuestros hijos a la escuela? ¿Hay chances de una educación disruptiva dentro de ese espacio rutinario que en su versión moderna ya tiene unos dos siglos? ¿Escuela e innovación son términos irreconciliables? Mi opinión es que no, al menos hasta el momento. Hay varias cosas para decir en ese sentido.

Primero, es cierto, algunos datos parecen confirmar el pesimismo: abandono escolar, niveles bajos de aprendizaje, poca creatividad.

Pero hay otra perspectiva: las deudas que le reprochamos a la escuela hoy son el fruto de las expectativas generadas por sus logros incuestionables por siglos.

En ese sentido, la escuela es uno de los dispositivo tecnológicos más exitosos de la historia, la aplicación más efectiva creada hasta el momento para cumplir con demandas educativas de la sociedad a lo largo del tiempo: consolidar creencias, distribuir saberes entre millones de chicos, desarrollar capacidades cognitivas, formar ciudadanos, socializar cuerpos, acostumbrar a los chicos a las rutinas de concentración y encierro laboral que les demandará la vida adulta, reducir en algo las brechas sociales, por ejemplo.

Hay una idea linda del sociólogo de la educación Francois Dubet y es ésta: pensar un sistema escolar como un sistema operativo de computadora que estructura el modo en que funciona la educación. Por ejemplo: el principio de autoridad, con maestros que saben más que los alumnos, como un punto central del sistema operativo que organizó la educación hasta hace unas décadas. El problema es que, de alguna manera, ese software ha dejado de funcionar.

Esta idea tiene consecuencias interesantes: todo sistema operativo guarda la posibilidad de versiones que lo mejoren y aplicaciones con nuevos objetivos. La educación escolar como un proceso de crisis recurrente sobre el que la sociedad trabaja para descargar en ella actualizaciones.

Hoy queremos más para la educación de nuestros hijos, por ejemplo, que se conviertan en sujetos críticos, flexibles y creativos, no meramente disciplinados. Y lo llamativo es esto: las innovaciones en torno a la educación de chicos y adolescentes siguen centradas en las aulas. La escuela es el límite al pensamiento disruptivo en educación. Las experiencias que buscan dejarla atrás todavía tienen escaso impacto.

Creo que la escuela es como la democracia: no es un software social perfecto, pero es perfectible, sus crisis aseguran su mejora y continuidad, y hasta el momento, es lo mejor con lo que contamos para educar y formar a millones en todo el mundo.

No siempre va a ser así. El optimismo innovador tiene límites: todo dispositivo tecnológico se encuentra un día con su final.

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