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La fuerza de la fe y las miserias humanas

PARA LA NACION
Jueves 18 de febrero de 2016
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Como ocurre en los trópicos, el clima de la historia de las relaciones entre religión y política en México ha estado lleno de claroscuros, a menudo extremados en verdaderos contrastes. Si se la recorre, puede advertirse que los mexicanos parecen haber heredado de los españoles esa suerte de clericalismo que los lleva a ir siempre tras los curas, con una vela... o con un palo.

Entre las referencias a la corrupción, a la pobreza y a otros temas emblemáticos de la predicación de Francisco durante su visita a ese país de contrastes, pocos advirtieron que mencionó también el clericalismo. Al hacerlo, seguramente tuvo en cuenta que este clericalismo suele generar un correlativo anticlericalismo, cuya matriz ideológica es el laicismo.

En un recorrido histórico por la historia del país, ese espíritu anticlerical tan característico de la política mexicana estuvo más de una vez inspirado no tanto en un verdadero odio a lo religioso como en el deseo de superar una visión medieval que era poco respetuosa de la autonomía de la política.

Sin embargo, hay que reconocer que el laicismo de hecho tendía a imponer una concepción de la vida social en la que esa misma dimensión religiosa quedaba confinada a la intimidad de la subjetividad, sin que se admitiera ninguna expresión social de la fe. Frecuentemente la actitud laicista derivó también en un odio fratricida, que llegó a su clímax en la Guerra de los Cristeros (1926-1929).

Fue el cuadro vivo de una verdadera esquizofrenia, porque la religiosidad del pueblo mexicano continuaría floreciendo como nunca, mientras rechazaba la laicización forzada. Los frutos de esta tensión se resolvieron de una manera muy violenta y fueron sangrientos y dolorosos. Pero no han dejado una estela de odio como aconteció en otros escenarios.

Fue recién en la última década del siglo XX cuando se produjo un cambio de la situación, impulsado por el presidente Carlos Salinas de Gortari. La visita del papa Juan Pablo II pudo mostrar todavía la pervivencia de esos contrastes, pero a partir de ella se abre un nuevo estadio histórico; 1992 señala el comienzo de una normalización de las relaciones con la Santa Sede.

Al mismo tiempo es también contrastante comprobar cómo junto a ese proceso se produce una secularización, no del Estado como en el laicismo sino de la sociedad civil, y con ella, el ingreso en un nuevo estadio caracterizado por la finalización de la homogeneidad religiosa y de su influjo en las instituciones. Numerosas iglesias evangélicas (también otras no específicamente cristianas como los mormones) irrumpen en escena mientras se suscita un renacimiento de las creencias de los pueblos originarios, a menudo marcadas por un sincretismo con las formas cristianas.

La mayoría del pueblo mexicano profesa una religiosidad popular de este estilo que Francisco procura impregnar de valores evangélicos como la misericordia y el perdón. Pero también reclamó que la fuerza de la fe se haga sentir a la hora de denunciar las miserias humanas que afrentan la dignidad.

El Papa regresa a Roma, pero sabe que el olor de multitud no es suficiente, porque es en cada corazón donde se decide el destino de cada uno y de toda la sociedad.

Ante este panorama, una de las mayores debilidades de la Iglesia consiste en la ausencia de propuestas culturales en las que el espíritu evangélico sea superador y capaz de volver a dar un nuevo sentido más humano y más integral, en el teatro de las ofertas del supermercado religioso de la posmodernidad.

El autor es profesor de la Universidad Austral

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