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Alberto Lóizaga: "Las actitudes de una persona ayudan mucho más que los remedios"

Esta semana, entrevistamos al autor de Meditar, aquietá tu mente en la cultura de la velocidad, de editorial Grijalbo, libro que el médico clínico escribió junto con su hijo, Ignacio, tras viajar juntos a Oriente, India y Nepal para investigar sobre las distintas técnicas

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LA NACION
Jueves 18 de febrero de 2016 • 19:40
Los autores: el músico Ignacio Lózaga y su padre, Alberto, médico clínico
Los autores: el músico Ignacio Lózaga y su padre, Alberto, médico clínico.
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La advertencia se dispara en el capítulo uno: "Esto no es un libro, lo que tenés en tus manos es un curso. Es una experiencia transformadora que mejora notablemente tu calidad de vida a través de técnicas específicas", escriben Alberto e Ignacio Lóizaga, padre e hijo y autores de Meditar, aquietá tu mente en la cultura de la velocidad.

Con instrucciones precisas, con recomendaciones de cómo, cuándo y por qué, los autores -médico clínico y músico, respectivamente- confiesan que el principal objetivo es el de "enseñar" a meditar. Un libro que pretende ser un manual, con instrucciones precisas y concretas. "No sólo se trata de leer, sino también de practicar", insiste Lóizaga padre, también creador del centro porteño Actitudes que sanan, una organización sin fines de lucro fundada en Estados Unidos por Gerald Jampolsky.

-¿Por qué una persona debería incluir la meditación en su rutina diaria?

-La meditación es una experiencia donde el ser humano vive y siente paz interior, que surge de su propia conciencia libre de pensamiento. Habitualmente, en nuestra rutina cuidamos nuestro cuerpo, nos peinamos, nos maquillamos y, sin embargo, no cuidamos nuestra mente. La conciencia humana se distingue claramente de lo que son los pensamientos y el intelecto, y la meditación es la manera donde uno observa su pensamiento y puede elegir con cuál quedarse. Muchas preocupaciones, incluso ajenas, nos invaden todo el tiempo. El ser humano crea un ego que es adicto a preocuparse sobre su pasado, que pesa como una mochila, o sobre un futuro incierto. Entonces, poder crear un momento de reflexión, de introspección es tan saludable como un baño diario. Sucede que en nuestra rutina es muy difícil encontrar el momento para meditar porque ese "ego" se defiende y no acepta que el ser humano pueda verse y distinguirse de su propio ego. El espacio de la meditación es un espacio continuo. Es el ahora. Cualquier persona puede sentir la vida desde adentro hacia fuera o sólo ver la superficie de los hechos que siempre es engañosa. Cuando meditamos, nos damos cuenta que tenemos todas las herramientas necesarias para tener ese sentimiento de plenitud. Si no lo hacemos como una rutina, nunca llegará ese momento. Digo rutina como un camino, porque en esta cultura de la velocidad, aquietar la mente es crear un espacio para reflexionar sobre cómo vivir, eligiendo lo que crea paz en lugar de conflicto.

-Como académico y médico clínico, ¿cuándo fue el momento en que consideró a la meditación como una herramienta para ayudar a sus pacientes?

-En 1973, como jefe de residentes en el hospital de Clínicas dirigía un centro de nefrología, y tuve una paciente de diecinueve años, embarazada, que padecía una enfermedad que nos costó mucho diagnosticar, denominada porfiria intermitente aguda, también conocida como la enfermedad de los vampiros ya que el sol y la luz producen una reacción tóxica en la piel, que a su vez genera insuficiencia renal. Fue una de las primeras pacientes a las que le enseñé a meditar y que, rápidamente, se conectó con una consciencia luminosa, la única que calmaba la angustia que le generaba saber que cada día se agravaba su enfermedad y no iba a poder dar a luz a su hija. Sin embargo, ella logró tener experiencias con su bebe que me impulsaron a mí a tener esta motivación de acompañar a jóvenes con enfermedades terminales, lo que a su vez nos llevó a trabajar en un proyecto científico de reconocimiento internacional. Centrarnos en la muerte no como un fracaso sino como una culminación más de la vida, porque en nuestra existencia tenemos muchas culminaciones y, paradójicamente, la primera es nacer. Meditar, además, es una excelente herramienta para todos los pacientes con enfermedades psicosomáticas como la colitis, la acidez, la gastritis, la bronquitis asmática. La enfermedad es sinónimo de cerrar, el meditar abre.

-¿Pueden las actitudes de una persona ayudar igual que los remedios?

-Yo creo que ayudan mucho más que los remedios. Cualquier enfermedad es una señal de la necesidad de cambio. Las actitudes que sanan son aquellas que permiten perder los miedos y sentir paz consigo mismo y con los demás. En mi anterior libro Actitudes que sanan, hablo precisamente de la actitud como la relación que uno tiene consigo mismo, y las actitudes que enferman son las crean miedo, condenas, juicios. Entonces, la medicación es necesaria cuando la meditación falla.

-¿Cuál es la relación entre la meditación y la biología de las emociones?

-Las emociones obstaculizan o favorecen el desarrollo de compasión, benevolencia, amabilidad, generan una apertura frente al amor, y las emociones conflictivas que pueden ser celos, ira, envidia, rechazo, odio -y que biológicamente nos afectan- encuentran con la meditación un canal de apertura. El biólogo Bruce Lipton fue quien descubrió que la célula humana es una respuesta a una energía trascendente, es decir que no vivimos como autómatas conectados solamente a un corazón hasta que deja de latir sino que estamos recibiendo en la membrana celular, en términos biológicos, toda la información necesaria para el desarrollo. En la meditación se abre un canal receptivo que sostiene, que mejora y que sana. Qué mejor entonces que conectarse a través de la meditación con una actitud receptiva que nos permite apreciarnos a nosotros mismos desde otro cuerpo, un cuerpo akásico, un cuerpo de luz y sonido que vibra durante la meditación.

-¿Si meditar ayuda a liberar el sufrimiento de la mente, también puede servir para liberarlo del cuerpo?

-La idea es que el cuerpo acompañe permanentemente la conciencia del ser humano. El cuerpo va por un lado, y toda persona que lea el libro o medite se dará cuenta que aunque el cuerpo cuando envejece -ve menos, oye menos, tiene menos memoria- hay una identidad trascendente que se mantiene igual. Es lo que yo constato con la persona joven que está por morir y dice: "Cómo mi cuerpo ha cambiado tanto y, sin embargo, yo me siento igual cuando me miro en el espejo". El cuerpo es lo más grosero de nosotros mismos, lo que registramos con los sentidos. Pero hay un momento en el que salimos del cuerpo con una conciencia clara y expandida. Tenemos un cuerpo y una mente pero somos energía de luz, y con la meditación uno puede distinguirse del cuerpo para ayudarlo, visualizar una parte enferma y ayudar a sanarla.

-¿Cuál es la trilogía básica para una buena meditación?

-Uno: encontrar un espacio donde no reaccionar. No someterse a los estímulos cambiantes del espacio exterior. Dos: la quietud. Los inquietos no pueden tener paz, y la intención es distinta a la existencia. No sólo hay que existir sino insistir, repetir el mantra, practicar una y otra vez. Meditar para soltar el pensamiento, para estar bien con nosotros mismos más allá de todo, para saber cómo dejar de sufrir, entre otras afirmaciones que se mencionan en el libro.

-Si dejamos de sufrir, ¿no corremos el riesgo de vivir anestesiados?

-No, justamente lo contrario. Cuando le preguntamos a una persona cómo se siente suele recurrir a respuestas pensadas. La meditación es lo que no pasa, lo que se sostiene en sí mismo. Requiere una sensibilidad, un volver a vivir conectados con el sentimiento básico que es el amor. Usamos la palabra amor con ligereza en lugar de pensar que es una fuente creativa, luminosa y que, constantemente, recibimos y somos receptores en forma permanente. Para apreciar esa vivencia uno tiene que estar sensible.

-¿Cómo defiende a la meditación de los incrédulos?

-Me encantan los incrédulos. Y lo mejor que puedo decirles es que conocer la propia esencia nos hace mucho más felices.

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