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Flaubert: confesiones y papeles de trabajo

Cuadernos, apuntes y reflexiones. Un libro que reúne textos poco conocidos del escritor francés fue publicado en España

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PARA LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2016
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"Hay que desconfiar de todo lo que se asemeja a la inspiración", decía Gustave Flaubert. "Hay que leer, meditar mucho y escribir lo menos posible, hasta dar con las palabras precisas, adecuadas." Siempre en busca de palabras justas, Flaubert llevó a lo largo de su vida muchos cuadernos de apuntes. En general, se servía de libretas de piel de topo donde volcaba ideas para sus tramas y personajes, aforismos, apuntes de lectura y reflexiones sobre el arte, la actualidad o la historia. Los estudiosos creen que se han perdido unos cinco cuadernos. Pero han sobrevivido diecisiete, legados a la Biblioteca Histórica de París por su sobrina Caroline y hasta hace poco inéditos en castellano.

A los cuadernos de trabajo deben sumarse dos libretas de juventud, las notas preparatorias para el segundo volumen de Bouvard y Pécuchet (última novela, que dejó casi acabada en su primer volumen) o el reciente hallazgo de unos textos impensados: los entretelones de un baile que Napoleón III brindó en honor del zar de Rusia en 1867, la biografía humorística de un religioso ficticio apellidado Cruchard, la narración del entierro de Alfred Le Poittevin, en 1848. En ese último texto, cosa sorprendente para un autor al que siempre se vinculó con la invisibilidad autoral, aparecen plasmados con crudeza sentimientos íntimos.

Flaubert tenía 16 años en 1838, cuando escribió el más antiguo de los cuadernos: "Agonías", dedicado justamente a Le Poittevin, su gran confidente en tiempos de adolescencia. Asombra la madurez de algunas de sus reflexiones.

Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour.

Año a año, los apuntes permiten apreciar el material bruto de un escritor investigador que no desdeñaba la imaginación, pero también reflejan cómo fue apartándose Flaubert de los excesos de énfasis o de presencia autoral del romanticismo hasta proponer, en contrapartida, un estética de la distancia determinante para la generación siguiente, desde Maupassant hasta Émile Zola, para quien Flaubert condensaba lo mejor del análisis exacto de Balzac y del brillante estilo de Victor Hugo.

Tras la muerte de Flaubert, en 1880, los cuadernos se dieron a conocer en forma paulatina. En las Obras completas (1964) que dirigió Maurice Nadeau se incluyeron varios pasajes, pero fue Pierre-Marc de Biasi quien concluyó en 1988 su colosal edición de los Carnets de travail: un millar de páginas con un notable aparato crítico.

Allí aparecen los muchos proyectos que Flaubert no llegó a plasmar: desde un improbable relato oriental (Harel-Bey) hasta un libro basado en la batalla de las Termópilas, en el siglo V antes de Cristo. Sin hablar de los bocetos para obras teatrales, actividad en la que Flaubert buscaba oxígeno económico y un público más vasto, pero obtuvo, en el mejor de los casos, indiferencia; tanto es así que fue uno de los miembros más famosos del "grupo de autores silbados" que completaban Turgueniev, Daudet o Edmond de Goncourt: narradores de prestigio, pero de sonados fracasos como dramaturgos.

Agonías (19)

fragmentos

Pensamientos escépticos, dedicados a mi querido amigo Aldred Le Poittevin

A mi amigo Alfred Le Poittevin, estas pobres páginas dedicadas por el autor. Extrañas como sus pensamientos, incorrectas como el alma, son la expresión de su corazón y de su mente. Tú las viste nacer, querido Alfred, y aquí las tienes reunidas en un montón de papel. Que el viento disperse las hojas, que la memoria las olvide; este travieso regalo hará que rememores nuestras charlas del año pasado.

Tu corazón se inflamará, sin dudas, al evocar el suave perfume de juventud que envolvía a estos pensamientos desesperados. Y si no logras leer los caracteres que trazó mi mano, conoces bien el corazón del que han brotado.

Aquí te envío estas palabras como un suspiro, como el gesto que hacemos con la mano a un amigo que esperamos volver a ver.

Acaso rías, más tarde, cuando seas un hombre casado, ordenado y moral, al ojear nuevamente las ideas de un pobre niño de dieciséis años que te amaba por encima de todas las cosas y que tenía ya el alma atormentada con muchas estupideces.

Gve. Flaubert

20 de abril de 1838

Agonías

Menudo título, ¿verdad? Viendo este conjunto de letras, insignificante y banal, nadie diría que encierra pensamientos serios.

¡Agonías!

-¿Se trata, supongo, de una novela aciaga y repugnante?

-No, se equivoca, es un inmenso resumen de una vida moral muy aciaga y muy repugnante. Algo vago, irresoluto, con mucho de pesadilla, de risa desdeñosa, de llanto y de larga ensoñación de poeta. ¿Poeta? ¿Puedo darle este nombre a quien blasfema fríamente con sarcasmo cruel e irónico y que, cuando habla del alma, se echa a reír? No, eso no llega a ser poesía, eso es prosa; no llega a ser prosa, son gritos; pero así como hay gritos falsos, agudos, penetrantes, sordos, también los hay verdaderos y raramente felices. Es una obra curiosa y difícil de definir, como esas máscaras grotescas que causan miedo.

Pronto hará un año que el autor escribió la primera página. Desde entonces, la penosa tarea fue varias veces interrumpida y varias veces reiniciada. El autor ha escrito estas líneas en días de dudas, en momentos de tedio o incluso en noches febriles, pero asimismo en medio de un baile, bajo los laureles de un jardín o sobre unas piedras junto al mar.

Cada vez que moría algo en su alma, cada vez que se quedaba pasmado por cierta razón, cada vez que una ilusión se evaporaba o se desmoronaba como un mero castillo de naipes, cada vez que algo penoso y agitado afectaba a su exterior, calma y tranquilamente, en esos casos, soltaba al fin unos gritos y derramaba unas escasas lágrimas.

Todo lo ha escrito sin pretensiones de estilo, sin ambiciones de gloria, como el que llora sin afectación, como el que sufre sin arte.

Nunca escribió con el objetivo de publicar; puso demasiada verdad y demasiada buena fe en su fe por la nada. Escribió para enseñárselo, a lo sumo, a una o a dos personas que le estrecharían la mano y, en vez de decirle "está bien", le dirían "es verdad".

Si por azar una mano desdichada descubriera estas páginas, que se abstenga de tocarlas, pues queman y desecan las manos al primer contacto. Pues estropean los ojos de quienes leen y liquidan el alma del que comprende.

En suma, si alguien descubre esto, que se abstenga de leer. Y si, aun así, cierto infortunio lo empujase a leer, que no venga a decir después "ésta es la obra de un insensato, de un loco". Que diga, en cambio, "ha sufrido, aunque su frente está calma, aunque la sonrisa se dibuja en sus labios y la dicha en sus ojos". Y que agradezca mucho a este semejante por no haber muerto desesperado antes de escribir, por haber reunido al fin, en unas pocas páginas, un vasto abismo de escepticismo y desilusión.

Viernes 20 de abril de 1838

I

Aquí retomo, pues, este trabajo empezado hace dos años, un trabajo triste y lento, como un símbolo de la vida: la tristeza y la lentitud. ¿Por qué razón lo he interrumpido tanto tiempo? ¿Por qué me disgusta hacerlo?

II

¿Por qué me aburre todo en esta tierra? ¿Por qué el día, la noche, la lluvia, el buen tiempo, todo me parece siempre un triste crepúsculo donde un sol rojo se pone tras un océano sin límites? ¡Ay, el pensamiento! Otro océano sin límites; es el diluvio de Ovidio, un mar sin límites donde la tempestad es la vida y la existencia.

III

A menudo me pregunto por qué vivo, qué he venido a hacer en este mundo, y no he encontrado más que un abismo a mis espaldas y un abismo delante de mí. A la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, en todas partes: tinieblas.

IV

La vida del hombre es como una maldición que ha brotado del pecho de un gigante, que ha de golpearse y quebrarse contra una y otra roca, sucumbiendo con cada vibración que resuena en el aire.

V

He oído hablar a menudo de la providencia y de la bondad celestial. No veo razones para creer en ellas. Un Dios que se divirtiese tentando a los seres humanos para ver hasta dónde son capaces de sufrir, ¿no sería tan cruel y estúpido como ese niño que, sabiendo que el abejorro ha de morir, le arranca primero las alas, luego las patas y después la cabeza?

VI

La vanidad, según creo yo, es lo que hay en el fondo de todas las acciones humanas. Siempre que he hablado, actuado o hecho algo en mi vida, al analizar más tarde mis palabras y mis actos, he hallado esa vieja locura anidada en mi corazón o en mi mente. Pese a que muchos hombres son como yo, pocos poseen la misma franqueza.

Esta última reflexión puede acaso ser verdadera, pero ha sido escrita por vanidad. La vanidad de no parecer vanidoso hará que, tal vez, la elimine. Hasta la gloria que persigo es, en el fondo, una mentira. ¡Menuda raza de imbéciles, la nuestra! Soy como un hombre que encuentra una mujer fea y se enamora de ella.

[...]

IX

Me aburro, quisiera reventar, estar muy borracho o ser Dios para gastar bromas.

Angustias

I

¿Para qué sirve algo así? ¿Para qué saber la verdad cuando es una cosa tan triste? ¿Para qué llorar en medio de las risas, para qué gemir en un banquete festivo, para qué arrojar el sudario de los muertos sobre el vestido de la novia?

El autor es escritor; editó y tradujo Cuadernos, apuntes y reflecciones

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