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Una obsesión que será legado

LA NACION
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Silvia Pisani
Viernes 19 de febrero de 2016
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Quien diga lo contrario miente. El anuncio del viaje de Barack Obama a Cuba y a la Argentina fue toda una sorpresa, aunque es cierto que hace rato que la Casa Blanca coqueteaba con la idea y que el propio presidente había manifestado su deseo de pisar La Habana antes de terminar su mandato.

Cuba -la normalización de relaciones tras medio siglo de hielo- fue, primero, una obsesión para el presidente. Después, y en la medida en que avanzaba en su gestión, se transformó en una posibilidad real. Y ahora, casi sobre el final del mandato, se consolida, sin duda, como el logro más importante en política exterior para la región.

Hace apenas un año, parecía inalcanzable. Ahora, está a la vuelta de la esquina, con una sucesión vertiginosa de escalones. El primero, el 14 de diciembre de 2014, cuando Raúl Castro y Obama anunciaron, de forma conjunta, el deshielo.

A partir de allí, llegaron, primero, las conversaciones por teléfono, luego, el primer apretón de manos y, finalmente, los primeros cara a cara entre ambos líderes. Ahora, será Obama directamente el que pise La Habana para coronar su objetivo.

Será histórico, pero no por eso exento de dudas. Entre todas, la que indaga sobre la conveniencia del momento elegido. Desde que Obama lanzó la idea de viajar, siempre se conjeturó que sería después de agotado el proceso electoral.

Esto es, después de las convenciones en que ambos partidos designan sus candidatos o, incluso -y en un extremo de cautela- después de la cita electoral de noviembre. Todo, para no afectar el proceso y evitar que el tema Cuba se meta en la campaña, tal como acaba de ocurrir.

¿Por qué se apura la Casa Blanca? Ayer se hablaba en Washington de cuatro razones. Primero, la necesidad de cambiar una política que no dio resultados; segundo, porque es un paso lógico en el proceso de acercamiento; tercero, porque a Washington le conviene "pisar el acelerador" en materia de negocios, y cuarto -y ésta es, tal vez, la más importante- porque el viaje de Obama puede influir o ser determinante, incluso, en la finalización del proceso de paz que el gobierno colombiano y las FARC llevan adelante en la isla.

Del otro lado de la balanza están los riesgos. Obama llegará a Cuba cuando el gobierno de los Castro no produjo cambios decisivos en materia de derechos humanos, lo que suena a poco menos que una concesión. Lo otro que también está pendiente es el levantamiento del embargo comercial, reclamado por la isla y fuera del alcance de la Casa Blanca, que para eso depende del Congreso.

Con sus razones para apurarse, por un lado, y con los riesgos a los que se expone, por el otro, la jugada está hecha y Obama dará vuelta la historia de medio siglo de hielo. Los datos dicen que será el segundo presidente norteamericano que visita la isla. El primero fue Calvin Coolidge, en 1928, en los albores de la llamada Sociedad de las Naciones

Pero la historia dice mucho más. Aquella gestión fue la de un Estados Unidos aislacionista. En los hechos, será Obama el primer presidente en ejercicio que llegue a la Cuba de hoy para un discurso en el que personalmente expondrá sobre los valores de "la democracia, la libertad de expresión y los derechos humanos". Eso es algo que, hasta ahora, los 11 millones de cubanos no han visto nunca, y de eso no se vuelve.

Es toda una novedad y es también aire fresco para Cuba, para Estados Unidos y para la región.

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