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Hacia una América latina democrática e integrada

Así como Europa logró consolidarse como bloque agrupándose en torno a la democracia y el pluralismo, el nuevo giro político de nuestra región podría renovar el impulso de la integración latinoamericana

PARA LA NACION
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Loris Zanatta
Viernes 19 de febrero de 2016
Foto: LA NACION
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Bolonia.- Nos guste o no, América latina y Europa se persiguen entre sí y se reflejan la una en la otra. Ha sido así durante siglos. Así será por mucho más tiempo. Tendrán que resignarse quienes en América latina rechazan las raíces europeas y aquellos que en Europa miran con desprecio las cosas de América latina. Sería útil escudriñarse atentamente: ayudaría a comprenderse, a comprender al otro y a comprenderse a sí mismos. Nuestra época lo demuestra una vez más, con tan sólo mirar la delicada relación entre democracia política e integración regional.

Los primeros pasos de la integración europea coincidieron con la difusión de la democracia política y con un modelo preciso: la democracia liberal. Así fue al principio en Europa occidental y se repitió después en Grecia y en la Península Ibérica, en el Este y en los Balcanes. No fue una coincidencia. Antes, el espacio europeo había sido atravesado por guerras atroces. Y había sido escenario de apocalípticos enfrentamientos entre conceptos incompatibles de democracia. Había democracias liberales en algunos países y una mayoría de regímenes que se hacían llamar democracias de otro tipo: la democracia totalitaria fascista, la democracia orgánica franquista, la democracia popular comunista. Tan profundas eran las diferencias entre estos modelos que pensar en la integración era absurdo.

Para lograr integrarse, Europa necesitaba encontrar valores compartidos y construir instituciones que resultaran legítimas para todos o para la gran la mayoría. La democracia liberal ha sido y es la respuesta. Por una sencilla razón: se basa en el principio de pluralidad y no, como los otros modelos, en una pretensión de unanimidad; pluralidad de poderes y pluralidad de ideologías o culturas. En otras palabras: la democracia liberal prometía garantizar la gobernabilidad respetando las minorías; no imponía identidades o ideologías excluyentes y les daba espacio y voz a todos, hasta el punto de que los principales líderes de las democracias liberales europeas no fueron liberales en sentido ideológico; al revés: provinieron en su mayoría de trincheras antiliberales, como el socialismo o la democracia cristiana. Los comunistas y los ex fascistas encontraron espacio, legitimidad y representación en las democracias liberales, mientras que ningún demócrata liberal tenía derechos de ciudadanía en las democracias unanimistas. Por esta razón, la democracia liberal es el sustrato ineludible de la integración europea: porque encarna el espacio político plural sin el cual nunca iba a nacer la Europa unida, ni podría consolidarse.

Tales consideraciones son útiles en la actualidad, cuando la democracia liberal sufre una grave crisis y muchos celebran su funeral. Un ejercicio en realidad poco original: ya la enterraron muchas veces y muchos de los que lo hicieron, terminaron arrepintiéndose. Pero lo que está claro es que la crisis de la democracia liberal se corresponde con la crisis de la integración europea. Lo cual no es sorprendente, dado el vínculo que las une. Las causas de la crisis de la una y la otra son complejas y numerosas, pero una cosa es preocuparse por la revitalización de ambas y otra cosa es darlas por muertas y cavarles la fosa.

Esto, sin embargo, es lo que desde algún tiempo están haciendo algunos regímenes que en Europa está de moda llamar "democracias iliberales", dignos herederos de las democracias unanimistas del pasado, a cuya familia no cabe duda de que pertenecen. Es lo que salta a la vista observando el gobierno polaco de Jaroslaw Kaczynski o el húngaro de Viktor Orbán, dentro de la Unión Europea, pero también el ruso de Vladimir Putin y el turco de Recep Tayyip Erdogan, fuera de la Unión Europea. No sorprende que algunos de esos regímenes surjan en países de escasa tradición liberal, deseosos de reafirmar un principio de identidad después de décadas de soberanía limitada. Y no importa que se hayan beneficiado enormemente de la integración: es el impuesto que Europa paga a su éxito, que ha sido tan grande como para atraer a aquellos que fueron excluidos.

¿Qué tipo de democracias son éstas? ¿Cómo funcionan? En extrema síntesis: en el origen hay una victoria electoral, como corresponde a una democracia. Pero no una victoria cualquiera. Para esos nuevos líderes y movimientos, el triunfo electoral tiene el valor de un mandato de regeneración nacional, de redención popular: son regímenes nacionales y populares. Como fundamento de su legitimidad no reconocen el pacto constitucional, sino algunos factores morales o culturales que según ellos encarnan la identidad eterna del pueblo y de la nación, y sobre la base de ellos dividen el campo político en amigos y enemigos. Una vez tomado el poder, no tardan en desmantelar el equilibrio constitucional entre los poderes, concentrándolos en sus manos: someten el Parlamento, politizan la justicia, presionan o intervienen los medios de comunicación independientes. ¿En nombre de quién? Del pueblo, por supuesto, de su pueblo, con exclusión de todos los demás: ellos son la nación; todos aquellos que se oponen son la antinación, vendepatrias penetrados por los valores occidentales. Ésta es la llamada "democracia iliberal", que de democracia tiene poco o nada, como poco o nada de democrático tenían las democracias unanimistas del pasado.

Huelga decir que, cualquiera que sea su causa, el crecimiento y la multiplicación de estos regímenes políticos socava las bases ideales y políticas de la Unión Europea mucho más que la crisis económica o la débil eficacia institucional. Ni hace falta observar que no se ven en el horizonte respuestas adecuadas por parte de las instituciones europeas. ¿Confían acaso en que la democracia liberal demostrará ser tan fuerte, paciente y flexible como para absorber el reto y reconducirlo a su espíritu pluralista? ¿O están tan ensimismadas que no se dan cuenta de que el retorno del principio unanimista amenaza con hacer pedazos el delicado y precioso juguete creado por los europeos después de la Segunda Guerra Mundial? Tal vez, el paso más inteligente y conveniente que Europa pueda dar en este momento sea una parcial marcha atrás; atrevida, pero nada ilógica: se trataría de proteger su núcleo ideal mediante la fijación de los criterios de una Europa a dos velocidades, que diferencie entre aquellos que comparten sus reglas y valores y aquellos que quieren disfrutar de los beneficios dando las espaldas a ambos. En caso contrario, el riesgo de implosión existe.

¿Y América latina? ¿Qué tiene que ver con todo esto? Tiene muchísimo que ver. Quienquiera que tenga un poco de familiaridad con los regímenes populistas tan frecuentes en la historia de América latina y aun hoy en día observará que democracia populista es el nombre que en América latina se acostumbra dar a la democracia iliberal; o que democracia iliberal es como en Europa muchos llaman ahora a la democracia populista. Las características son las mismas e idéntica es su naturaleza unanimista. No es aventurado señalar que, así como la integración europea está en peligro por el resurgimiento de la democracia iliberal, una de las principales razones por las cuales nunca pudo realizarse plenamente la integración de América latina ha sido la extraordinaria fuerza con que el populismo logró imponerse a lo largo de su historia como modelo alternativo a la democracia liberal. En definitiva, el principio unanimista de la democracia populista ha sido lo suficientemente fuerte para impedir que cristalizara un amplio consenso en torno al espíritu pluralista de la democracia liberal.

No ha sido suficiente, por lo tanto, que al menos en teoría América latina contara con factores mucho más favorables a la integración que los que tenía Europa: la lengua y la cultura en común, la paz entre los diferentes países. El impulso unanimista de los populismos siempre dividió a América latina entre identidades antinómicas y exigió obediencia ciega a su ideología, con lo que inhibió la creación de instituciones y valores compartidos. Así fue con el peronismo y sus ambiciones para impulsar la unión panlatina y así lo fue para sus herederos más directos, el castrismo y el chavismo, cuyos sueños de presentarse como campeones de la unidad de América latina se han estrellado contra las profundas fisuras ideológicas que ellos mismos han creado en la región. Pero si es así, las derrotas electorales padecidas por el populismo en la Argentina y Venezuela y los límites que en varios otros casos les imponen las instituciones de la democracia liberal abren camino a la esperanza de que para la integración latinoamericana se abra una temporada nueva de oportunidades favorables.

El autor es ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia

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