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Andate, Gallardo

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LA NACION
Sábado 20 de febrero de 2016
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"Ahí vienen los invictos." Nadie sabe con certeza quién patentó la ironía: unos la atribuyen al Maestro Tabárez, otros a Daniel Passarella, en sus épocas de entrenadores de Boca y River. Pero lo mismo da, porque los destinatarios formaban parte del mismo colectivo: eran periodistas.

Los invictos somos capaces de todo por una razón sencilla: no solemos pagar consecuencias graves. Un día exigimos la renuncia inmediata de Arruabarrena: "¡Cómo puede ser!", afectamos el tono en la tele a tal punto que un desprevenido podría creer que estamos hablando de un virus mortal que está acabando con la humanidad. "Ya no le transmite nada al grupo, Boca necesita un entrenador con otro temple", rematamos. "¿Ustedes vieron el gol que erró Tevez contra San Lorenzo, mano a mano con el arquero? Mmm? Es raro que un delantero de su categoría defina tan mal", agregamos suspicacia al fuego, sin que nos preocupe demasiado el tamaño del disparate.

Ahora bien, ahí va Boca y gana en San Juan, así que lo mejor es ajustar el discurso: "Los jugadores respaldaron al entrenador en la cancha", vomitamos las mismas gargantas que antes veíamos brujas en cada rincón del vestuario. Al corte y seguimos, no pasa nada. ¿Y Guede, el técnico de San Lorenzo? "Esto no es Palestino, señor, esto es el fútbol argentino, jugando así no dura ni tres partidos", le enrostramos desde arriba del caballo, después de dos amistosos de verano. La idea del técnico no cambia, sí los resultados; entonces hacemos una voltereta en el aire como los delfines de Mundo Marino: "Qué bien les sienta a estos jugadores la propuesta ofensiva de Guede, nada que ver con el estilo amarrete de Bauza".

No será en esta columna que se analizará banalmente lo que cientistas sociales estudian durante décadas y décadas: cuánto influyen las posturas de los medios de comunicación en la opinión pública; pero es difícil no detenerse en ello al escuchar en un bar que "si pierde contra Racing, Pellegrino tiene que irse", soltado a la pasada por un señor que moja con esmero su medialuna en el café con leche.

Las redes sociales nos sofisticaron, dotándonos de un arma que antes usábamos sin tanta frecuencia: la instantaneidad. Ahora no necesitamos una columna en un diario (como queda claro) ni un minutito de radio para decir nuestras verdades. Tiro que pega en el palo y sale, equivale a tuit: "Error grosero de Menganito, estaba solo". Tiro que pega en el palo y entra, dispara un nuevo tuit: "Qué clase de Menganito, cómo definió". Ciertos gurúes que dicen conocer las conductas de las audiencias profesan que la exageración vende más, posiciona mejor, atrae. Démosle para adelante, nomás. Porque los grises no llaman la atención, no dan rating. Hagamos el show, el fondo es lo de menos.

"Vos que sos periodista, decime la verdad, ¿estaba comprado el árbitro?", nos pinchan el ego en una reunión social, nos dan cuerda. Anchos, nos echamos para atrás, dejamos pasar los segundos necesarios para concitar mayor interés, movemos la cabeza en pose reflexiva y? nos largamos a dar cátedra aunque no se nos caiga un solo dato. Pero, ojo, todo en off, ¿eh?

El día que en este país empiecen a cobrar impuestos por la magnitud de sandeces que escupimos, pues los invictos seremos los primeros en quedarnos sin un peso. Todos, toditos. Pero qué lindo, a ningún gobernante se le ocurrió todavía.

Así que andate, Gallardo. Perdiste dos partidos seguidos, ya no servís.

aeliceche@lanacion.com.ar

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