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Un modelo de intelectual voraz, insaciable, para una contemporaneidad abrumadora

PARA LA NACION
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Hinde Pomeraniec
Sábado 20 de febrero de 2016
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"Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido 5000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás", dijo alguna vez el hombre que ya no volverá a preocuparse ni por el futuro de la comunicación, ni por el tejido fino de la filosofía medieval, ni por el presente untuoso de la política: Umberto Eco fue un modelo de intelectual voraz, insaciable. Hasta el final, quiso estar presente en el mundo con una contemporaneidad abrumadora. Sus últimos diagnósticos fueron negros, apocalípticos, en línea con los conceptos sobre los medios con los que trabajaba desde los años 60, aunque en aquellas primeras aproximaciones la suya era una mirada joven y optimista. Sobre el final, con la salida de su última novela, Número Cero, nos condenó de manera impiadosa a los usuarios de redes sociales a un espacio insignificante, frívolo, menor. "Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad", dijo en una entrevista. ¿Alguien con un mínimo de espíritu crítico se anima a contradecirlo?

Siempre me impresionó el espíritu de actualidad de Eco, aun cuando muchas veces no coincidiera con sus frases asertivas, contundentes, más pensadas para convertirse en título de diarios y revistas que en objeto de disección o análisis rigurosos, como los que supo volcar en sus primeros libros teóricos, aquellos con los que todos los estudiantes de Letras y Comunicación pasamos largas temporadas. En los 80, con la publicación de El nombre de la rosa, Eco logró pegar un salto inusual de la teoría crítica a la ficción, un pasaje recorrido por otros colegas pero que en su caso dio como resultado uno de los mayores éxitos de ventas del siglo XX, con aquella notable combinación de literatura de género policial, una trama colmada de señales para eruditos y conocedores, y los sugerentes párrafos en latín que muy pocos lograron leer y que para la mayoría fueron apenas aderezo estético.

En 1994, recuerdo perfectamente que Eco estaba en Buenos Aires y daba lecciones de cómo enfrentarnos a la novedad de Internet y al mundo de alcance desconocido que se abría ante nuestros ojos. Eco, el estudioso de biblioteca, el académico, el que se levantaba feliz por el olor a tinta de los libros que lo rodeaba por las mañanas, decía entonces que el tesoro tan soñado por la humanidad estaba ahí: ya la biblioteca infinita nacía para quedarse.

El problema, vaticinaba, va a estar centrado en la jerarquización de esa información que surgirá de las entrañas de la Web porque el mar de significantes va a necesitar siempre de alguien que los ordene y les dé sentido.

Sí, querido Signore, Professore, Dottore Eco: en eso aún estamos como humanidad.

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