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Mano a mano con el calor. Los oficios que más sufren las altas temperaturas

Parrilleros, agentes de tránsito y personal trainers, entre otros, padecen bajo el sol del verano; un día en sus trabajos

Domingo 21 de febrero de 2016 • 00:30
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Mientras algunos porteños se las ingenian para intentar aplacar el infierno en que se convirtió la ciudad durante los últimos días bajo la sombra de los arboles, la ayuda de un ventilador o aire acondicionado de algún comercio, taxi o colectivo, otros deben soportar el sofocón sin otra opción. El bienestar en sus lugares de trabajo está condicionado por el clima: si llueve, se mojan; si la temperatura es alta, sufren el calor; en invierno, el frío les penetra.

Albañiles, personal trainers, agentes de tránsito, auxiliares de subterráneo, parrilleros, pizzeros y carteros, entre otras ocupaciones, cumplen a diario su labor expuestos a las secuelas del sol. Seguramente las últimas semanas habrán puesto a prueba su pasión por el oficio al tener que soportar casi 41°C de sensación térmica durante varios días. El calor no les dio tregua.

la nacion recorrió distintos barrios porteños y acompañó a numerosas personas que se exponen a las inclemencias del tiempo. Al rayo del sol o en ámbitos en los que el calor es inevitable, tienen una premisa: o conviven con él o sucumben a su voracidad.

Y cuando parece que los recursos para combatirlo se agotan, allí resurgen para hacer su trabajo lo mejor posible, como todos los días. Poniendo la mejor cara a la situación.

Mientras médicos y especialistas aconsejan a la población que evite la exposición innecesaria al calor y que huya del sol, estas ocupaciones parecen a prueba de todo, sobre todo, a prueba del mal tiempo.

Tomar recaudos para evitar riesgos mayores y, al mismo tiempo, hacen que su tarea sea lo más llevadera posible es parte de la receta. Aquí, algunas historias urbanas que cualquier vecino se encuentra a diario.

Personal trainer. Una rutina bajo el sol

"¡Dale, Mechi, dale, dame un poco más!", arenga la profe a su alumna mientras las dos corren por el deck del paseo costero de Vicente López. Luego, algunas flexiones de brazos, unas sentadillas, un poco de abdominales y a tomarse un respiro.

Carolina Weisz (derecha), profesora de Educación Física, con una de sus alumnas
Carolina Weisz (derecha), profesora de Educación Física, con una de sus alumnas. Foto: LA NACION / Julián Bongiovanni

Son las 17 y el sol no da tregua. Cae pesado sobre la ciudad y, a pesar de la cercanía del Río de la Plata, la ropa se pega al cuerpo, cuesta encontrar una brisa de aire fresco y se hace difícil respirar. "El calor es peor que el frío, sin dudas", sentencia Carolina Weisz, profesora de Educación Física y personal trainer, acostumbrada a trabajar en gimnasios y al aire libre.

"Al calor no lo combatís con nada más que con hidratación abundante. En cambio al frío lo soportás los primeros 15 minutos y después el cuerpo toma temperatura", cuenta mientras sigue con la rutina de entrenamiento de Mercedes Arce, que la acompaña en esa tarde agobiante.

En las últimas dos semanas hubo jornadas con registros térmicos que superaron los 40°C. Durante esos días la actividad física al aire libre es más difícil de sobrellevar y los mejores horarios se reducen, al tiempo en que el sol castiga menos.

Lo más saludable, para la personal trainer es hacer deportes "hasta las 9 y después de las 19".

Luego de dos o tres series de ejercicios Carolina y Mercedes no resisten la tentación de refrescarse con el agua en forma de rocío que desprende un poste metálico. Se nota que sienten una sensación placentera que les quita el sudor acumulado tras una rutina intensa.

"El calor se soporta como se puede, pero no es un impedimento para trabajar. Los profes sabemos que trabajamos bien de marzo a diciembre y después baja el ritmo cuando la gente se va de vacaciones. Es una limitante porque debemos acomodarnos a las horas menos calurosas", reflexiona Carolina. Queda claro que para ella la temperatura no es un problema: horas antes de la clase corrió 20 kilómetros y se ve descansada.

Obrero. La división de tareas para refrescarse

La construcción no ofrece trabajos livianos, mucho menos, si se realizan bajo tierra. A varios metros de profundidad la temperatura aumenta, la humedad se potencia y la circulación de aire, disminuye. "Después de dos o tres días sentís el cuerpo cansado, como desinflado", describe Hugo Gramajo, uno de los obreros que están ampliando las cocheras para las formaciones de la línea H de subte en Parque Patricios.

Hugo Gramajo (izq) y Alfredo Gómez (der) en la construcción de un túnel
Hugo Gramajo (izq) y Alfredo Gómez (der) en la construcción de un túnel. Foto: AP / Santiago Cichero/AFV

A pesar de la lluvia el túnel donde los trabajadores construyen un encofrado de hierro es un horno. La temperatura aumenta cuando se vuelcan las 20 toneladas de hormigón que aguardaban en un camión, amasándose a altas temperaturas. El cemento, a medida que se seca, desprende calor húmedo y espeso.

"Hay varias formas de soportarlo. Todos entramos a laburar a las 7 y a las 9.30 tomamos un descanso de media hora para refrescarnos y tomar aire. Y al mediodía almorzamos en el comedor que está arriba", cuenta Alfredo Gómez, mientras acomoda un martillo en un cinturón donde también tiene tenaza, pinza y otras herramientas. "Estamos organizados de tal manera que los grupos van rotando de tareas. Hacemos algo en un túnel y al rato podemos estar en otro lugar donde corre aire", explica.

La seguridad, en el caso de la construcción, es una necesidad básica. Todos los trabajadores tienen la obligación de utilizar casco, lentes, camisa y pantalón de tela gruesa, guantes y un chaleco refractario. Pueden sentirse más incómodos, pero la protección es fundamental.

"Por lo general traemos dos o tres mudas de ropa porque las remeras y camisas, no aguantan mucho. Terminamos todos empapados después de estar varias horas en el túnel", dice Alfredo y recibe el consentimiento de su compañero. Los dos pasaron la barrera de los 40 años y cuentan con experiencia en el rubro. Por lo que el calor, el frío, la lluvia y el viento no les importas. A ellos les preocupan más las bromas que les harán sus compañeros por aparecer en un diario.

Auxiliar de subte. Una tarea diaria con 45°C

¿Cómo tener un viaje más placentero en subte un día de calor? Es uno de los desafíos con el que los porteños se enfrentan a diario, no sólo los pasajeros sino también las personas que trabajan bajo tierra. En días con registros térmicos superiores a los 35°C no hay ventilador ni aire acondicionado que alcance en los andenes y en las formaciones.

Jorge Antonio Silva, auxiliar de la estación Carranza de la línea D
Jorge Antonio Silva, auxiliar de la estación Carranza de la línea D. Foto: LA NACION / Julián Bongiovanni

"Cuando pasan los trenes dejan un aire que refresca o nos paramos en los lugares donde circulan corrientes de aire, como las escaleras que van a la calle", explica Jorge Antonio Silva, auxiliar en la estación Carranza de la línea D. "Así el día va pasando rápido entre que ayudás a una mujer a bajar el carrito del bebe, a otra persona con problemas en la SUBE o a una persona mayor a la que le cuesta moverse", agrega.

Las estaciones cuentan con boleteros, auxiliares, personal de limpieza y supervisores. En Carranza trabajan seis boleteros, dos auxiliares y dos empleados de limpieza, con turnos de seis horas. El personal va rotando de manera que estén cubiertos los momentos de mayor circulación: de 7 a 10 y entre las 17 y 19.30, cuando circula el 75% de los pasajeros diarios.

"Si en la calle hace 35°C, acá se sienten 45°C o 50°C. Con la humedad es peor porque se multiplica, pero después de tantos años ya no me molesta", dice Jorge, que trabaja en el subte hace 14 años. Comenzó siendo personal de seguridad y luego fue boletero hasta llegar al puesto actual. Su tarea también es ayudar a las personas con algún problema de salud; en algunos casos, como consecuencia de las elevadas temperaturas. "Hay gente que baja agobiada por el calor y se toma un respiro en los andenes. Después vuelven a la calle y se cocinan de nuevo."

Dice que su preparación le permite soportar el clima adverso. Además de auxiliar de estación, Jorge es cabo segundo en reserva de la Infantería de Marina, para lo cual entrena tres veces por semana con la ropa de combate y todo el equipamiento militar.

Agente de tránsito. El servicio, ante todo

En la ciudad de Buenos Aires unos 1200 agentes de tránsito controlan las calles todos los días del año, con turnos de siete horas y hasta 12 los fines de semana. Están en las zonas donde lo requiera una situación de emergencia o en aquellas con mayor circulación de vehículos y personas. El Metrobus de la avenida 9 de Julio es una de ellas: allí trabajan al menos 40 de esos agentes.

Micaela Castillo controla el tránsito en la avenida 9 de Julio
Micaela Castillo controla el tránsito en la avenida 9 de Julio. Foto: LA NACION / Julián Bongiovanni

"Estamos siempre en la calle, con lluvia, calor, frío o viento: el servicio hay que cumplirlo igual", resume Micaela Castillo, parada en la estación Obelisco Norte, en la esquina de 9 de Julio y Tucumán. "Es algo que viene con nuestro trabajo, porque cuando nos metimos en esto sabíamos cuáles eran las condiciones."

Desde la calle les hace señas a los automovilistas, contesta las preguntas de turistas desorientados y se saca las dudas mirando una pequeña guía que guarda en un bolsillo. Así pasa las horas y se olvida del sol que multiplica el calor al reflejarse en el asfalto, en el hormigón de los edificios y en los miles de vehículos que circulan por la zona.

"Nuestra receta es tomar mucha agua, hidratarnos cada diez minutos. Con los compañeros nos turnamos para refrescarnos sin descuidar el servicio. Después volvemos a la calle", sintetiza, con la cara rojiza, azotada por la elevada temperatura de un jueves al mediodía.

Como otras personas que tienen su lugar de trabajo expuesto a las condiciones climáticas, Micaela piensa que "el calor aplasta al cuerpo" y que, en cambio, "el frío se soporta mejor" después de los primeros minutos. Para sobrellevar el día, cuenta, la alimentación es importante. "La comida tiene que ser liviana, una fruta o una ensalada. No podés comer un guiso porque después uno no se puede levantar", agrega, riendo.

Hace dos años, cuando decidió ser agente de tránsito, el factor climático no fue un impedimento: "Fue por una vocación de servicio. Las ganas de ayudar y servir a esta comunidad fueron más grandes".

Parrillero. Calman el fuego con mucha agua

Cinco botellas de agua de medio litro, en cada turno, consume "el Ñato" para no deshidratarse al calor de las brasas mientras atiende la parrilla El Viejo Cañón, de Avellaneda. Cuando en las mesas los clientes disfrutan un bife de chorizo a punto o una entraña bien cocida, detrás del mostrador se soportan temperaturas superiores a los 70°C, que pueden llegar a los 90°C los días más calurosos.

Julio Dimenzza consume casi tres litros de agua en su turno
Julio Dimenzza consume casi tres litros de agua en su turno. Foto: LA NACION / Julián Bongiovanni

"El peor momento es entre las 11, al prender el fuego, y las 16, cuando termina el servicio. Pero los domingos, que hacemos costillar, el fuego arranca a las 8. Esos días son más duros", explica Julio Dimenzza, que vuelca su experiencia de 26 años como parrillero en cada corte que solicitan los mozos.

"Me parece que me equivoqué: en verano tendría que trabajar en una heladería", dice "el Ñato" y suelta una carcajada. Sin embargo El Viejo Cañón no sería igual. Se desempeña allí desde hace 13 años, aunque la parrilla tiene una historia de más de 80 años ligada a la gastronomía. Comenzó siendo un almacén de ramos generales hasta que se convirtió en lo que es hoy, uno de los símbolos de Avellaneda.

Julio termina una botella de agua y pide otra para llenar nuevamente el vaso, refrescarse y volver a la pala y el fuego. Hace unos minutos entraron dos pedidos y debe renovar las brasas. Los cortes se cocinan en el momento, lo que garantiza mayor frescura en los platos.

"Transpiro mucho, pero el calor ya no me afecta; en realidad, nunca me afectó", confía. "La ropa tiene que ser liviana y, a la vez, segura porque estamos laburando con fuego. No puedo venir a trabajar de ojotas y bermudas. En invierno la ropa es la misma porque la temperatura al lado de la parrilla no baja, se mantiene igual todo el año", agrega.

La hora del cierre va llegando, aunque todavía quedan algunas mesas para atender. "El Ñato", de familia de parrilleros y cocineros, limpia la parrilla con un cepillo y agua. Al otro día, volverá a la carga.

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