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Las crisis, las urgencias y las camas

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LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2016
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Desde que las redes sociales pasaron a ocupar el centro de la escena, lo que en ellas se dice sirve para auscultar de primera mano el pulso de una parte de la sociedad. Pero al mismo tiempo son un fantástico caldo de cultivo para fábulas que, en algunos casos, rozan lo inadmisible. En la última semana, por ejemplo, bastaba con poner en el buscador de Twitter las palabras "cama" y "Vasco" para que surgieran miles de tuits afirmando conocer el origen de todos los males del equipo dirigido por Rodolfo Arruabarrena. Y sin dejar espacio para las dudas. No me consta que haya existido un hashtag del tipo #HaciéndoleLaCamaAlVasco o semejante, pero tampoco hubiera sido extraño. Los seres humanos somos muy afectos a creernos las historias de ficción.

No es la primera ni será la última ocasión que ocurra, pero resulta curioso que cada vez que un equipo atraviesa una racha adversa de resultados, en lugar de enfocar los verdaderos síntomas que la provocan se apele a los mismos argumentos para explicarla: boicot al entrenador, mal estado físico de los jugadores y, eventualmente, salidas nocturnas de algunos de los integrantes del plantel. La realidad es que ninguno de ellos está nunca en el centro de la cuestión, y que los procesos que se dan en un grupo de futbolistas que entra en crisis suelen ser desconocidos para quienes no están inmersos en el problema.

El interrogante básico es: ¿por qué de pronto se tuerce el rumbo de un equipo con tendencia ganadora? La respuesta no es sencilla, pero empecemos entonces por determinar qué factores no deben tenerse en cuenta.

El primero es el referido al plantel conspirador. Resulta casi inevitable que en un grupo haya jugadores -generalmente aquellos que menos participan- que puedan sentirse disconformes con un técnico. Pero de ahí a "hacerle la cama", como afirmaban con rotundidad los tuits en el caso del entrenador de Boca, la distancia es enorme. El futbolista, en líneas generales, tiende a ser pragmático y a tratar de acomodarse al técnico de turno. Por lo tanto, que haya uno u otro no le modifica mucho su actitud en el día a día.

La merma en el rendimiento colectivo tampoco puede ser una cuestión de estado físico. No se juega mejor porque se corra más, y nadie potencia radicalmente su situación física de un domingo para otro. Mil veces en mi etapa de jugador me sentí mal, cansado, sin energía, hasta que de pronto hacía un gol, mi cuerpo se transformaba y desaparecían los síntomas que cualquier espectador podía confundir con un estado atlético deficitario. Van errados quienes apuntan hacia esta variante.

La vida nocturna disipada es el tercer punto que siempre aparece. La realidad es que la conducta de quienes salen a divertirse alguna noche de la semana no suele cambiar en función de los resultados del equipo. Lo que ocurre es que sólo sale a la luz con las derrotas.

Una vez desestimadas estas variables, y para empezar a entender lo que realmente sucede, primero debe aceptarse que un equipo de fútbol es un ente mutante, con dinámicas propias que lo transforman, rutinas cotidianas que sufren cambios y factores externos que le influyen? Y es la suma de todas estas cuestiones la que determina momentos mejores y peores.

Este proceso debería ser visto como un elemento natural, algo así como una propiedad más del juego, pero tal cosa no ocurre. No se acepta la absoluta imposibilidad de vivir instalado en el éxito permanente o de mantener siempre el mismo nivel de rendimiento individual y de funcionamiento colectivo. El deporte, en este sentido, se ha desnaturalizado y no se respetan los tiempos necesarios ni siquiera para que se desarrolle y se solucione ni el más pequeño de los conflictos.

En todo caso, las crisis existen y son una conjunción de malos rendimientos individuales, poca convicción para sostener las ideas, dudas y falta de atrevimiento para seguir intentando. El grupo entra en un estado de combustión, situación que no permite pensar con tranquilidad, reaccionar con prontitud o tomar las decisiones correctas, lo cual afecta a múltiples aspectos del juego, desde la calidad de los pases al ordenamiento defensivo. Cuando un equipo se torna vulnerable, todo se trastoca. Hay pérdida de confianza, la cabeza no funciona, y además, el rival huele la debilidad y multiplica las consecuencias negativas.

Romper cuanto antes el círculo vicioso de la derrota, antes de que se alcance el punto donde la adversidad se torne irreversible, pasa a ser entonces el objetivo primordial. Y en ese sentido, todos tienen un papel que cumplir.

Es trascendental el del entrenador, por supuesto. El año pasado, en un período en el que River no encontraba el funcionamiento adecuado, Marcelo Gallardo habló de "volver a las fuentes" como pauta para resolver la situación. Es decir, recuperar la esencia y poner en práctica lo que se conoce. Si, en cambio, el técnico pierde la convicción en lo que quiere, comienza a cambiar lo que estaba ensayado, revolea jugadores o intenta fórmulas mágicas, corre el serio riesgo de perder la brújula y con ella, cualquier posibilidad de solución.

Pero también el futbolista debe dar muestra de carácter y de su rebeldía innata, del factor diferencial que lo llevó a convertirse en futbolista. Todos sabemos que si en 5 o 6 partidos la situación no revierte el técnico se acabará marchando, pero esto no puede servir de coartada al jugador porque se acaba perjudicando a sí mismo. El fuego sagrado del futbolista debe surgir en la emergencia para pedir la pelota pese a los murmullos, y para naturalizar su juego, aunque la autoestima se encuentre baja y nadie confíe en él.

La crisis en un equipo es una situación compleja que, por lo general, precisa de un tiempo de resolución y de la fuerza colectiva para superarla. Aunque a veces basta con un gol, como por ejemplo el de Tevez en San Juan, para sentir que por fin el panorama empieza a aclararse y ya nadie gasta su tiempo en "hacer camas".

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