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La vida buena: un amable Gran Hermano

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PARA LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2016
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Lo usual hasta finales del siglo XX era que los gobiernos autoritarios censuraran a sus opositores o que los torturaran para obtener información sobre sus actividades,

reuniones, contactos y demás. Hoy no es necesario, basta con seguirlos en sus páginas de Facebook o sus posteos enTwitter para saber qué hacen, dónde están, qué dicen, dónde se reunirán". Evgeny Morozov, quien dice esto, es un pensador bielorruso que, tras militar entre los adictos a las nuevas tecnologías, es hoy, a los 31 años, uno de los más fervorosos y reconocidos opositores a las eufóricas corrientes según las cuales las nuevas tecnologías parecen haber decretado el fin de la historia y la imposición de la inteligencia humana por sobre todos los imponderables, el azar, el tiempo, el espacio y pronto quizás también sobre la misma muerte. Autor de El desengaño de Internet y La locura del solucionismo tecnológico, Morozov es columnista recurrente en The Economist, The Wall Street Journal, Foreign Policy, El País (de Madrid), la CNN, CBS y otros medios, además de profesor en universidades como la de Georgetown o el Open Society Institute de Nueva York.

En un mundo fascinado por las novedades tecnológicas que en menos de tres décadas trazaron una suerte de antes y después en la vida de las sociedades, Morozov advierte: "Si algún gobierno nos hubiera obligado a entregar toda la información que graciosa y voluntariamente le cedemos a Amazon, Twitter, Google, Facebook y sus adláteres, ya hubiera sido denunciado en todos los tribunales internacionales". Otros reconocidos pensadores siguen esa línea de tecno escepticismo. El coreano Byung-Chul Han (reconvertido en alemán tras largos años de vida y estudio en ese país, y cuyos libros breves y contundentes resultan best-sellers filosóficos) afirma que vivimos en la era del Big Brother amable. Al revés del mundo distópico imaginado por George Orwell (1903-1950) en su novela 1984 hoy las pantallas omnipresentes en forma de smartphones, Ipods, tablets, notebooks y computadoras personales no son usadas para reprimir, advierte Han en su ensayo Psicopolítica, sino para estimular y provocar un "desnudamiento voluntario". Entregamos toda la información sobre nosotros mismos por iniciativa propia. Ya no es necesaria la vigilancia externa e intimidatoria. "Cada uno es el panóptico de sí mismo."

En este mismo equipo juega el siempre desafiante filósofo esloveno Slavoj Zizek (En defensa de causas perdidas, El año que soñamos peligrosamente, Sobre la violencia). En Pedir lo imposible indica los riesgos de vivir en un mundo que, bajo aparentes diversidad y libertad, se va estandarizando y uniformizando día a día al compás de lo que diseñan los buscadores, los proveedores informáticos y las redes sociales. "Poco a poco quedamos limitados a las elecciones que hagan ellos para nuestras vidas", dice.

¿Paranoicos? ¿Petardistas? Estos y otros pensadores, como Nicholas Carr (autor del célebre artículo Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, luego convertido en libro) han recibido estas calificaciones. Pero también van despertando crecientes adhesiones. Quizás haya que ver más allá de una simple pulseada a favor o en contra de las nuevas tecnologías. Estas son sólo herramientas y como tales resultan neutras. El problema aparece cuando se ponen al servicio de la pérdida de la intimidad, de un autoritarismo blando (que obliga a estar dentro o no existir) o de un adormecimiento sutil. Allí, entonces, revive Un mundo feliz, la novela de Aldous Huxley que, en 1931, parecía ciencia ficción y hoy sería realismo puro. n

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