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Desayuno en la Patagonia: la belleza mágica de prender el fuego y hacer café junto a la carpa

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PARA LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2016
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La carpa donde pasé la noche es en realidad una vieja lona verde gruesa. La tengo hace años, la mandé a hacer para usar como barrera de viento en mis días en los descampados ventosos de la Patagonia. Hay una enorme belleza en las cosas recicladas que vuelven a la vida una y otra vez con otros fines, ya que cargan en su haber una vida plena de hacer y de recuerdos.

La corté en dos piezas de 5 metros por 3, una hace de techo y la otra, triple, de piso.

Salgo de mi dormidera con cierta dificultad, mis huesos adultos necesitan entrar en calor luego de una noche de bolsa de dormir. El bosque está igual que anoche, nada cambió, seguramente algún zorro o un puma, sigilosos, observaron mi campamento desde lejos. Si un visón se comió parte de una trucha, dejó sólo la cabeza, que yo tenía atada a un árbol; iba a ser mi desayuno con un par de huevos a la sartén. Los visones que son foráneos a estas tierras, dicen, se escaparon de un criadero y lentamente han invadieron la zona lacustre de la Patagonia. Una pena, ya que alteran el orden nativo de estas regiones.

Puedo asegurar que el desayuno es mi comida preferida, amanezco de espléndido humor y con gran ilusión.

Está lloviznando levemente, por lo que mi fuego y desayuno serán al reparo de mi improvisada carpa, el fuego lo haré en el borde del techo Este, ya que así, la brisa que viene del Oeste se llevará el humo. Salgo por insumos para encender el fuego. El bosque está muy mojado, por el régimen de lluvias de la selva Valdiviana, que es tropical, a pesar de estar en el corazón de la cordillera de los Andes.

Comienzo a juntar madera seca. Una enorme lenga, caída por una tormenta de nieve hace un par de inviernos está astillada en la base y tiene finísimas varillitas de madera, perfectamente secas por estar debajo del tronco al reparo de la lluvia. Serán alimento de mi fuego. Las arranco de diferentes medidas muy finas como palillos de fósforos y más gruesas como un lápiz. Busco en árboles secos en pie ramas más gruesas, muy secas y aéreas; las que están en el piso comienzan a absorber humedad. Tengo un brazado completo de madera seca y vuelvo a la carpa. Suficiente para mi café con tostadas.

Con dos rajas de madera seca del mismo árbol, casi como tablas, me hago un respaldar-sillón dentro de la carpa, haciendo dos pozos, clavándolas en la tierra y cubriéndolas con mi bolsa de dormir.

Sentado debajo de la lona comienzo a juntar todo lo que necesito para mi desayuno: pan, mi cuchillo, manteca, dulce de grosellas, café, mi pava de latón cafetera hecha en Mercedes (Corrientes), y un vaso helado de agua del arroyo, de deshielo.

Armo la cama del fuego con las finísimas astillas y las prendo con un fósforo, siempre es mágico ver cómo las llamas comienzan a abrazar las astillas con su color naranja y sus chisporroteos leñosos. Comienzo a agregar astillas más gruesas y finalmente las ramas aéreas, en tres minutos el pequeño fuego está a pleno. Mi parrilla plegable pitusa y liviana ya está sobre una esquina con la pava calentándose. Antes del hervor, le agrego dos cucharadas de café molido, lo revuelvo y le agrego un poco de agua helada para que el café precipite al fondo, la dejo al rescoldo unos minutos mientras hago mis tostadas. Casi café turco.

La pava cafetera se mantiene tibia al alcance de mi mano, me dispongo a leer a John Muir, el conservacionista-naturalista inglés que pasó casi toda su vida en California luchando por preservar los bosques de Yosemite. Dice: "El otro día en mis caminatas encontré una piedra tan bella que me quedé tres días acampando al lado de ella, preguntándole de dónde venía y hacia dónde iba".

Muir siempre tuvo un corazón alado y de rescoldos.

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