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¿El final de una idea moderna?

PARA LA NACION
Lunes 22 de febrero de 2016
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Las vacaciones entendidas como receso laboral y de tiempo para el ocio son un concepto muy reciente: hasta la llegada de la modernidad, en los siglos XVIII y XIX, sólo existían los días en lo que no había trabajo, los domingos y los feriados religiosos. En la Edad Media, según la tripartición bien descripta por Georges Dumézil, el tiempo se dividía en aquel dedicado a Dios, a la guerra y a la agricultura.

Recién en la época moderna empieza la distinción entre el tiempo y el lugar del trabajo y los momentos y lugares de ocio y vacación. La burguesía inaugura la práctica vacacional: las residencias de verano, que tan bien describe la condesa de Ségur en su novela para niños Las vacaciones, por ejemplo, son una sucesión de picnics, paseos en barco, caminatas por los bosques, estadías en cabañas, partidas de croquet y meriendas compartidas entre vecinos, adultos y niños. Pero tanto los sirvientes como los campesinos y los obreros sólo seguían descansando los domingos y los feriados religiosos, que además eran mucho menos frecuentes que en la época anterior.

Las vacaciones se generalizan para todo el mundo en el siglo XX, cuando el Frente Popular liderado por el entonces primer ministro francés León Blum firmó los Acuerdos Matignon, que pusieron fin a la huelga obrera e inauguraron "las vacaciones pagadas".

Pero la era posmoderna contemporánea, que arranca hacia 1970, retoma un principio de aquella época premoderna: los períodos no laborales ya no se corresponden con fechas fijas, y las migraciones estivales, si bien siguen existiendo, dejan de ser tan regulares. Cada vez más, la gente intercala fines de semana extendidos o breves licencias durante la época laboral. Los momentos y lugares de trabajo o de ocio dejan de estar estrictamente separados: la época laboral permite integrar actividades recreativas, deportivas, culturales y de relax, mientras que el tiempo de ocio, en muchas ocasiones, no es más que un apéndice de un viaje de trabajo o un desplazamiento profesional.

Ahora que la barrera entre trabajo y ocio es tan porosa, que uno sueña con un viaje frente a la computadora y después recibe un llamado de su jefe al teléfono celular cuando está descansando en la playa, ¿las vacaciones siguen teniendo algún rasgo específico?

Cuando el tiempo se densifica y pasa a contener todas las posibilidades, el pasado y el futuro, el acá y el allá, ¿sigue existiendo esa playa inmensa de un tiempo "vacante"?

Tal vez las vacaciones ya no sean el antónimo del periodo laboral, sino simplemente la quintaesencia y el goce de un producto raro: ¡el aburrimiento!

Silencio y aburrimiento que permiten, sólo ellos, una reconexión con las raíces de nuestro ser.

El autor es sociólogo, miembro del Instituto Universitario de Francia y profesor de la Universidad La Sorbona

Traducción de Jaime Arrambide

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