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Ser equipo copero, en modo argentino

LA NACION
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Claudio Mauri
Martes 23 de febrero de 2016
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No hace falta campaña publicitaria o motivacional para que los equipos argentinos sientan una atracción especial, embriagante, por la Copa Libertadores. Ese fuerte anhelo internacional está reflejado en el dominio del palmarés general: 24 de los 56 campeones son argentinos. Más que cualquier otro país.

Ganar la Libertadores o tener una buena participación no sólo da prestigio y dinero, también concede otro tipo de reconocimientos, más intangibles, relacionados con el carácter, la personalidad, la fibra, el temperamento. Una serie de atributos que suelen sintetizarse con la etiqueta "equipo copero". Un rasgo que históricamente a River le costó asimilar a su identidad y que incorporó con el mensaje que Gallardo le bajó al plantel en poco más de un año y medio. Sacó esa chapa desde las series contra Boca por la Sudamericana (2014) y la Libertadores. Ahora deberá revalidarla como defensor del título.

A la Libertadores se va a jugar, pero también es territorio en el que se abren camino equipos ásperos, duros, resistentes al sufrimiento y la adversidad. Más pragmáticos que estéticos. Más calculadores que generosos. Una doctrina que engloba a buena parte de los campeones argentinos. La Libertadores surge en un momento muy especial de nuestro fútbol, en 1960, después del descalabro del Mundial de Suecia 1958. El 6-1 de Checoslovaquia tuvo un efecto sísmico sobre nuestra cultura futbolística. Puso en entredicho el valor y la vigencia de "la nuestra", como se conocía el estilo que exaltaba el juego puro y dejaba en un segundo plano a la táctica, la preparación física, la preocupación por conocer al rival, el fútbol como materia de análisis minucioso. Hasta Adolfo Pedernera, cerebro de la inspiradísima Máquina de River y luego técnico de un Boca utilitario que fue campeón local en 1964, sentenciaba: "La bohemia de antes ya no existe. Si no ganás, no servís".

Esta nueva corriente interpretativa sobre lo que debía ser el fútbol tuvo campo fértil para expresarse en la Copa Libertadores, con equipos que marcaron época. Después de los títulos del Santos de Pelé llegaron los dos primeros de Independiente (1964 y 65), dirigido por Manuel Giúdice, que proclamaba la garra, la marca fuerte y el contraataque. Lineamientos similares tuvo el Racing de Juan José Pizzuti que se coronó en 1967. Pegado llegó el triplete del Estudiantes de Osvaldo Zubeldía, paradigma de un fútbol más mecanizado, de una intensidad hasta entonces inusual, pionero en llevar el reglamento hasta sus límites y también un poco más allá. Los Boca de Lorenzo y Bianchi también trabajaron a pulmón sus conquistas. Una de las excepciones fue el Argentinos de 1985, con una veta más técnica y artística

Vuelve la Libertadores, un desafío en el que nuestros equipos ponen a prueba más su piel de elefante que el espíritu sensible.

cmauri@lanacion.com.ar

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