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El funeral laico y público de Umberto Eco, entre las lágrimas y la gratitud

Fue en Milán, donde vivía el escritor; asistieron varias figuras de la vida artística e intelectual italiana, como Roberto Benigni y Gianni Vattimo

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LA NACION
Miércoles 24 de febrero de 2016
Cientos de personas se reunieron en el patio del Castillo Sforza
Cientos de personas se reunieron en el patio del Castillo Sforza. Foto: EFE / Matteo Bazzi
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MILAN.- Cuatro y media de la tarde de una jornada inusualmente cálida. No hace frío, el termómetro marca 13 grados. El funeral laico de Umberto Eco -que, como él quiso, fue sobrio, breve, con pocos discursos y música barroca, que él amaba, al principio y al final-, del que participaron familiares, políticos, intelectuales, famosos y miles de anónimos, terminó hace no más de veinte minutos. Aún resuena en el "atrio della Rocchetta" del espectacular Castillo Sforzesco -monumento emblemático de Milán, ciudad adoptiva del escritor, ensayista, filósofo y semiólogo muerto el viernes pasado, a los 84 años-, el largo aplauso que saludó el paso de su féretro, acompañado por la toga que el autor de El nombre de la rosa solía usar en la Universidad de Bologna. "¡Gracias maestro!", es el clamor que aún resuena entre las viejas paredes de piedra del castillo.

En silencio, decenas de personas peregrinan al sitio donde se hizo la ceremonia -un antiguo patio donde aún se advierten frescos del Renacimiento-, al que jamás pudieron llegar debido a la extraordinaria cantidad de gente que quiso estar ahí. Ya horas antes del adiós laico, decenas de jóvenes -muchos estudiantes-, adultos y ancianos esperaban en fila para ingresar en el atrio. "Fue un grande y vine a decirle gracias", coincide la gran mayoría.

Con sus siete siglos de historia, el Castillo Sforzesco, estructura defensiva y sucesivamente residencia ducal, hoy sede de una pinacoteca y de varios museos, no podría haber sido mejor sitio para la despedida.

Stefania Balducci, empleada de hospital, desprende varias rosas blancas de la corona de uno de los coches fúnebres que están por irse al cementerio de Lambrate, donde Eco será cremado. "Pero yo quiero un recuerdo. Fui su admiradora y su lectora, y porque se están yendo todos los grandes como Eco y no hay recambio. Era un personaje irreverente, podía hablar porque era cultísimo, estaba por arriba de las partes. Quedan pocos como él en Italia, donde estamos a la deriva", lamenta. "El berlusconismo causó en este país más daño que la dictadura en la Argentina", dispara Stefania, con lágrimas en sus ojos celestes, al enterarse del origen de la cronista. "Eco debería haber ganado el Nobel, es una grave pérdida."

Durante la ceremonia -retransmitida en directo por la RAI-, en primera fila se ven, enteros, sobrios, elegantes, los familiares de Eco, que luchó los últimos dos años contra un cáncer de páncreas. Renate, su mujer, alemana; sus dos hijos, Stefano y Carlotta, y sus nietos, Emanuele, Pietro y Anita. Atrás, de pie, está Roberto Benigni, cómico, actor y director, que prefiere no tomar la palabra en público, junto a su mujer, Nicoletta Braschi, que se esconde detrás de enormes anteojos de sol; amigos, y personajes del mundo intelectual, periodístico y universitario italiano.

Hace de maestro de ceremonias Mario Andreose, amigo y viejo editor de Eco. Junto a él, el escritor y profesor decidió embarcarse en la "locura" de fundar una nueva editorial, La Nave de Teseo, al dejar después de 50 años la editorial Bompiani, y rebelarse ante la fusión de los dos colosos Rizzoli y Mondadori. Andreose destaca los "transeúntes anónimos" que en los últimos días dejaron una flor frente a la casa de Umberto, que queda a pocos metros del lugar de su funeral laico. "A él le habría gustado", asegura. El alcalde de Milán, Giuliano Pisapia, confiesa que "no es fácil hablar y recordar hoy a Umberto Eco". "Nos son fáciles las palabras frente a un maestro de las palabras." Luego de recordar su cultura sin límites, su amor por la enseñanza, su ironía, su sensibilidad, su sencillez, el alcalde concluye, como la mayoría, con un "gracias". "Umberto: fuiste, sos y serás un gran orgullo para Milán y para toda Italia."

El ministro de Cultura, Dario Franceschini, destaca los silencios que solía tener Eco, por ejemplo cuando fumaba su cigarro o revolvía su vaso de whisky. "En esos silencios consultaba esa interminable biblioteca que tenía adentro." Recuerda, en este sentido, que el gran semiólogo solía decir: "¿Cómo le explico a mi mujer que cuando miro por la ventana estoy trabajando?". "Umberto, gracias por mirar por la ventana", concluye.

El momento más conmovedor es cuando ante el micrófono se para Emanuele, el primer nieto de Eco, hijo de Stefano, de 15 años. "Querido abuelo, siempre me preguntaron qué sentía al ser el nieto de un hombre tan grande. Y no sabía explicarlo. Hoy quisiera hacer una lista, ya que las listas te gustaban, de las cosas que hacíamos juntos. Gracias por todas las historias que me contaste, por las palabras cruzadas que compartimos, por los libros que me regalaste, por los viajes que hicimos, por todo lo que me transmitiste. Nunca supe dar respuesta a qué se siente al tener un abuelo así, pero hoy al pensar en todo eso puedo decir que tenerte de abuelo me llenó de orgullo. Gracias nonno."

Un aplauso liberatorio estalla entre la multitud. Muchos sacan el pañuelo y lloran. Apretados detrás de vallas colocadas por los organizadores, vista la marea humana presente, hay muchos anónimos, esos que a Eco le habría gustado ver en su funeral laico. Como Vincenzo D'Angelo, barbero jubilado de la Piazza Napoli que revela a LA NACION que nunca leyó un libro de Eco, aunque sí miró la película que hicieron con su best seller, El nombre de la rosa. "Tomaba el café en el mismo bar de la Via Dante al que voy yo -dice Vincenzo, con los ojos rojos-. Era un grande, un maestro, nos hizo sentir a los italianos orgullosos en todo el mundo y quise venir a decirle gracias."

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El humor en las noches de la amistad

El actor, escritor y dramaturgo ítalo-judío Moni Ovadia, otro amigo de Eco, fue el último en hablar ayer en la ceremonia laica de despedida. El también compositor y cantante cerró el homenaje contando el último chiste sobre judíos que justamente le contó Eco, con quien "compartíamos la pasión por los chistes y solíamos pasar noches inolvidables intercambiándonos chistes. Él, obviamente, sabía muchos más que yo", dijo.

Elogios al autor de una obra interminable

Entre los intelectuales de renombre presentes en el adiós laico de Umberto Eco, también estuvo ayer el filósofo y político italiano Gianni Vattimo. En diálogo con LA NACION una vez terminada la ceremonia, Vattimo recordó que conocía al escritor desde 1954. "Éramos bastante amigos. Y para mí, en lo personal, la pérdida es que él era una personaje notable al cual yo solía consultar para que me dijera si estaba diciendo bobadas, o no", dijo. "En la obra de Eco está lo mejor de él y eso no lo perdimos. Para mí hay que seguir leyéndolo, estudiándolo; ahí está lo mejor. Dejó una cantidad enorme de obras, tiene una bibliografía interminable."

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