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Luz, divino tesoro

Miércoles 24 de febrero de 2016 • 16:41
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Ya no sé qué hacer ni a quién acudir. Intenté todos los reclamos civilizados para que esa pseudoempresa llamada Edesur cumpla con lo prometido en un juicio que perdió conmigo hace tres años: arreglar el tendido eléctrico para que mi vivienda en Flores no sufra más cortes de energía . La situación empeoró: en dos años padecí más de 30 interrupciones en el servicio. Los cortes fueron de todos los modelos: cortos, medianos, largos e infinitos, como ese de ocho días a poco de nacer mi hijo, que hoy tiene dos años.

Nuestra relación familiar con la compañía tiene antecedentes nefastos. En 2006, una cámara instalada en forma ilegal casi se lleva la vida de quien hoy es mi mujer. El artefacto explotó y, por el incendio, ella estuvo varios días en terapia intensiva. Hubo un juicio. Y Edesur todavía no terminó de pagar el resarcimiento. Ahora, ella está en pleno tratamiento por un cáncer. Vive al borde de un ataque de nervios por los reiterados cortes que sufrimos; por el recuerdo de aquellos días al borde de la muerte. A nadie le importa.

"¿Quieren que Edesur les devuelva la luz? ¡Hagan quilombo!", nos dijo un empleado de la compañía parafraseando al Papa Francisco. "Si el pronóstico dice que habrá más de 30 grados, recen", nos sugirió otro. A veces, para tener luz, necesitamos ayuda divina. Y ni siquiera eso alcanza. Porque las cuadrillas (autos destartalados sin inscripción alguna que transportan personal tercerizado) dejan el trabajo a medio hacer. O porque, sencillamente, no saben siquiera qué es lo que tienen que hacer. A veces, como ayer, tocan donde no deben y provocan una explosión que deja a oscuras a seis manzanas.

Las empresas de energía se vanaglorian de la cantidad de millones que invierten en infraestructura. Nos mienten en la cara, como cuando llamamos al call-center y nos dicen que en un plazo máximo "de cuatro horas" el inconveniente estará solucionado. Pasan cuatro.ocho.doce.Un día. Dos. Volvemos a llamar, a reclamar, como si fuéramos un disco rayado. Le pedimos explicaciones al ENRE, al ministerio de Planeamiento. Le escribimos hasta al ministro de Energía Juan José Aranguren, que difundió su dirección de mail. Nada de nada. Todos entienden; ninguno hace. Y nosotros seguimos a oscuras y secos, sin una gota de luz ni de agua. Sobreviviendo.

Nos habían hablado de "un país con buena gente". Ahora hablan de un cambio. Pero nuestro día a día va mucho más allá de eslóganes políticos. Necesitamos tener luz, que también es tener agua. Que, en definitiva, es tener vida. ¿Es tan difícil que las autoridades hagan su trabajo e intimen a la empresa a que solucione los inconvenientes? ¿Es tan utópico que alguien de la empresa lea esto y nos brinde una salida? ¿O acaso nos tenemos que convertir en piqueteros, cortar una calle y estropearles el día a muchos otros argentinos para que alguien levante una palanca? Me resisto a reclamar por las malas. Sigo creyendo en un país civilizado en el que las empresas funcionen como corresponden. Si Edesur no piensa mejorar el servicio (para mí y para tantísimos otros en mi misma situación), que se vaya. Ya. Ahora. Los argentinos no nos la merecemos.

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