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Un documental sobre cómo se apagó una voz

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LA NACION
Domingo 28 de febrero de 2016
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Se ha descripto a Amy Winehouse como "la voz del siglo XXI", aunque su vida bien podría haber pertenecido a otro tiempo. Murió el 23 de julio de 2011 en su casa de Camden, en Londres, a los 27 años, esa edad en que solían morir los músicos malditos, como Janis Joplin, Jimi Hendrix o Kurt Cobain, antes de esta época en la que los rockeros llegan a viejos y salen de gira con tintura para el pelo. De haber fallecido en París, la tumba de Amy sería una de esas que los turistas veneran en Père-Lachaise, como la de Jim Morrison, también víctima de los 27, o la de Édith Piaf, otra voz, otra alma, quebrada como una hoja a la que la vida pisó demasiado.

Si se tratara de una ficción, la historia de Amy Winehouse tendría demasiados lugares comunes. Un hogar familiar en los suburbios en el que no sobra dinero para disimular otras carencias, un descubrimiento casual por parte de la industria, un ascenso vertiginoso al éxito absoluto y la fama, los excesos que vienen con ellos, el acoso impiadoso de la prensa, más excesos, más acoso, y el final, repentino y previsible a la vez, en lo más alto de su carrera: una guionada y perfecta escalera a la estatura del mito. Sin embargo, todo en la vida de Amy fue demasiado auténtico. Con sólo dos discos grabados, Frank (2003) y Back to black (2006), el más vendido en Gran Bretaña en lo que va del siglo y con el que obtuvo un récord de cinco premios Grammy, dejó un legado de canciones desgarradas e inmortales, donde se cruzan el soul, el jazz y el R&B con ritmos jamaiquinos, en esa mezcla típica de la periferia londinense a la que alimentó con su propia y vasta cultura musical. Su temprana muerte, producto de un descomunal consumo de vodka (se hallaron en su cuerpo 0,416 gramos de alcohol por litro de sangre), disparó aún más las ventas y acrecentó el mito.

Aun en el siglo XXI, en tiempos en que las redes sociales parecen capturar cada fotograma de la vida de una celebridad, hay cosas que permanecen al amparo de la exposición hasta que alguien las rescata del viejo arcón de la memoria analógica: videos caseros, grabaciones privadas, palabras de amigos, parejas y parientes. Es de lo que se ha valido Asif Kapadia, el director de Amy, para realizar el extraordinario documental que, tras triunfar en Cannes, esta noche competirá por el Oscar. De esto habla hoy en esta edición de La Nación revista Silvina Dell'Isola. De este film que, como si se tratara de un espejo al que se ha dado un puñetazo y se intenta reparar pedazo tras pedazo, logra reflejar otra vez una imagen lo más fiel posible a la real. Imperfectamente real, como la corta vida de Amy.

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