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Un heredero de la Ilustración que anticipó la Web

Hijo intelectual de los grandes eruditos medievales y del enciclopedismo, con su arte de mezclarlo todo, de cruzar géneros, de conectar de forma paradójica las ideas, inició un modo de escribir que hoy puede verse en Internet

PARA LA NACION
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Loris Zanatta
Jueves 25 de febrero de 2016
Foto: LA NACION
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Bolonia.-Es válido para la vida de Umberto Eco lo que él dijo de los libros: de ella, como del cerdo, no se tira nada. Los libros, a los que Eco amaba físicamente y consideraba "milagros de la tecnología eterna" a la par de la bicicleta o del cuchillo, nunca serán eliminados del todo por dispositivos electrónicos. Del mismo modo, tan variados fueron sus intereses, tan vasta su erudición, tan ávida su curiosidad, tan heterogénea su producción, que quién sabe por cuánto tiempo se encontrarán en sus escritos ideas para pescar, sugerencias para desarrollar.

De Umberto Eco sólo llegué a olfatear el mito, palpable para todos nosotros que crecimos en la Universidad de Bolonia, donde siempre circulaban rumores y leyendas sobre sus actitudes y gestos, escritos y dichos. Su nombre se acompañaba entonces con aquel de una misteriosa disciplina que apenas conocíamos, la semiótica, que parecía encerrar un secreto maravilloso, un nuevo y fascinante horizonte del conocimiento. Luego vinieron el boom, con El nombre de la rosa, y la consagración mundial, tan explosiva que al llevarlo al conocimiento del gran público terminó oscureciendo sus otras caras: la del filósofo, principalmente, y la del polemista ingenioso.

A pesar del triunfo y de la celebridad, sin embargo, su perfil de hombre de extraordinaria cultura siguió escapando a todo intento de categorizarlo, de encerrarlo en una escuela, una corriente, una tradición. Era el heredero de los grandes eruditos medievales que tanto había estudiado y del enciclopedismo de la Ilustración; pero anticipó una forma de escribir que hoy encuentra su expresión natural en Twitter o Facebook: la tuttologia, como él mismo la llamó entre serio e irónico, el arte de mezclarlo todo, de cruzar géneros, de conectar de forma paradójica cosas y conceptos distantes, de jugar con las palabras para evocar ideas y sentidos profundos. Realmente no me di cuenta de la magnitud alcanzada por la leyenda de Umberto Eco hasta que me encontré con ella donde menos lo habría imaginado: en la Escuela Superior de Guerra de Buenos Aires, nada menos, cuando el director abrió las sigilosas puertas de la biblioteca para el joven investigador que yo era en esa época ya remota, sólo porque venía de la universidad de Umberto Eco. Advertí entonces que el mítico semiólogo con el que de vez en cuando me cruzaba bajo los pórticos de mi ciudad se había convertido en un autor de best sellers famoso en el mundo.

Los elogios en memoria de las grandes personalidades que acaban de morir dejan siempre una sensación desagradable, de formalidad, en algunos casos incluso de oportunismo. Es un género literario de aquellos que Eco habría incinerado con una broma. En su caso, tal vez más que en otros. Su personalidad y su obra no disfrutaron siempre de laureles y reconocimientos: tan cáustico y mordaz solía ser, tan amante de la paradoja extrema, que se ganó frecuentes ataques y duros enfrentamientos. Sus libros más celebrados tampoco escaparon de las violentas ráfagas de la crítica abrasiva, especialmente El cementerio de Praga y, aun antes, El péndulo de Foucault. Pero eso sucede con aquellos que dejan huella. Una huella que en el caso de Eco no radica en sus producciones individuales, o solamente en ellas: sea que se trate de famosas novelas o de sus "Bustine di Minerva", como se llamaba la columna que durante treinta años escribió para un conocido semanario italiano; de complejos escritos vanguardistas sobre la filosofía del lenguaje, donde Joyce servía para entender Aristóteles y viceversa, o de obras teóricas sobre la estética. No, la huella que deja se debe quizás aún más al tipo de intelectual que era, un intelectual verdaderamente inusual.

De hecho, Eco no deja un trabajo sistemático. Lo que no es nada casual, porque sistematizar no era su objeto. En los muchos géneros que ha cultivado dejó un sinnúmero de intuiciones esparcidas, sin intención de reconducirlas a la unidad o la armonía. Por el contrario: sus escritos, siempre suspendidos entre lo etéreo y lo cotidiano, entre la finura estética y el trasfondo de corral, llenos de inquietudes abstractas, pero siempre íntimamente ligados a la tierra, como buen piamontés que era, encierran una verdadera alergia a las pretensiones de sistematicidad, a los grandes relatos teleológicos y reconfortantes, a la idea misma de un Pensamiento Fundamental, al que mira con sonrisa sarcástica. Su parábola personal es emblemática en este sentido: el militante católico que fue en juventud, fervoroso y practicante, estudioso del más sistemático de los filósofos católicos, Santo Tomás de Aquino, transitó pronto a la apostasía definitiva de todas las religiones, a teorizar un explícito relativismo ateo.

Es siempre un abuso tratar de sintetizar lo que sintético no era: una vida y una obra crepitantes, volcanes en erupción continua. Sin embargo, corriendo el riesgo de forzar un poco la interpretación, me gusta pensar que la clave de la herencia de Eco se encuentra en el empeño e incluso la diversión con que se dedicó siempre a desarmar la ilusión o la trampa del Gran Dibujo, del plan eterno de la salvación que obsesiona a la humanidad. De ahí sus numerosos escritos sarcásticos y provocadores sobre las teorías de la conspiración que pueblan nuestra existencia y sobre la estructura mental que las alimenta, esclava de la ansiedad de restablecer la unidad y la racionalidad del mundo. De ahí también sus lapidarios comentarios para zanjar a su manera algunas famosas controversias sobre el sexo de los ángeles: "Estoy completamente seguro -escribió- de que Macintosh es católico y Microsoft, protestante". Una broma para desmontar la gravedad de los contendientes, pero también una aguda alusión a las raíces profundas y al desafío explicativo de todo lo que nos rodea, incluidas las cosas más modernas y aparentemente mecánicas y sin historia, como si todo el pasado estuviera siempre en todos lados. Porque lo explicó y lo hizo maravillosamente bien: Macintosh es amable, escribió, es conciliadora, les dice paso a paso a los fieles la forma de proceder para lograr, si no el reino de los cielos, la impresión del documento; es catequética, porque explica la esencia de la revelación con fórmulas simples y suntuosos íconos; finalmente, reconoce a todos el derecho a salvarse. Microsoft, en cambio, es protestante, casi calvinista, aclaró: permite la libre interpretación de las Escrituras, exige decisiones personales difíciles y no garantiza la salvación; deja al usuario a merced de su tormento interior. En fin: cómo explicar nuestro mundo fingiendo hablar de computadoras.

Esto, creo, es lo que deja Eco, y en mi opinión es simple, pero no es poco: un concepto libre y abierto de cultura, una idea liviana y desencantada de la vida, un pensamiento donde todo está conectado con todo y nada es definitivo, completo, unívoco; donde nadie es dueño de sus ideas porque todas las ideas son de todos, donde un libro extiende y multiplica la vida, donde el filósofo está de buen humor, como Eco solía estarlo, no haciéndose pasar por filósofo de profesión, donde los temas Altos y los temas Bajos se dan el brazo porque no hay alto ni bajo. No en vano, cuentan los amigos, cuando las discusiones tomaban un tono demasiado solemne y enfático, Umberto Eco solía decir, con esa erre francesa típica de tantos piamonteses: "Oh, ya basta, no exageremos". Algo que también podría aplicarse a esta nota.

Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia

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