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Desunión europea: crecen las medidas unilaterales para frenar a los refugiados

Se eleva la tensión entre varios países por una serie de iniciativas tomadas sin consultar con el bloque; Grecia dijo que no quiere ser "el Líbano de Europa"

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LA NACION
Viernes 26 de febrero de 2016
Un migrante y su hijo caminan por la llamada 'jungla' de Calais, en Francia
Un migrante y su hijo caminan por la llamada 'jungla' de Calais, en Francia. Foto: Reuters / Pascal Rossignol

PARÍS - "Grecia no está dispuesta a convertirse en el Líbano de Europa." Esa frase, pronunciada ayer por el ministro de la Inmigración griego, Yannis Mouzalas, en Bruselas, podría aplicarse a casi todos los 28 países de la Unión Europea (UE) que, cada uno por su cuenta, han comenzado a tomar medidas unilaterales para blindar sus fronteras frente al flujo de la inmigración.

La crudeza en la evocación del Líbano, donde un cuarto de la población está formada por refugiados de diferentes guerras de Medio Oriente, demostró además el creciente malestar que está provocando la crisis de la migración entre todos los socios del bloque, al punto de poner en peligro su futuro.

"No seremos un depósito de almas, aun cuando esto se hiciera con un gran esfuerzo financiero de la UE", precisó Mouzalas, tras denunciar la situación creada por el paquete de medidas adoptado en la minicumbre realizada anteayer en Viena entre Austria y nueve países de los Balcanes. Esas medidas provocan la acumulación de miles de personas en territorio griego.

Poco antes, en una furiosa declaración, el ministro de Relaciones Exteriores griego, Nikos Kotzias, llamó a consultas a su embajador en Viena "para preservar relaciones amistosas entre los Estados y los pueblos de ambos países".

"Los grandes problemas de la UE no pueden ser dirimidos con ideas, mentalidades e iniciativas supra-nacionales del siglo XIX", dice el comunicado. "Tales actos minan los cimientos y el proceso de unificación europeos", agrega.

Los participantes en la mini-cumbre (Austria, Bulgaria, Croacia, Eslovenia, Albania, Bosnia, Kosovo, Macedonia, Montenegro y Serbia) denunciaron las cuotas para distribuir a 160.000 refugiados en toda la UE, así como el pacto obtenido con Turquía, que debe frenar el ingreso de migrantes en la frontera siria. Proponen a cambio poner a Grecia en una suerte de cuarentena y sellar la frontera norte de ese país con Macedonia, desplazando así el borde externo del espacio Schengen del mar Egeo hacia Europa Central. El problema es que, aislada, en pocos días Grecia quedaría sumergida bajo la ola de inmigrantes.

Desde el domingo, Macedonia había endurecido vigorosamente los controles. La policía sólo autoriza a pasar a sirios e iraquíes, y en número reducido: ayer, sólo 100 personas fueron autorizadas a entrar en ese país. El resto, unos 4000, quedaron varados del lado griego, obligando a las autoridades a acogerlos en refugios ya repletos.

Hace seis meses, Austria había seguido el ejemplo de Alemania, abriendo sus fronteras a sirios y otros solicitantes de asilo. Esa solidaridad se evaporó rápidamente después que el gobierno fijó un límite de 37.000 refugiados para este año. De ahora en más, sólo acepta 80 pedidos de refugio por día y 3200 pueden pasar a Alemania.

Por su parte, el gobierno xenófobo del primer ministro húngaro Viktor Orban convocó a un referéndum antiinmigración con el objetivo de evitar que la Comisión Europea (CE) y Berlín lo obliguen a aceptar a refugiados en función del sistema de cuotas establecido.

Alentados por el discurso islamófobo de Orban, los otros tres países del llamado grupo de Visegrado (República Checa, Polonia y Eslovaquia) también apoyaron la idea de cerrar la ruta de los Balcanes.

Pero la irritación gana además a otros grandes países europeos. Anteayer, las autoridades belgas provocaron la indignación de sus vecinos franceses al restablecer los controles en la frontera que separa la provincia de Flandes Occidental con Francia.

Con esta nueva derogación de los acuerdos de Schengen, el gobierno del primer ministro Charles Michel intenta frenar el incipiente flujo de migrantes que hasta el momento se encuentran varados en la llamada "jungla" de Calais, cercana al litoral belga. Severamente vigilados por las fuerzas policiales francesas, esos miles de migrantes que intentan sin éxito desde hace años ingresar a Gran Bretaña han comenzado a moverse hacia Bélgica con la esperanza de lograr su objetivo.

En febrero, "alrededor de 750 ilegales fueron interceptados", afirmó el gobernador de la provincia, Carl Decalwé. Pocos días antes, Decalwé había creado la polémica al invitar a la población "a no dar de comer a los clandestinos" para evitar "que lleguen en masa".

Con Gran Bretaña decidida a no aceptar ningún compromiso sobre inmigración, la situación es dramática en la región francesa de Calais, donde la justicia autorizó ayer al gobierno a proceder al desalojo y destrucción de una parte de la llamada "jungla".

En esa especie de gigantesca villa miseria, insalubre e inhumana, se apiñan entre 5000 y 7000 migrantes que, decididos a pasar a Gran Bretaña, se niegan a mudarse a nuevas instalaciones, donde tendrán que identificarse para entrar y salir.

Con contenedores reciclados dotados de cocina, baño con ducha y calefacción, las autoridades crearon en enero un Centro Provisorio de Instalación a fin de alojar a esos desplazados. Hasta ahora, sólo unas 1000 personas aceptaron instalarse.

Confrontado a dar solución a la cuadratura del círculo, el ministro del Interior, Bernard Cazenueve, se comprometió ayer a no emplear la fuerza para evacuar el sector y destruir esas viviendas precarias "a medida que se liberen".


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