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Paul Groussac: el inmigrante de la Biblioteca Nacional

Llegó de Francia hace 150 años, fue admirado por Borges, y, como director, cambió el perfil de la institución

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PARA LA NACION
Viernes 26 de febrero de 2016
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Cuando Paul Groussac murió en 1929, Borges escribió una nota necrológica, en donde elogiaba su escrupuloso estilo, marcado por una legibilidad en la que no se notaba el esfuerzo; luego hablaba también de sus dotes de profesor, cargo que ejerció en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en el de Tucumán (durante la presidencia de Sarmiento), y de ahí sumó otro aspecto de su estilo: "Se acostumbró a despreciar". En otro texto agregó que Groussac pertenecía a una genealogía de grandes injuriadores, junto a Swift y a Samuel Johnson.

¿Pero quién es este Paul Groussac?

Groussac nació en 1848, en Toulouse, y un día de febrero de 1866 llegó a la Argentina, es decir, hace 150 años. Era joven, no hablaba el idioma, pero pronto conoció a gente que lo llevó primero a aprender la lengua, después a ejercer la docencia y a escribir ensayos en revistas, y, finalmente, a intervenir en la vida pública y a dirigir la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

Años de cambio

El mismo año en que asumió ese cargo (1885), la Biblioteca se convirtió en Nacional, por lo que durante su gestión, que se extendió casi 45 años, sentó las bases de la institución y la impronta que debía tener un director. De hecho, en 1901 le tocó inaugurar el antiguo edificio de San Telmo, en la calle México, que funcionó hasta 1992 y que desde fines del año pasado está en restauración con el nombre Anexo Sur Borges-Groussac.

La impronta que Groussac quiso darle a su cargo se observa muy bien en Los que pasaban, libro publicado en 1919, donde a través de cinco perfiles va contando la historia política e intelectual desde su llegada a Buenos Aires hasta el estallido de la Primera Guerra. Los perfiles son de tres intelectuales -José Manuel Estrada, Pedro Goyena y Carlos Pellegrini- y dos ex presidentes, Nicolás Avellaneda y Roque Sáenz Peña.

Pero lejos de ser apologías, en estos perfiles está, como dice Alejandro Eujanian en el prólogo de la reedición de 2001, "el peso de lo político sobre la vida privada y pública de los personajes"; Groussac no transa intelectualmente y dice lo que piensa más allá de las consecuencias: cuando la Iglesia decide iniciar una disputa política por la enseñanza religiosa en los colegios y el matrimonio, va contra sus primeros amigos en la Argentina, Estrada y Goyena, que estaban en la otra vereda. A la muerte del primero escribe que "en medio de sus innegables cualidades oratorias, nunca se distinguió por la agudeza crítica ni el buen gusto literario". Goyena corrió mejor suerte, pero en el caso de Sáenz Peña el desprecio no aparece, es más, es elevado a la categoría de héroe, sobre todo cuando renunció a su candidatura presidencial y a su cargo de senador provincial y se retiró de la vida pública por unos años.

Durante su gestión en la Biblioteca, Groussac presenció la federalización de la Argentina, el fin de la conquista del desierto, la sanción de la ley de matrimonio civil en 1888, la epidemia de fiebre amarilla, las celebraciones del Centenario, la muerte del presidente Sáenz Peña. Pero no sólo intervino en discusiones políticas de parte importante de la historia argentina, sino que también protagonizó discusiones literarias sobre Cervantes, Shakespeare, Rubén Darío. Por ejemplo, Conversaciones con Goethe, de J.P. Eckermann, el mejor libro de lengua alemana según Nietzsche, era para él, como se consigna en el Borges, de Bioy, todo lo contrario: "No cabía esperar mucho de opiniones de Goethe recogidas por un imbécil". De autores estadounidenses dijo: "Whitman era la barbarie y Mark Twain, un payaso".

Leer a Groussac es introducirse en los intersticios de la historia política e intelectual de la Argentina vista con los ojos de un inmigrante. En él hay mucho de lo que Juan José Saer llamó la "perspectiva exterior" para referirse a Witold Gombrowicz, pero también para referirse a los escritores que llegaron de otros países: buena parte de la literatura argentina del siglo XIX y de principios del XX "ha sido escrita por extranjeros en idiomas extranjeros: alemán, francés, inglés, italiano". Entre ellos menciona a W.H. Hudson y a Alfred Ebelot, otro escritor proveniente de Toulouse y que, como ingeniero, vino a construir la famosa Zanja Alsina.

Si bien Saer no lo menciona, Groussac también pertenece a esta estirpe de escritores.

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