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Alta política: el mundo del fútbol elige su nuevo líder

Tras atender las promesas de los cinco candidatos en una jornada cargada de tensiones, en Zurich, los representantes de 207 federaciones nacionales nominarán hoy al próximo presidente de la entidad

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LA NACION
Viernes 26 de febrero de 2016
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ZURICH.- "Me prometen que me van a votar. Cuando me doy vuelta, ya le están prometiendo ese mismo voto a otro." La frase es del sudafricano Tokyo Sexwale, uno de los cinco hombres que competirán hoy por la presidencia de la FIFA, pero la experiencia no es sólo suya: en la FIFA, en el COI, en las elecciones de la AFA... Cada vez que el mundo del deporte pone poder en juego, las promesas y las traiciones alcanzan su esplendor. Ayer hubo bastante de eso, y hoy, en la fría y nevada Zurich, podría verse mucho más.

La ciudad de los bancos llevó ayer al paroxismo esa combinación que sólo el deporte ofrece: política dura, durísima, macerada con bellas palabras, como "integración", "desarrollo", "juventud", "comunidad". La FIFA, a la que le sobra el dinero desde años, no tiene un Winston Churchill, jamás venderá a sus fieles "sangre, sudor y lágrimas". Quizá pronto lo haga, porque se le acerca la hora de un ajuste. Sí, incluso en un deporte que funciona como el más despiadado de los mundos cuando entra en juego la política.

En ese imperio sostenido en la pelota hay dos hombres que llegan en ventaja a la elección: el jeque bahreiní Salman bin Ibrahim Al-Khaliffa y el suizo-italiano Gianni Infantino. Son ellos los que realmente lucharán por el cargo que Joseph Blatter ocupó durante 17 años. Sexwale, ex compañero de celda de Nelson Mandela en la prisión de Robben Island, no tiene posibilidad alguna, al igual que el ex diplomático francés Jerome Champagne y el príncipe jordano Alí, aunque el amigo de Diego Maradona se entusiasmara ayer hasta el punto de decir que tiene 50 votos prometidos de los 209 totales.

Eso sí: los tres candidatos menores trabajaron a la par de los dos favoritos en un Swissotel que sirvió de cuartel general de la UEFA y de la Conmebol, mientras las restantes confederaciones se repartían en otros establecimientos en torno al Lago de Zurich. Todo cambió entre el miércoles y el jueves. De repente, el hotel se llenó de rostros nuevos y fieros. Pelo corto, miradas escrutadoras, impecables trajes oscuros slim-fit. Eran guardaespaldas. De repente, los ascensores pasaron a estar restringidos y controlados, las credenciales pasaron a ser imprescindibles para moverse y los turistas se esfumaron. Era un día para hacer política, un día en el que se respiró la lucha por el poder. Así, el jeque Salman, Infantino, Champagne, el príncipe Alí y Sexwale se pasaron horas entrando y saliendo de ascensores, salas de reuniones, cocteles y charlas bilaterales en hoteles tomados por decenas de guardaespaldas y cientos de periodistas.

Y se habló de todo. De la "mayoría silenciosa" que ganará la elección, de la posible categoría de "perdedor" de Infantino, de la necesidad de que América del Sur "se libere de la UEFA" y de la estrategia para una elección que requiere luces largas. Si se avanza sólo con las cortas, hay riesgo de estrellarse. La primera votación es importante, pero difícilmente sea la definitiva, porque para ganarla se requieren dos tercios de los votos. La clave estará en la segunda, que se gana sólo con mayoría simple. O en la tercera? En cada escrutinio se verán la reconfiguración de alianzas, los corrimientos de votos y, sobre todo, el temor de muchos a no subirse en el momento justo al caballo ganador.

Suceda lo que suceda, será el inicio de una nueva era para el ente rector del fútbol mundial, que antes de las elecciones debe votar y aprobar al menos con el 75 por ciento una profunda reforma de sus estatutos. Tan importante es que está controlada desde el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Mejor que aprueben esto, porque si no, puede haber problemas, es el mensaje subliminal -o no tanto- que les está llegando a los dirigentes, unos cuantos de ellos en tensión ante la posibilidad de ser detenidos en Suiza y no regresar a casa.

El jeque Salman, de 50 años, parte como leve favorito, según insiders que no acertarán siempre, pero que conocen el mundo de la FIFA. Un mundo en el que cada país, Brasil o Guam, España o Burkina Faso, la Argentina o St. Kitts y Nevis, es igual: un Estado soberano equivale a un voto. Y en ese contexto, todos siguen apelando a la táctica de Blatter: prometer el dinero que aún sobra en la FIFA para desarrollar a naciones inferiores en lo futbolístico. Islas del Caribe o la Polinesia en las que apenas hay dos clubes, pero cuyo voto vale lo mismo que el de aquellas naciones sede del Barcelona o Boca Juniors, Bayern Munich o River Plate, Liverpool o Peñarol.

Infantino, de 45 años, es -él mismo lo admite- un futbolista con "dos pies izquierdos", aunque con tremendas habilidades a la hora de dirigir y organizar clubes o federaciones. Michel Platini lo eligió secretario general de la UEFA, pero la defenestración del francés determinó que su "número dos" se convirtiera en la mejor carta para frenar el desplazamiento del poder futbolero a Medio Oriente. Si Blatter hablaba alemán, francés, italiano y español, Infantino va más allá: también domina el árabe. Es tan suizo como italiano, se mueve como un latino y promete un Mundial de 40 países. El jeque también promete, sobre todo a partir del dinero y del apoyo de un consumado ganador de luchas políticas en el deporte, el jeque kuwaití Ahmed Al-Sabbah, cuyo país, al igual que Indonesia, está suspendido y podría llevar los votantes de hoy a sólo 207.

La Conmebol, formal y públicamente unida en torno a Infantino, es consciente de que puede perder la batalla de mañana. "No tenemos miedo", asegura su nuevo presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez: "Ellos tendrán todos los otros poderes, pero los que sabemos jugar al fútbol somos nosotros".

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