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La isla Saona, el paraíso y el infierno en un mismo lugar

Un cronista visita el destino turístico más deseado de República Dominicana, pero no logra disfrutar de la excursión

Sábado 27 de febrero de 2016
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LA NACION
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REPÚBLICA DOMINICANA

Los franceses llaman al orgasmo le petite mort (la pequeña muerte), y aunque no tengo ganas de plantear una discusión, la verdadera pequeña muerte, para mí, es el sonido del despertador. No importa si es el anuncio para subirse a un colectivo o un subte repleto rumbo al trabajo o si, como en este caso, el celular que chilla al amanecer me avisa que en 45 minutos nos pasan a buscar para irnos a la paradisíaca playa de la isla Saona. Al fin y al cabo, nunca sabemos si lo que viene después de la muerte es bueno o malo.

Una camioneta moderna nos pasa a buscar después de un desayuno en el hotel de Punta Cana, y cada vez más confirmamos que es imposible separarse de la bachata en la República Dominicana. No importa que sean las 7 de la mañana y que los pasajeros seamos seis argentinos y dos franceses, Romeo Santos dice presente.

Emprendemos viaje rumbo al pueblo de Bayahibe, de donde parten todas las excursiones que van a la isla, y allí subimos a una pequeña embarcación para no más de 25 personas, con la misma banda de sonido.

Una parada obligatoria, bajo todo punto de vista, antes de llegar a Saona, es la piscina natural. Así la anuncian los guías y eso parece. No importa que estemos a casi un kilómetro de la orilla: el agua apenas nos tapa unos centímetros por encima del ombligo. El sol le pega de lleno a este mar cristalino que sirve de colchón para hacer la plancha y olvidarme de los deadlines, de las cuentas a pagar y el drama del despertador.

Nos quedamos allí un rato, retomamos viaje y al fin llegamos a la famosa isla. No hay energía aquí, donde vamos a pasar el día. O sea: no hay bachata. Este lugar ya arrancó bien. Permítanme la analogía culinaria (estamos cerca del mediodía y es el hambre el que habla): la arena no es similar al pan rallado que baña nuestras costas, sino que es lo más similar a la harina que podemos encontrar. En esta playa, uno se convierte en escalope si sale del agua y se recuesta sin lona.

El cielo es celeste; el mar es más claro aún. El paisaje es lo más lejano a una oficina o una redacción, pero es lo más cercano a esos fondos de pantalla de la computadora que invitan a descansos soñadores. Si fue real que el sonido del despertador era una pequeña muerte, en este momento estoy en el paraíso.

Aun así, hay algo que no se modifica: estando en él, sigo pecando. De pronto, la ira me invade por los mosquitos que molestan a unos 150 metros de la orilla. La envidia es por el repelente que tiene una pareja de italianos. La pereza es la de no ir hasta la embarcación y buscar el nuestro. La gula me gana al notar que están sirviendo un improvisado buffet debajo de una de las cientos de palmeras.

La comida la sirven en otra parte de la isla, en donde nos reciben con una mesa de madera llena de bancos al mejor estilo colonia de vacaciones. Una parrillada de bifes de cerdo, pollo, arroz con vegetales y papas salteadas con cebollitas me hace desear que en este paraíso haya lugar para la siesta. Lamentablemente, los paraísos, por lo menos los terrenales, tienen sus fallas. Y como pasa en casi cualquier excursión guiada, ese tiempo no existe. Todo está pensado, calculado: a esta hora se come, a esta hora se va al agua, a esta hora recorremos el lugar.

Precisamente a la hora señalada caminamos por el poblado donde almorzamos, donde viven un puñado de pescadores. Las mejores casas son de madera; el resto, de lo que se puede. Cualquier similitud con un asentamiento en alguna parte de la Argentina, no sé hasta qué punto, es pura coincidencia. La misma pareja italiana que antes luchaba y les ganaba a los mosquitos vuelve a despertar algo en mí. Algo raro. Ahora se sacan fotos con chicos de panzas hinchadas de hambre como si fueran una fauna exótica. Me choca, me da un empujón más fuera de este edén centroamericano. De pronto tengo ganas de irme del paraíso. Nos despide un cartel pintado con aerosol, a metros de nuestras embarcaciones: "¿Por qué somos tan pobres?". Aunque cualquiera diría que es pecado no disfrutar de un lugar así, no creo que lo que siento sea algo pecaminoso. El día se termina. Subimos a la lancha y vuelve a sonar la bachata; la vida sigue. Y yo pienso que el paraíso y el infierno están muy cerca, casi en el mismo lugar.

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