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En busca de la fórmula mágica para superar a Barça

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LA NACION
Domingo 28 de febrero de 2016
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"¿Cómo superar a Barça? That is the question", podría preguntarse en estos días un Hamlet moderno y futbolero. Pero en este caso la pregunta no pasará a la posteridad. Porque si desde hace una década superar a Barcelona se ha convertido en el gran dilema que comparten todos los entrenadores del mundo, ahora, tras el nacimiento de la delantera Messi-Suárez-Neymar, ya se vislumbra como una tarea titánica y por el momento sin solución a la vista.

Aclaremos antes de seguir adelante que la superación no se refiere al resultado circunstancial de un partido sino al dominio del desarrollo del juego, aspecto sobre el que Barcelona viene ejerciendo una hegemonía absoluta sin parangón en el fútbol moderno.

Si se acepta aquel equipo de Frank Rijkaard que ganó la Liga de Campeones en 2006 como célula inicial de la dinastía que a partir de 2008 se prolongó con Pep Guardiola al mando, son ya diez los años en los que se ha probado diferentes métodos, casi siempre dirigidos a la neutralización de su juego, sin que prácticamente ninguno funcionara. En todo este largo período solo Bayern en 2013 (7-0 en el global de una semifinal de Liga de Campeones) logró no sólo anular sino incluso superar y hasta arrollar a un Barcelona en plena transición, desgastado futbolísticamente y shockeado por la enfermedad de quien era su director técnico, Tito Vilanova.

Antes y después la historia ha sido y sigue siendo muy distinta. La memoria puede enumerar la cantidad de rivales que apelaron a amontonar gente en las cercanías de su área. Vale recordar algo de 2011, cuando después del célebre 5-0 culé en el Camp Nou, José Mourinho -entonces entrenador de un Real Madrid que contaba con el mejor plantel del mundo- decidió probar con un defensivo "triple cinco" en el medio de la cancha y una presión bien alta para bloquear las líneas de pases y las combinaciones características de aquel equipo dirigido por la batuta de Xavi. Otros han buscado variantes intermedias, generalmente con el mismo resultado: un Barcelona dominante, que manda en el juego y condiciona a los adversarios.

Este poder casi imperial, sin embargo, no es una foto, algo estático, y como la propia pelota, fue moviéndose a medida que transcurrían los años y cambiaban los jugadores. El Barça actual conserva parámetros del ADN original, pero posee características de funcionamiento muy diferentes a las del juego ortodoxo del conjunto de Guardiola, que -permítanme decirlo- fue la máxima expresión futbolística que he visto y admirado, ese equipo soñado en el que a cualquiera que haya sido futbolista le habría gustado jugar, aunque fuera un picado.

Para definirlo en dos palabras: el de Pep era un Barcelona de mediocampistas, y el de hoy lo es de delanteros.

El equipo de Guardiola era dueño de un funcionamiento exquisito y de una riqueza táctica inigualable, que en ningún caso implica rigidez sino aplicar a partir de unas pautas de juego establecidas los movimientos y cambios de posiciones necesarios para generar variantes según lo demande la ocasión. Y por supuesto, teniendo en cuenta los intérpretes, porque la táctica no es una ecuación aritmética que pueda olvidar los nombres propios: que Walcott ocupe la punta derecha no es igual a que lo haga Messi, por ejemplo.

El Barcelona de Luis Enrique es otra cosa. Conserva el hilo conductor que garantizan los jugadores nacidos en el club, como Gerard Piqué (a quien injustamente se suele calificar más por sus escasos pecados que por sus múltiples virtudes), Sergi Busquets y Andrés Iniesta. Hombres de enorme destreza natural en el manejo de la pelota que conocen los secretos del fútbol y los ponen en práctica en cada pase con ventaja, en cada control, en la manera de perfilarse para recibir o habilitar a un compañero... En definitiva, en acciones casi intangibles, que apenas se notan mientras se va armando la jugada y parece que no pasa nada, pero que le permiten al equipo ir ahorrando segundos para ganar espacios hasta que se produce la explosión que desemboca en la acción de gol en el área contraria.

Pero este Barça de la actualidad tiene algo del que careció el modelo inicial: el desequilibrio individual de tres delanteros formidables. Por eso es más versátil y resulta tan complejo encontrar una fórmula para bloquearlo durante 90 minutos. Dicho de un modo más directo: es inaguantable.

Hoy, Barcelona puede prescindir de algunos eslabones en la cadena de elaboración por detrás de sus atacantes porque sabe que cuando la pelota llegue a los 30 metros finales cualquiera de los tres "monstruos" estará capacitado para descubrir espacios secretos y generar el caos entre las líneas rivales, con su precisión para dilucidar los momentos oportunos para pasar o gambetear, y su conocimiento de todos los métodos de definición posibles ante el arco.

Plantear un partido contra un oponente de estas características es un trabajo insalubre. El equipo que junta muy atrás la gente se expone a que los delanteros ajenos reciban demasiado juego; el que va a buscarlo más arriba para apretarlo en la salida deja en situación permanente de uno contra uno a sus defensores frente a los señores Messi, Suárez y Neymar...

Eduardo Berizzo, el entrenador de Celta, se arriesgó a realizar marcas individuales, aun con el peligro de dejar desprotegidas diferentes zonas del campo, y tuvo éxito en Balaídos (4-1) pero sucumbió de manera categórica en la revancha (1-6). Marcelo Gallardo intentó, a partir del esfuerzo y el carácter competitivo del jugador argentino, cerrar las líneas de pase, tapar a Iniesta y a Busquets, hasta que Messi marcó el 1-0 y todo se fue al diablo, porque en cuanto se abren los espacios el trío de arriba maneja todas las variables para convertir un contraataque en un arma mortífera. Y esta semana lo sufrió Arsenal. Arsène Wenger desnaturalizó a los suyos disponiendo que se apretaran en defensa, pero en cuanto el cuerpo le pidió al equipo inglés dar un paso hacia adelante, Messi y compañía lo destrozaron de contragolpe.

La conclusión es sencilla: el Barcelona 2016 depende de sí mismo como ningún otro equipo, tal como viene haciéndolo desde hace diez años en los que se convirtió en modelo para el fútbol mundial.

Apenas Real Madrid, por su potencial individual, y Bayern, por ese juego asociado que siempre proponen los equipos de Guardiola, están en condiciones de sentarse a charlar un ratito a la misma mesa que el Barça de hoy e impedirle ser el primer conjunto en levantar dos veces consecutivas la copa de Europa.

Ellos, y alguien que encuentre una fórmula mágica antes de mayo.

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