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El crimen de las mendocinas encendió otra vez el debate por la violencia de género en las redes

Feministas, escritoras y periodistas se hicieron eco del femicidio y convocaron a la reflexión tras las muertes de Marina Menegazzo y María José Coni en Ecuador

Miércoles 02 de marzo de 2016 • 10:48
Marina Menegazzo
Marina Menegazzo. Foto: Instagram

El escalofriante caso de las dos jóvenes mendocinas que fueron asesinadas en Montañita mientras disfrutaban de sus vacaciones causó una enorme conmoción social que, como suele ocurrir, se vio reflejada en las redes.

Feministas reflexionaron sobre la violencia de género e invitan a través de sus textos a profundizar la conciencia social sobre el tema en cuestión.

"El problema no es lo que nosotras hacemos con nuestros cuerpos, el problema es que están convencidos de que nuestros cuerpos no nos pertenecen, y lo que es peor, que nuestros cuerpos son de su propiedad, que en cualquier momento pueden tenerlos. Esta construcción arraigada como la peste en lo más profundo del inconsciente colectivo nos está costando la vida", escribe la dramaturga Mariela Asensio.

En Facebook la reflexión de Guadalupe Acosta llegó a ser compartida más de 400.000 veces. "Y solo muerta entendí que no, que para el mundo yo no soy igual a un hombre. Que morir fue mi culpa, que siempre va a ser. Mientras que si el titular rezaba fueron muertos dos jóvenes viajeros la gente estaría comentando sus condolencias y con su falso e hipócrita discurso de doble moral pedirían pena mayor para los asesinos".

Desde una columna en Página 12, Mariana Carabajal también pone sobre la mesa la problemática al recordar otros casos": ¿Por qué las adolescentes no pueden viajar por Latinoamérica y regresar sanas y salvas a sus hogares? ¿O ir a bailar para festejar su cumpleaños a un boliche sin correr el riesgo de terminar secuestradas y muertas, descartadas en una bolsa de consorcio, como Melina Romero? ¿O caminar solas por una playa en Uruguay sin terminar asfixiadas, enterradas en una duna, como Lola Chomnalez? ¿O regresar del colegio a su casa, en el barrio porteño de Palermo, como Angeles Rawson?

Textos completos

Un cambio urgente de paradigma

Por Mariela Asensio

Hace algunas semanas rompí en llanto viajando en la línea B minutos después de darme cuenta que un hombre se masturbaba sobre mi culo. Así de simple. Al tipo se le puso dura y decidió sin ningún escrúpulo usar mi cuerpo para sacarse las ganas. Mi estado de shock fue tal que no pude emitir palabra. Yo, una mujer de 37 años, declarada feminista hace más de diez, y con una posición tomada sin titubeos, quedé completamente paralizada e indefensa. Salí de la formación y lloré, caminé varias cuadras llorando con ruido. De impotencia, de dolor, con una bronca insoportable. Pasó un buen rato hasta que pude hacer un llamado telefónico y recurrir a alguien para hacer catarsis y terminar de quebrarme.

Una semana antes, mi amiga Paola llegó a casa llorando. Me dijo que estaba muy triste, sus ojos brillaban de dolor y de espanto. Luego de soportar que la hostigase un buen rato un grupo de hombres en la parada del colectivo, el malestar se volvió miedo y se vio obligada a desaparecer. Buscar otro medio de transporte. Salir cuanto antes de la zona de riesgo. Paola ese día también caminó llorando, sintiendo la misma impotencia que sentí yo, la misma desprotección, la misma violencia.

Ambas supimos que ser mujeres nos pone en riesgo y nos expone a estas escenas en lo cotidiano. Y supimos también que las escenas pueden ser todavía más dramáticas, y hasta trágicas.

Marina Menegazzo, de 22 años, y María José Coni, de 21, dos jóvenes argentinas que vacacionaban en Montañita, Ecuador, fueron halladas muertas luego de desaparecer y de una búsqueda desesperada por parte de sus familiares. El ministro de seguridad ecuatoriano, José Serrano Selgado, confirmó que los asesinatos incluyeron ataques sexuales.

La reacción no se hizo esperar, explotaron comentarios de lo más variados aludiendo a la falta de precaución de las chicas, no faltó quien pusiera el grito en el cielo acerca de cómo es posible que las dejen viajar y a la deriva con lo peligroso que es para dos mujeres andar solas. Ni hablar de las especulaciones acerca de si tomaron alcohol, si fueron secuestradas o se fueron con los tipos por motu propio, y todo el consabido despliegue reaccionario que se manifiesta en los casos de feminicidio.

Esto no es ninguna novedad, los medios de comunicación y las redes sociales nos tienen más que acostumbrados a este proceder. Son incontables los ejemplos de casos en los cuales se pone el foco en la conducta "dudosa" y las "malas costumbres" de las víctimas, pero jamás se cuestiona suficientemente a los asesinos. Es más, hasta se los invisibiliza.

Siguiendo esta lógica podríamos pensar que aquel día en la línea B del subte mi boca estaba demasiado roja y mi vestido era demasiado corto. Consideremos también que Paola es demasiado rubia, demasiado joven, demasiado llamativa. Y bueno, el mundo se ha vuelto un lugar peligroso y debemos cuidarnos. Anularnos, vivir en el terror sin "provocar" situaciones de peligro. No llamar la atención de los hombres ni hacer nada que puede despertar en ellos el deseo de poseernos.

La violencia machista no se previene pidiéndoles a las mujeres que se cuiden más. Se previene cambiando desde todos los frentes el paradigma que construye violentos. Y entendiendo que las mujeres en ningún caso propiciamos que nos lastimen.

El problema no es lo que nosotras hacemos con nuestros cuerpos, el problema es que están convencidos de que nuestros cuerpos no nos pertenecen, y lo que es peor, que nuestros cuerpos son de su propiedad, que en cualquier momento pueden tenerlos. Esta construcción arraigada como la peste en lo más profundo del inconsciente colectivo nos está costando la vida.

El cambio empieza por casa. Empieza en nuestra propia cabeza.

NO quiero que ninguna chica deje de ir a bailar

NO quiero que las adolescentes resignen viajes y experiencias.

NO quiero que las mujeres debamos pensar tres veces qué ropa ponernos antes de salir a la calle.

NO quiero acostumbrarme a que ser mujer es peligroso ni a que es mi responsabilidad si me agredan por eso.

NO quiero vivir en un mundo que se adapta y que acomoda sus ideas reproduciendo lo peor de la cultura dominante.

NO VOY A ESTAR JAMÁS, EN NINGUNA ESCALA, AL SERVICIO DEL MACHISMO.

Ayer me mataron.

Por Guadalupe Acosta

Me negué a que me tocaran y con un palo me reventaron el cráneo. Me metieron una cuchillada y dejaron que muera desangrada.

Cual desperdicio me metieron a una bolsa de polietileno negro, enrollada con cinta de embalar y fui arrojada a una playa, donde horas más tarde me encontraron.

Pero peor que la muerte, fue la humillación que vino después.

Desde el momento que tuvieron mi cuerpo inerte nadie se preguntó donde estaba el hijo de puta que acabo con mis sueños, mis esperanzas, mi vida.

No, más bien empezaron a hacerme preguntas inútiles. A mi, ¿Se imaginan? una muerta, que no puede hablar, que no puede defenderse.

¿Qué ropa tenías?

¿Por qué andabas sola?

¿Cómo una mujer va a viajar sin compañía?

Te metiste en un barrio peligroso, ¿Qué esperabas?

Cuestionaron a mis padres, por darme alas, por dejar que sea independiente, como cualquier ser humano. Les dijeron que seguro andabamos drogadas y lo buscamos, que algo hicimos, que ellos deberían habernos tenido vigiladas.

Y solo muerta entendí que no, que para el mundo yo no soy igual a un hombre. Que morir fue mi culpa, que siempre va a ser. Mientras que si el titular rezaba fueron muertos dos jóvenes viajeros la gente estaría comentando sus condolencias y con su falso e hipócrita discurso de doble moral pedirían pena mayor para los asesinos.

Pero al ser mujer, se minimiza. Se vuelve menos grave, porque claro, yo me lo busqué. Haciendo lo que yo quería encontré mi merecido por no ser sumisa, por no querer quedarme en mi casa, por invertir mi propio dinero en mis sueños. Por eso y mucho más, me condenaron.

Y me apené, porque yo ya no estoy acá. Pero vos si estas. Y sos mujer. Y tenes que bancarte que te sigan restregando el mismo discurso de "hacerte respetar", de que es tu culpa que te griten que te quieran tocar/lamer/ chupar alguno de tus genitales en la calle por llevar un short con 40 grados de calor, de que vos si viajas sola sos una "loca" y muy seguramente si te paso algo, si pisotearon tus derechos, vos te lo buscaste.

Te pido que por mí y por todas las mujeres a quienes nos callaron, nos silenciaron, nos cagaron la vida y los sueños, levantes la voz. Vamos a pelear, yo a tu lado, en espíritu, y te prometo que un día vamos a ser tantas, que no existirán la cantidad de bolsas suficientes para callarnos a todas.

La culpa de las víctimas

Por Mariana Carabajal

Las muertes de las mendocinas Marina Menegazzo y María José Coni, mientras estaban de vacaciones en Ecuador, remite a los femicidios de las turistas francesas Houria Moumni y Cassandre Bouvier en Salta, ocurridos a mediados de 2011. Tras la consternación por el hallazgo de los cuerpos de las dos amigas en la zona del balneario de Montañita, con signos de haber sido asesinadas, surgieron en redes sociales y en los comentarios de los portales de noticias los peores prejuicios y lugares comunes que revictimizan a las víctimas o a su entorno familiar: que la culpa es de los padres que las dejaron viajar por Latinoamérica solas, o de ellas mismas, por hacer dedo después de haberse quedado sin dinero. Marina y María José eran ya mayores de edad. ¿Otra vez las víctimas son culpables de las agresiones que sufren? Ese sentido común que la última dictadura militar pretendió imponer, frente a las múltiples desapariciones y crímenes cometidos por el terrorismo de Estado: "Por algo será", "algo habrán hecho".

Después de escuchar el fallo que condenó a 30 años de prisión al autor del femicidio de su hija y de su amiga, Jean-Michel Bouvier afirmó que no tenía "resentimientos contra la Argentina, esto hubiera podido pasar en Francia y no puede hundirse en el resentimiento, hay que tratar de superar eso". ¿A qué se refería el papá de Cassandre?: a la violencia machista, a que existen hombres aquí y en todo el mundo que consideran a las mujeres parte de sus propiedades y se adueñan de sus cuerpos, los abusan, y los descartan, como basura. Ahí es donde tenemos que poner el foco: en desarmar esa matriz, que trasciende las fronteras. En el juicio por el crimen de las turistas francesas se condenó a Gustavo Lasi por "doble homicidio criminis causae con abuso sexual agravado y robo calificado": es decir, por haberlas matado para ocultar el delito de la violación.

Sin conocer -a esta altura- las circunstancias en las que sucedieron las muertes de las turistas mendocinas en Ecuador, es necesario reflexionar: ¿por qué las adolescentes no pueden viajar por Latinoamérica y regresar sanas y salvas a sus hogares? ¿O ir a bailar para festejar su cumpleaños a un boliche sin correr el riesgo de terminar secuestradas y muertas, descartadas en una bolsa de consorcio, como Melina Romero? ¿O caminar solas por una playa en Uruguay sin terminar asfixiadas, enterradas en una duna, como Lola Chomnalez? ¿O regresar del colegio a su casa, en el barrio porteño de Palermo, como Angeles Rawson?

En abril de 2011, un policía canadiense llamado Michael Sanguinetti, sostuvo en el marco de una charla en la Universidad de Toronto que "las mujeres deberían evitar vestirse como putas para no ser violadas". La frase recibió un generalizado repudio por parte de cientos de mujeres en Canadá que pronto se expandió a nivel global por las capitales del mundo, incluida Buenos Aires, en un movimiento que se replica todos los años en la llamada Marcha de las Putas en contra de cualquier forma de justificación de la violencia de género. Frente al horror por el asesinato de las dos jóvenes mendocinas, apostemos a que es posible que nuestras chicas crezcan libres, desarrollemos políticas públicas que apunten a construir relaciones igualitarias entre varones y mujeres, democráticas, promovamos la igualdad de oportunidades para unos y otras, enseñemos a nuestros chicos y chicas que cuando una mujer dice no, es no, mostrémosles que las mujeres tenemos autonomía para decidir sobre nuestros cuerpos y sobre nuestros proyectos, que no somos propiedad de ninguno, ni para ser apropiadas ni para ser controladas en nuestra privacidad, en nuestros celulares, en las redes sociales, en la vestimenta. Si avanzamos en este camino (con un compromiso real, que no se quede sólo en una foto de ocasión, políticamente correcta) desde los hogares, en las escuelas, con contenidos de educación sexual integral, en los ámbitos laborales, sindicales, de la política, podremos pensar en una sociedad que no sea tan riesgosa para una joven cuando sale a la calle sola.

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