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El fútbol rioplatense ya no es el de antes

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Corresponsal en Uruguay
Jueves 03 de marzo de 2016
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M ONTEVIDEO.- Hay una delgada frontera entre la caballerosidad que merece respeto y la ingenuidad que provoca la carga de ironías humillantes.

El fútbol es un deporte inventado en el mundo desarrollado, en un rincón de la tierra en la que el honor de caballero tiene un valor destacado por la sociedad, en forma positiva. Pero fue en la cuna del Río de la Plata donde ese deporte ganó la popularidad bulliciosa, el desparpajo que despierta locura linda. Lo que lo convirtió en la disciplina que genera mayor atención del planeta. Fue la picardía irreverente por sobre el respeto irrestricto a las reglas lo que alimentó pasiones.

No hay ovaciones ni suelta de papel picado o estruendo de cohetes cuando un futbolista toma el balón con sus manos y lo acerca a un adversario al que ha tirado al piso por una falta involuntaria. Ni cuando pide disculpas y lo ayuda a levantar del piso.

Hay carcajadas contagiosas, griteríos efervescentes y festejos que hacen saltar el corazón del pecho de los hinchas cuando el club de sus colores convierte un gol fundamental ya pasado el tiempo límite de juego.

Incluso, es más celebrado si fue marcado disimulando el uso de la mano, o empujando al golero, sin que el árbitro lo perciba. La Mano de Dios o la patadita del diablo. O en posición adelantada.

El fóbal fue creado por los ingleses, pero el show del fútbol fue inventado por los rioplatenses.

Une esa cosa pícara. No es casual que la Argentina y Uruguay hayan jugado la primera final de una Copa del Mundo y acumulen una enorme cantidad de copas entre selecciones y clubes coronados como mejores del mundo.

Nada se compara con un "caño", cuando el delantero amaga hacia un lado, y pasa la pelota entre las piernas de su adversario. Podría pasar por el costado y lograr el mismo resultado a efectos de tirar al arco, pero es aplaudido si humilla al rival pasando la pelota por debajo suyo.

La "moña" y el "sombrerito" son esos lujos de compadrito de barrio, de artista bohemios. Como tomar de la camiseta para que el rival no salte, o maniobras similares que las cámaras de hoy registran como era imposible hacerlo antes.

La picardía de patear un tiro libre antes que se forme la barrera, o de hacerse el distraído ante un silbato y mandar la pelota al fondo de la red. Eso es lo que se festeja. Al rebelde simpático, que se mueve al borde de las normas.

La hinchada explota con globos, papel picado, serpentinas, gargantas que se vuelven roncas, cuando su equipo sale a la cancha, pero no celebran jamás la bandera de color amarillo que dice "fair play".

La "viveza criolla", entendida como el conjunto de acciones, señas y actitudes de los rioplatenses para mofarse de inmigrantes tanos o gallegos, para enfrentar con gracia los ingleses o alemanes, ha sido patrimonio intangible de argentinos y uruguayos.

Inexplicablemente, el joven guardameta de Peñarol, Gastón Guruceaga, se expuso ingenuamente a la burla tenaz de hinchadas de clubes rivales. Anteanoche, cuando Huracán vencía sorpresivamente a Peñarol en el Centenario, a cuatro minutos del cierre del primer tiempo, y mientras el local se iba arriba con todo para empatar antes del intervalo, el Estadio quedó mudo por unos segundos, con el temor de la hinchada local de que pasara lo peor.

Guruceaga agradecerá de por vida al árbitro mexicano César Ramos, que pitó para interrumpir el juego cuando Mauro Bogado se aprestaba a romper la red, mientras él asistía en un rincón de la cancha al argentino Ezequiel Miralles, tirado en el piso.

El arquero vio que el juego continuaba y que el balón iba rumbo a su arco desprotegido, cuando emprendió una loca -y también inocente- carrera, como si pudiera evitar lo peor.

Fue gol. Pero anulado. Antes de que la pelota entrara en el arco de la popular Colombes, el juego estaba interrumpido, gracias al pitazo de Ramos. Su decisión fue respetar el "fair play" de Guruceaga. La gente de Huracán protestaba porque había sido gol sin falta. No tenían culpa los del Globo de que el arquero aurinegro descuidara así su valla.

La hinchada de Peñarol, que sufrió la derrota, tuvo el alivio de haber zafado del escarnio por un gol de ese tipo, que hubiera recorrido el mundo. De aquella picardía y viveza con viso poco ético, a esta conducta caballeresca pero de una ingenuidad suicida.

El Centenario quedó en silencio por unos segundos. Y luego se sintió el soplo del alivio. Vaya a saber qué pensó el juez mexicano para anular un gol bien hecho. Huracán ganó igual 1-0. Y Peñarol, y su arquero, zafaron de la vergüenza.

El tiempo ha pasado y el fútbol rioplatense ya no es el fóbal de otrora.

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