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Macri demostró que se puede cambiar

Jueves 03 de marzo de 2016

Si el Presidente cobrara por hora, como lo hacen los buenos abogados o la generalidad del servicio doméstico, habría motivo para que su primera hora de labor ante la Asamblea Legislativa fuera la más cara hasta aquí en sus años de servicios públicos. Sería más llamativo todavía que pudiera superar el año próximo las calidades de la presentación de anteayer.

Las circunstancias jugaron en este caso a favor de Macri, pero ignoramos qué le espera cuando concurra al Congreso en 2017. Lo que sabemos es que supo aprovechar la oportunidad de este 1° de marzo y salir airoso, incluso en los momentos de una gritería opositora que no marcó ningún hito en especial. Se han visto allí en el pasado cosas peores.

En un Macri vs. Macri, éste ha sido el mejor de todos los que hemos conocido, desde que era un muchacho en los tempranos veinte: de bigotitos chaplinescos, ojos clarísimos y de expresión ideal para el tipo de escena en la que un actor deba emplearse en larga mirada de perplejidad. Tenía ese muchacho un vago aire de sí, trabajo al lado de papá, que manda en esta empresa.

El cambio que propuso a la Asamblea Legislativa comenzó por producirse en él mismo. En 2003, faenado ya su carácter en el implacable matadero de Boca Juniors, había sorprendido a algunos amigos apurados con la inesperada continencia de quien ha aprendido que lo apropiado, a cierta altura de la vida, es que los límites de uno los vaya corriendo el tiempo. En lugar de dejarse empujar hacia una candidatura a la presidencia de la Nación, como le insistían sus patrocinadores, se atuvo entonces a un papel con menos relumbrón. Decidió postularse para la jefatura de la ciudad de Buenos Aires, que tampoco era poca cosa. Y acertó.

Desde las primeras líneas del discurso se vio al Presidente seguro de sí mismo; confortable en la misión de presentarse ante una asamblea compleja, con muchos pichones de político y con otros de vuelta hasta de las experiencias más extremas de exposición en la vida pública, como la decisión de matar o morir. Algún escote minuciosamente descuidado confirmaba entretanto, a los más distraídos y envejecidos, que éste no es el Congreso de cuellos enyesados que inmortalizaron los dibujos de Columba, y sí el recinto augusto de siempre, pero por el que retoza ahora un leve erotismo.

Al promediar el mensaje anual al que lo compromete el artículo 99 de la Constitución Nacional, de dar cuenta del estado de la Nación y enunciar las iniciativas que considera pertinentes para el período legislativo en apertura, las palabras presidenciales habían logrado barrer, en viento enérgico, con nubes de los últimos días. Pero aquí hablamos sólo de un discurso; la política es por naturaleza casquivana y caprichosa, y depende, como es natural, más de los hechos y las tendencias que se acumulen, que del simbolismo contenido en 55 minutos de gestos y palabras. Aquellas nubes podrían en cualquier momento asentarse una vez más sobre la testa presidencial.

Quedará de todos modos en pie la impresión de que Macri se manifestó en el Congreso como un político enérgico, inspirador y convincente, con reflejos para sortear un yerro en la oratoria y sorprender con un tinte de emoción, que ya es bastante en él, ingeniero. Fue un discurso con coraje: cantó las cuarenta, cara a cara, por el estado en que el desgobierno kirchnerista ha dejado al país ante diputados opositores a quienes al mismo tiempo reclamaba apoyo para medidas que impulsa la actual administración: arreglo de las deudas pendientes con los holdouts, nombramiento de jueces para la Corte Suprema, y demás.

El Presidente demostró elasticidad de criterio en sus imputaciones, duras por momentos, durísimas, contra la política oficial de los años recientes. Si debía hacerlo o no, había sido motivo de debate en un entorno en el que suele pesar, más que la verdad, la oportunidad de decir la verdad y sobre cómo decirla. Pero Macri se ocupó, sobre todo en la reiterada condena a la corrupción, de observar que la voluntad de unir a los argentinos y salir de la cultura del enfrentamiento no puede circular por el callejón de las venganzas, sino por la amplia avenida de la hermandad. Que la justicia independiente resuelva, sintetizó.

La idea fuerza del discurso fue que todo puede cambiar si existe la fuerza de ánimo suficiente para lograr el objetivo de superarnos a nosotros mismos. El hombre que estuvo casi una hora hablando ante la Asamblea Legislativa con esa dicción rotunda en la que podría haberse reflejado el común de los coterráneos, es la encarnación viva de quien con perseverante disciplina se sometió tiempo atrás al reaprendizaje en las manos profesionales de una fonoaudióloga. Hizo bien. Hizo lo que en la maledicencia de chicos de otros colegios suponía que alguien sacara de una vez por todas de su boca "la papa" que traía del Newman, después de una enseñanza de excelencia.

La disciplina de los pequeños actos, cuya suma configura la afinación del carácter de una persona y de modo colectivo el de una Nación, subyació, pues, en la ceremonia legislativa de inauguración del nuevo período ordinario de sesiones. Desde esa perspectiva, la nota obtenida por el Presidente este l° de marzo es más elevada aún, en un sentido, que la del 22 de noviembre de 2015. Anteayer, consiguió lucirse por sí mismo; en noviembre, contó con el grave deslucimiento del adversario en la campaña electoral que terminó como debía terminar.

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