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El desconocido del subte A

La primera columna de la Señorita Heart, seguila y descubrí las historias de amor que dan vuelta por el mundo

PARA LA NACION
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Señorita Heart
Viernes 04 de marzo de 2016 • 00:04
"Q Train", de Niegel Van Wieck
"Q Train", de Niegel Van Wieck.
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Fue cuando pasó cerca de ella, sin rozarla, y se paró a pasos de la puerta del vagón colmado: recién ahí lo vio. Por las ventanillas enmarcadas en madera se adivinaban multitudes inquietas en los andenes del subte; ella no estaba acostumbrada a maniobrar en medio de tanta gente y a viajar convertida en un ovillo. Habitualmente dictaba sus clases de inglés para ejecutivos a partir del mediodía, pero esas semanas de invierno le habían pedido que reemplazara a una compañera y allá iba esa mañana, su destino final era la última estación, Plaza de Mayo. Como casi todos los lunes, Claudia se cubría el rostro con anteojos oscuros: no estaba viviendo el mejor año sentimental de su vida; sus noches se habían convertido en una pesadilla de discusión y llanto y sus mañanas eran tristes, como sus ojos hinchados. Y entonces lo vio.

La segunda vez fue en el andén de la estación Acoyte, ahí donde subía siempre. Saco azul, pantalón gris, camisa clara y corbata. Y bufanda escocesa, un clásico de mediados de los ochenta. Llegó el subte, ella se apuró a subir y el subió detrás de ella. A la vez siguiente se vieron cuando bajaban la escalera en la misma estación y otro día se cruzaron al comprar los cospeles y entonces Claudia, mientras él la dejaba pasar para que la atendieran primero, descubrió su sonrisa: algo ahí hizo click. Fue a partir de entonces que cada mañana se encontró eligiendo con esmero qué ponerse, descartando el jean, optando por la mini, usando maquillaje y ya sin los anteojos oscuros. El desconocido del subte le gustaba y lo mejor de todo era eso, que le gustara. Que algo, alguien en este caso, le diera la posibilidad de terminar con la pesadilla de los últimos dos años. Joven, intuitiva y con cero miedo a equivocarse, supo que había llegado el momento de ponerle fin a la tortura de los celos de un tipo inseguro y competitivo, que no soportaba sus pequeños triunfos cotidianos y que hasta parecía envidiar su capacidad para armar proyectos y disfrutar del día a día.

En total fueron dos meses de encuentros inquietos de lunes y miércoles, con miradas a escondidas. Una mañana, el desconocido se encontró con un compañero y ella pudo escucharlo hablar por primera vez. Se quedó atenta, tratando de retener ese tono, ese modo de hablar, de modo que ya era una voz familiar la que a la vez siguiente que se cruzaron le dijo "Hola" luego de buscarla con los ojos, mientras entraban juntos al vagón, una vez más. Ella sabía que él bajaba siempre en Perú, una estación antes de su destino. Pero llegó el día en que, en lugar de bajar, él siguió de largo y, mientras el vagón se vaciaba, quedaron parados uno a cada lado de la puerta, de frente. Buscaban y evitaban mirarse al mismo tiempo, con la garganta seca por los nervios y un mar de palpitaciones. Bajaron en la última estación y fueron caminando a la par y en silencio por el andén, hasta que al llegar al molinete ella escuchó la frase que él había preparado durante horas. "Vos te preguntarás por qué hoy me bajé acá". "Sí", respondió tímida Claudia, esquivando unos ojos que hacían todas las preguntas. "Bueno, primero porque no voy al lugar de siempre; y segundo, porque quiero saber adónde vas vos".

Esa mañana se demoraron caminando, conversando de todo y de nada; ella llegó tarde a su clase, él, a su trabajo en el banco. No pudo convencerla de salir el fin de semana, Claudia prefería volver a verlo en el subte, al lunes siguiente, y eso le dijo. Pero no hubo encuentro porque hubo diluvio y durante unos días ella creyó que había perdido una oportunidad preciosa y se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre y de que la suplencia estaba llegando a su fin. ¡Cómo podía ser tan tonta! Una mañana volvió a verlo y, sin disimular la ansiedad, le preguntó cómo se llamaba. Luis, respondió el desconocido de la sonrisa hermosa. Quedaron en encontrarse para almorzar por el Microcentro ese mismo día: mientras caminaba por Florida yendo a su encuentro, escuchaba la voz de Miguel Mateos que desde una tienda de discos cantaba "Perdiendo el control".

El primer beso llegó el fin de semana siguiente, luego de un par de horas en Innsbruck, confitería de moda que buscaba parecerse a una típica casa de té alpina. Era domingo a la nochecita y Claudia había sorteado con elegancia el primer papelón, una caída libre en medio de la calle Cerviño que dejó rastros de lodo en la mini blanca de corderoy y un agujero humillante en la rodilla derecha de la media color natural. Salieron de la confitería entre susurros y risas nerviosas y entraron a la camioneta F100. Él la besó enseguida, no quedaba nada por decir: afuera el invierno seguía tenaz, como la lluvia.

Cuando puso los pies sobre la tierra ya estaba en el Civil, en la iglesia, en la fiesta. Pasó apenas un año y medio entre aquel primer encuentro en el subte y el altar. Luego llegaron los dos hijos, los años, las mudanzas, la vida misma. Él la conquistó cuando le devolvió las ganas de reír y porque dejó que ella creciera sin agobiarla. Supo retenerme, dice Claudia: "Logró siempre el equilibrio entre estar a mi lado, presente, sin abrumarme ni asfixiarme". Cuando él le habló de casamiento, ella se jugó sin medir el significado del "para toda la vida". No la emocionó esa idea porque no es esa clase de mujer romántica que vibra con la película de Meryl Streep y De Niro que todo el mundo le nombra cada vez que cuenta su historia y "porque a los veintipico toda la vida es mucho tiempo".

No es una romántica, no. Pero los ojos se le achinan en la risa emocionada cada vez que cuenta qué sintió el día que cambió su vida, ese día que descubrió que estar enamorada también podía ser sinónimo de ser feliz.

Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos aquí.

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