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Rusia profunda, por la ventanilla de un tren

El Transiberiano es el más famoso, pero la red ferroviaria rusa, con más de 85.000 km, es amplia y ofrece otras alternativas, como este recorrido desde Ekaterinburgo hasta Kazán, en primera clase

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PARA LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
Foto: LA NACION
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Los bloques de hielo se amontonan a los costados de la calle, en las veredas, paralelos a la vía. El río también está congelado. Y desde el tren, que pita y pita, vemos gente haciendo hoyos en el hielo y pescando.

En pocos minutos el tren deja atrás Ekaterinburgo, la cuarta ciudad de Rusia, y comenzamos a atravesar un bosque que parece muerto. Todo está seco. Lo que se ve son grises y marrones en distintos tonos.

Los troncos blancuzcos, longuilíneos, parecen sin vida. Es difícil imaginar que en unos meses este bosque rebosará de verde y habrá enterrado al invierno.

Lisa y Kiril, su esposo, habían venido a despedirnos a la estación. Tras unos minutos en el auto esperando el anuncio del tren en el cartel electrónico, bajamos con nuestros bártulos y los pasajes en la mano. Avanzamos por túneles desalmados en busca de la plataforma y el andén y, de pronto, todo pareció un flashback de tantas películas de la Guerra Fría, de aquella época nefasta del mundo en la que la gente se separaba para no verse nunca más.

Son los grises rusos los que generan ese déjà-vu. Los grises y el frío.

Emergemos de los túneles en una plataforma interminable y con varios grados bajo cero. Caminando bajo un cielo plomizo y nevisca, otra vez la imagen podía transcurrir hoy o hace 60 años.

Cargando bolsos y regalos de último momento, y sacando las últimas fotos en el andén, no me pongo los guantes y siento cómo el frío penetra y me hace doler las manos. ¡Bienvenidos a Rusia!

En la entrada de nuestro vagón, un guarda ferroviario, impecablemente vestido con su gruesísimo capote y gorro de piel, controla pasajes y pasaportes y nos habilita a subir.

Más abrazos de despedida y abordamos el tren rumbo a Kazán, a 800 kilómetros al oeste, y a mitad de camino entre Ekaterinburgo y Moscú.

Un mundo blanco

Son poco más de las 10 de la mañana. El tren avanza hacia el oeste a 80 km por hora, así que será un domingo descansado para mirar por la ventanilla cómo cambia el paisaje.

En el camarote, el termómetro marca 21 grados y estamos en manga de camisa. En toda Rusia los ambientes están sobrecalefaccionados en invierno, un derroche que sólo puede sostener la energía abundante y barata que provee el subsuelo de Siberia.

Nuestro vecino del camarote contiguo sale al pasillo en pantalones cortos y ojotas, en una imagen playera que contrasta con el frío que transmite el paisaje que se ve a través de la ventanilla. Es habitual, además, que en las pocas estaciones en las que el tren se detiene muchos se arrojen al andén a fumar tan livianos de ropa como cuando están a bordo, inmunes a las bajas temperaturas mientras duran las ansiadas pitadas.

Desde el tren en movimiento, el exterior se asemeja a un mundo de azúcar impalpable, con el espolvoreado blanco cubriéndolo todo.

Superados los bosques muertos, aparecen coníferas dobladas por su carga de nieve. Y cada tanto, esa espesura se entreabre y deja ver un campo ondulante que semeja un río blanco, de delicado zigzaguear. De pronto, esa imagen dura de clima implacable se aliviana con una sorpresiva danza de copos que caen alegres y atropellados y le imprimen un toque de ligereza al paisaje.

Me pregunto cómo se vivirán siete días completos de viaje en invierno a bordo del mítico tren Transiberiano, con una visión así de monocromática a lo largo de 9300 kilómetros entre Moscú y Vladivostok. Pero claro, nadie hace el recorrido de un tirón sino que la aventura está en ir bajando en las estaciones intermedias para explorar las ciudades y pueblos del sur de Rusia por las que pasa.

Viajando en tren por el gigantesco territorio ruso se comprende cabalmente el peso que tiene el ferrocarril en la integración y la economía del país. Es su sistema nervioso. Así de vitales son los trenes y así de expandidos están.

La red tiene 85.000 kilómetros de vías (la mitad electrificada) y casi un millón de empleados. Siempre fue estatal, desde su origen en el zarismo y, con semejante estructura, por supuesto es confiable a rajatabla. Al ser tan extensa, las posibilidades de recorridos y horarios son amplias, y resulta una gran aliada a la hora de planificar un viaje. Con mi esposo habíamos optado por hacer un tramo, aunque breve, en tren para poder asomarnos mínimamente al país real que no es el que se ve en los aeropuertos.

En nuestro tren rumbo a Kazán, a poco de partir viene el guarda con sonrisa de servicio de primera clase. Nos pide los pasajes nuevamente y nos explica, en ruso, dónde está el salón comedor y el toilette, que hay un samovar en el extremo del coche y que luego ofrecerán café, té o capuccino.

Estos boletos en primera costaban prácticamente lo mismo que el pasaje aéreo. En otros tramos ferroviarios existen servicios de lujo pero en éste, sólo pasajes de primera y segunda clase.

Foto: LA NACION

Cualquier pasaje de larga distancia se puede comprar por Internet en la página de la empresa www.russianrailways.com pero luego hay que imprimir los tickets oficiales en máquinas disponibles en las estaciones ferroviarias. Esto es clave: no se puede subir al tren con una impresión común, se necesitan los pasajes impresos que emite la compañía.

Tanto en viaje largo como corto, a uno le tienta la comodidad del camarote privado con televisión, pantuflas, enchufes, periódicos y amplios baúles bajo los asientos para ubicar las valijas. Pero la verdadera experiencia de un viaje en tren por Rusia es ir en tercera clase y socializar con la gente.

En esos viajes de días enteros arriba del tren, se comparte comida, bebida, puchos y, sobre todo, conversación. Y aún con conocimientos básicos de ruso, seguro que al terminar su recorrido el visitante ya se habrá hecho de varios amigos, conocerá historias familiares y lo habrán invitado a alguna casa para cuando tome el tren de regreso. Es que el ruso es así, hospitalario, y compartirá su vodka y su pan, más aún con el extranjero que genuinamente se interese por su tierra.

Nuestro camarote está en el medio del vagón, como me había sugerido mi amiga Natasha, para ahorrarnos el ruido del ir y venir al baño o al samovar.

En la primera hora de recorrido nos empiezan a inundar con alimentos. Primero preguntan si expresso, cappucino o americano. A los 15 minutos se aparecen con botellas de agua importada y de jugo, manzanas, saquitos de té verde y negro, y chocolates. Unos kilómetros más allá y avanza la provodnitza.

Con su uniforme impecable y sonrisa amplia viene a levantar los pedidos para el almuerzo. La joven se deshace en gentilezas y se le nota la especial diligencia en asistir a sus dos pasajeros argentinos, probablemente los únicos extranjeros de este tren que cubrirá apenas 1600 kilómetros entre Ekaterinburgo y Moscú. Por supuesto nos habla en ruso.

¿Pollo o pescado? Hasta ahí bien. Ahora... cómo lo queremos es otra cuestión. Después de varias repreguntas mías y de sus amables e incomprensibles respuestas, me rindo. Parece que mis lecciones de ruso no llegaron hasta las recetas así que? que lo traiga como prefiera.... El pollo vendrá con salsa, hasta ahí llegamos. El pescado? ¡quien sabe!. ¿Y la guarnición? Ya nos enteraremos... Con papas está bien y puré se entendió fácilmente.

Las preguntas no se acaban allí. "¿A qué hora gustan el almuerzo?", prosigue. Le digo con seguridad "a la una". Nueva pregunta: ¿Hora de Moscú?

Foto: LA NACION

Ja! No se me hubiera ocurrido esa repregunta. ¡Obvio! La vida a lo largo de los 11 husos horarios que recorren los trenes en Rusia hace que se rija por un único horario y la hora de Moscú, por ser la capital, es la referencia natural. Así que la hora de Moscú rige para todo, para las comidas cuando el coche es de primera, para los horarios en los pasajes, para las llegadas a la estación, las partidas, los anuncios, etc. Y hay que acostumbrarse para no perder los trenes cuando uno baja en estaciones intermedias que viven en zonas horarias diferentes.

La oferta de servicios y provisiones continúa y a la joven provodnitza le sigue nuevamente el guarda con una caja con galletitas y golosinas, más la ropa de cama y toallas siempre presente, incluso para los pasajes más baratos.

El desfile de personal culmina con la aparición de la supervisora que nos saluda.

Cruzando repúblicas

En nuestro viaje hacia el oeste atravesamos la cadena montañosa de los Urales. Es una de las canteras industriales de Rusia, de donde sale el hierro, el titanio y demás metales que alimentan la industria pesada y de defensa. De su subsuelo inmensamente rico se extraen, además, las más finas piedras preciosas y semipreciosas del país.

Los Urales son muy bajos a la altura de Ekaterinburgo, parecen colinas, pero atraviesan Rusia a lo largo de 2500 kilómetros de norte a sur y constituyen la división natural entre Europa y Asia. A partir de aquí, nuestro viaje será por la Rusia europea, que es el 30 por ciento del territorio del país; el 70 por ciento restante es Siberia y pertenece al continente asiático.

Vamos a atravesar tres repúblicas: Bashkortostán, Udmurtia y finalmente Tatarstán, de la cual Kazán es la capital. La compleja división política de Rusia plantea un territorio seccionado en jurisdicciones de distinto nivel administrativo; entre ellas hay 21 repúblicas, con derecho a su propio idioma y constitución. Estas repúblicas tienen características culturales, étnicas y lingüísticas así como una organización política propia aunque la máxima autoridad responde al jefe del Kremlim, en Moscú.

Culturalmente Tatarstán es una de las repúblicas socialmente más interesantes por la convivencia que se da de tártaros y eslavos, de religión musulmana y cristiana (ortodoxa), respectivamente. Hasta estos días su sociedad es un ejemplo de convivencia de tradiciones y religiones, al punto tal que en el predio amurallado del Kremlin de Kazán se erigió hace pocos años una monumental mezquita que hoy es la postal preferida de quien visita la ciudad.

Tatarstán tiene su propia aerolínea y una economía sólida, envidia de otras regiones y repúblicas rusas. Parte de eso se debe al petróleo y a que cruza su territorio el río Volga, el más largo de Europa y eje de la gran cuenca rusa por donde circula buena parte del comercio. En esta república se asienta también la fábrica de camiones Kamaz, cuyos pilotos tantas veces conquistaron el podio en el Dakar que se corre en la Argentina.

El paso por estas exóticas repúblicas sólo lo advertimos siguiendo en el mapa el recorrido del tren porque a lo largo de horas y kilómetros, la nieve todo lo oculta.

También cruzamos el torrentoso Kama. Es el único río de nuestro trayecto que no cedió a las bajas temperaturas y desafió el congelamiento. Pero hasta los lagos sucumben al bajo cero, y constituyen la imagen más impactante de un viaje en esta época del año por Rusia.

Luz dorada

Así, entre tés de samovar y chocolate negro, transcurre la jornada dominguera, lenta y plácidamente rumbo a Kazán, una de las ciudades más antiguas de Rusia, más antigua incluso que Moscú. Dos años antes había visto una foto tomada desde el Volga, que mostraba la ciudad amurallada, y se había encendido la ilusión de venir a descubrirla. Y aquí estamos rumbo a ella, pensando si nuestro calzado soportará tanta nieve.

Recién después de ocho horas de viaje, el cielo empieza a abrirse y una deliciosa luz dorada comienza a cubrir los bosques blanqueados. La imagen es de tibieza, pero a no engañarse. El frío no afloja y la luz, aunque dorada, lejos está de ser tibia.

A nuestro guarda, munido esta vez no sólo de capote sino también de gorro, cuesta reconocerlo en la plataforma de la estación de Agriz (ya en Tatarstán). No quiere fotos y las esquiva poniéndose de espaldas.

Agriz es la estación más linda desde Ekaterinburgo. Amarillita, con techos verdes y unas torres de aspecto anglicano, muestra un enorme entramado de vías que da cuenta del alto tránsito de trenes que pasa por este pueblo.

Sobre las vías, tres o cuatro cuervos, barulleros y negros como la noche, sobrevuelan con rumbo definido. Son de los pocos pájaros que hemos visto en estas horas de trayecto. Parece que los de menor porte no soportan las temperaturas bajo cero.

Viendo tanta nieve uno duda que se derrita en un verano tan breve. Y también entiende por qué en cuanto la temperatura comienza a subir las ciudades rusas se visten de flores. ¡Hay que sepultar los grises del invierno! Serán pocas semanas de días largos y sol, que no llegarán a dorar esas pieles nacaradas de las mujeres rusas.

Lentamente el viaje llega a su fin, pero ya con cielos azules y una vida que parece renacer lentamente.

Poco después de las 9 de la noche entramos en Kazán, a una estación de ladrillos rojos de fines del siglo XIX, maravillosamente restaurada hace pocos años. Nos esperan el Kremlim, la mezquita Qul Sarif -de las más grandes de Europa fuera de Estambul-, las bellas iglesias ortodoxas, y la universidad en la que estudió Lenin. El paseo por el Volga quedará para cuando los bloques de hielo dejen navegarlo.

Fue un viaje de 13 horas y aún restan 12 para llegar a Moscú. Apenas una fracción de las 143 horas que nos llevaría atravesar toda Siberia en el Rossiya y desembarcar en el Mar de Japón.

De alta velocidad, de lujo y por 120 estaciones

Rusia tiene una fuerte tradición ferroviaria y el Transiberiano es su línea emblemática para el viajero extranjero. Pero hay muchas más opciones turísticas en tren, más cortas o incluso desde capitales europeas, que sólo llegan a Moscú o San Petersburgo.

Por ejemplo, hay 20 servicios diarios que unen Moscú con San Petersburgo, las dos antiguas capitales imperiales. En este segmento, por ser el más utilizado, se instalaron los trenes de alta velocidad y los de lujo. Su máximo exponente es el servicio privado del Grand Express.

Otros servicios son: el Double Decker, de dos pisos, que ofrece sólo segunda clase (camarotes para 4 personas); Express, Megápolis, Red Arrow, Sapsan, Smena-A.Betankur o Two Capitals. Los distintos servicios se pueden ver en www.russianrail.com/moscow-to-st-petersburg-trains.html

Con 14 ciudades europeas -entre ellas París, Berlín, Milán, Viena y Budapest- hay conexión ferroviaria directa.

Específicamente sobre el Transiberiano, el servicio clásico es el Rossiya que, partiendo de Moscú, atraviesa Rusia por el sur del país y llega hasta Vladivostok, en el lejano oriente ruso. Son 143 horas de viaje (seis días) y se detiene en 90 estaciones. Otra opción, es el tren llamado 100 099 que tarda 20 horas más y para en 120 estaciones. O simplemente se puede ir sacando tramos en distintos servicios de acuerdo a las ciudades que se quieran visitar.

Los pasajes se pueden comprar por Internet con tarjeta y hay descuentos cuando se reservan con más de un mes de antelación. Por ejemplo, para un viaje en abril -todavía baja temporada- los precios oscilan entre US$ 788 (primera clase) y US$ 267 (en tercera), según el tren, por los 9300 km.

En los servicios comunes de larga distancia hay pasajes para todos los bolsillos, pero no todos ofrecen las cuatro categorías. Los trenes de lujo y los de primera ofrecen camarotes para dos personas. La diferencia entre segunda y tercera clase es que en el primer caso el compartimento es para cuatro personas y se cierra la puerta. En tercera clase no hay camarotes cerrados, las literas se alinean en el espacio abierto del vagón, sin ningún tipo de privacidad. Hay otra categoría equivalente a pullman, con asientos mullidos y cómodos, pero en general está reservada para distancias cortas.

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